mayo 04, 2015 - , , 0 comentarios

Capítulo XXXI: tiro de gracia.

Creo que el clic duró, al menos, una eternidad. Cerré tan fuerte los ojos que creí haberme lastimado los parpados del lado interno. Sentí que la mandíbula crujía de los nervios. Solamente esperaba el final, el destello de la pólvora abandonando el casquillo… el reflejo que a veces se torna vivir una vida. La garganta se volvió un cúmulo de saliva pronta a convertirse en cemento, cualquier cosa que pasara a través de ella pronto se convertiría en algo menos líquido, menos transparente.
Pero el tiro nunca salió.
—Zardhan, ¿Qué sucede?
Abrí los ojos y pude ver que las luces del laboratorio titilaban de forma muy extraña, como si un cortocircuito estuviese a punto de producirse. Zardhan tecleaba en la computadora del hippos de forma frenética, sus ojos parecían desorbitados. Parecía no entender nada de lo que estaba leyendo en la pantalla. El cuerpo de Ada Limbert se encrespaba como si una lluvia de ondas eléctricas estuviera chocando contra su cuerpo endeble.
—No lo sé. La computadora está marcando una inusual… actividad. Es como si hubiera automatizado su potencial.
Kan se volvió en dirección al doctor, sorprendido. Fue cuestión de segundos, no podía desperdiciar aquella oportunidad que se me presentaba: embestí con toda mi fuerza al muro que suponía para mí aquel agente del gobierno. Fue como querer derribar una columna de concreto, me costó un dolor en el hombro, pero pude tirar su arma. La fuerza nacida de la explosión de adrenalina me hizo llevar a mi antiguo compañero hasta la computadora que intentaba dominar Zardhan. Caímos con toda violencia sobre ella y se desactivaron todos los circuitos. Kan parecía estar inconsciente en el suelo, aunque pensaba que era mi mayor preocupación, los gritos de Ada Limbert que volvía al mundo de los vivos se mezclaron con los quejidos de dolor del buen doctor que estaba tumbado en el suelo, buscando el arma que había dejado caer Kan.
Rebusqué entre mis ropas el arma que había encontrado en casa de Ada e intenté disparar, sin éxito. El arma tenía el seguro puesto. Zardhan levantó el arma y apuntó, parecía que estábamos en presencia de un duelo como en los viejos tiempos y yo ya había desperdiciado mi oportunidad de salir con vida de ahí. Por suerte, al disparar una de las luces que me iluminaba falló y tuvo que corregir su tiro, fallando por unos cuantos centímetros. Aunque estaba helado en mi lugar, volví a intentarlo quitando el seguro; esta vez yo también erré el tiro, pero el rebote en el suelo le dio de llenó en el ojo y lo dejó inconsciente. O quizás lo mató, no me acerqué a verificarlo.
Kan yacía inconsciente sobre los circuitos de la máquina infernal que había inventado Zardhan. Por un momento me invadió un espíritu vengativo que no se identificaba conmigo, Kan había jugado conmigo, me había hecho su espía y, al mismo tiempo, su chivo expiatorio. Pero no más… apunté directamente a su cabeza al mismo tiempo que sentí que el peso del arma me hacía temblar la mano, no sé si por los sentimiento que nacían de mí o por el exceso de emociones en cuestión de minutos.
—No lo hagas.
La dulce voz de Ada me mantuvo en el límite de la locura durante unos segundos.
—Merece morir. Todo lo que te hicieron… los dos.
—No mereces estar condenado por ellos. Tú…
—Era la historia de mi vida, Ada. Ellos arruinaron la única oportunidad que tenía de redimirme, de salvar mi carrera.
—He visto lo que guardas dentro de ti, Janus. En esa casa del bosque, ¿acaso lo olvidaste?
Casi por inercia, bajé el arma. Una inexplicable serie de lágrimas comenzaron a volcarse por mis ojos, sensaciones que no tenían explicación abandonaban mi cuerpo en forma de angustia.
—Puedes darles el tiro de gracia, si quieres. Pero ambos sabemos que nunca quisiste retomar tu carrera; los dos sabemos que fuiste un cuerpo sin alma desde que hiciste ese viaje. Tu alma se quedó en ese lugar. Por eso mismo abandonaste todo, a tu madre, a tu esposa y a tus ganas de vivir una vida plena. Optaste por suicidarte en la rutina día a día, hasta que viste en este caso una potencial excusa para acabar con tu vida.
—Me diste la oportunidad de seguir viviendo, Ada. ¿Por qué?
—No tenemos tiempo para esto —interrumpió pidiendo que la ayudara a salir ahí, gran parte de su cuerpo estaba sumido en un momentánea entumecimiento—. Salgamos de aquí ahora que podemos.
Cargué el débil cuerpo de Ada en mis hombros y arrancamos el automóvil de Zardhan cortando cables. Cada diez segundos me volvía a mirar si nadie salía de ese viejo galpón abandonado. El miedo se volvía parte de mí poco a poco después que aquel reflejo de absoluta valentía poseyera mi cuerpo como un antiguo dios maldito. Nos alejamos unos cuantos kilómetros, tomamos la autovía principal y nos acercamos a la ciudad pensando qué haríamos de nuestras vidas.
—Antes me preguntaste por qué. La respuesta es simple, ellos quieren mi potencial para sacrificar vidas… mi deber moral consiste en salvarlas.

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