abril 27, 2015 - , , 0 comentarios

Capítulo XXX: la caza.

Las córneas de Kan estaban enrojecidas, posiblemente bajo la influencia de algún narcótico o por la ingesta desmedida de esa resina herbácea que consumía desde los diecisiete y que le provocaba alucinaciones. Sin embargo, sostenía su arma con firmeza, sabiendo que me encontraba en sus manos como cualquier animal a su merced un día de caza. O como lo estaría cualquier condenado camino al cadalso en aquella bahía. Me miraba desde una posición altanera, como si estuviera por sobre todo y sobre todos, observando fijamente un punto en mis ojos me pidió que caminara hacia el interior del depósito abandonado donde Zardhan conducía el cuerpo de Ada Limbert.
—Entenderás todo en un momento —me clavó la punta del arma debajo del brazo—, solamente necesitamos que cooperes un poco más.
—Creo que ya cooperé demasiado.
Sin contestarme, dobló mis piernas con una patada que me hizo sentir la muerte en carne viva, la fuerza de sus músculos aunque ya un poco avejentados era un poco menos temible que la de cualquier semidios. Sentí que me faltaba el aire cuando su gran mano llena de nudos me tomó de los cabellos y me puso en pie de nuevo.
—Camina.
Nos adentramos en el tinglado, un antiguo almacén que olía a aceite de motor. En una de las dependencias se había montado un pequeño laboratorio cerrado a cal y canto, iluminado con luz negra y apenas algunos reflectores. Olía a puro etanol, nada de aceite viejo y quemado a comparación que el resto de la dependencia, ninguna imperfección. Allí estaba alojada la hippos, una especie de camilla conectada a una computadora auxiliar con la que operaban los neurosensores y neurotransmisores. Parecía tecnología de punta empleada en una tienda de campaña con paredes hechas de plástico transparente, como en esos hospitales móviles de guerra de fines de La Caída. El contraste visual era, por momentos, grosero.
El doctor Zardhan recostó con suavidad a Ada en la camilla y procedió a pegarle los transmisores a su cabeza. Kan me detuvo con su mano en mi hombro una vez dentro del laboratorio.
—Quédate ahí.
Zardhan miró de reojo sobre sus anteojos. Terminó con su trabajo y puso la maquinaria en funcionamiento. Un bip inició el programa informático, de repente la pantalla se iluminó y unos pequeños números aparecieron. Cargando… Kan cruzó el laboratorio sin dejar de apuntarme, después tomó una silla algo desvencijada y la fue corriendo con su pierna hasta llegar a mí. Me obligó a sentarme.
—Ponte cómodo, Jan.
La sonrisa malévola de sus labios se correspondió a una mirada de odio que le había ofrecido.
—No sé qué decir, estoy sorprendido. Pensé que éramos amigos, Kan. Pensé que…
—Creo que ese es tu problema, Janus… piensas demasiado para ser un simple periodista o quizás un redactor fracasado. Mucho pensar y poco codiciar, ¿no? —sus palabras y su manera de actuar me tenían desencajado. Estaba aterrado— Un trabajo mediocre, una relación lastimosa y una madre totalmente despechada, posiblemente tu vida no haya sido una de las mejores, ¿o me equivoco?
—No sé de qué me estás hablando, Kan. Yo…
—¡Shhh…! Silencio. Ya hablaste demasiado, viejo amigo. Debería haberte matado ese mismo día en la Bahía o uno de esos tantos que te tuve en la mira, pero sabía que iba a ser peligroso y también muy poco beneficioso para mí. Al fin y al cabo, estabas llegando tan lejos…
—Di con el último eslabón de esta extraña cadena que armaste. Pero ignoro con qué fin.
Sin siquiera verlo, tan rápido como la luz, sentí un fuerte dolor en mi estómago. Un puñetazo de la gran mano de Kan había impactado de lleno debajo de mis pulmones, dejándome sin aire. Si hubiese dado un par de centímetros más a la derecha, quizás el arma que encontré se hubiera descubierto.
Recordé el arma. Necesitaba una distracción lo suficientemente larga como para…
—Escapar. Seguramente sea la palabra que no vas a aprender este día, Stavros. No estaba convencido de esto, no quería que todo terminara así, pero para el doctor y para mi es perjudicial tenerte entre los vivos. ¡Es increíble cómo el conocimiento puede convertirte en alguien peligroso! No podemos dejar un cabo suelto como tú dando vueltas por ahí.
Mientras recuperaba el aire que el golpe me había sacado intentaba conectar las piezas el macabro rompecabezas que había frente a mí.
—No entiendo —murmuré.
—¿Eres lento, chico? —gritó Zardhan desde la otra punta del laboratorio. Se incorporó, tomó algo de aire y me miró como fulminándome con un rayo— ¡Estás ante el arma más mortífera jamás creada! Capaz de rastrear a cualquier persona y no ser rastreada. Es perfecta.
—Entonces esas muertes…
—Es sólo el comienzo —retomó Kan—. Los candidatos no necesitamos que se nos haga mala prensa y mucho menos, tener competencia. Tampoco necesitamos a cualquiera husmeando por ahí.
Sentí nuevamente el frío cañón del arma, esta vez en mi frente.
—Nos vemos en la isla, Janus.

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