abril 13, 2015 - , , 0 comentarios

Capítulo XXVIII: hombre indicado…

Los sonidos de la autovía y los movimientos bruscos del automóvil del doctor volvieron a traerme a la realidad poco a poco. La luz, sin embargo, no pareció recibirme del todo bien ya que me cegó por unos segundos. Todavía me resonaba la advertencia de Limbert en la cabeza, ¿había mucho más que desconociera? Sus palabras no habían sido el aliento que necesitaba para seguir adelante, pero quizás debí mencionarle que iba camino a su casa en el auto de quien ella describió como un “monstruo”.
—Pequeña siesta, ¿eh? —rió Zardhan— Acá seguimos en camino. Igual tomo la siguiente salida, viramos a la izquierda y estaremos a unas calles del edificio de Limbert. Espero que no sea muy tarde.
—Qué vuelco que ha dado esta historia de anonimatos, ¿no?
El psiquiatra me miró de reojo pero no hizo ninguna mueca a mi comentario. A esa altura, seguir manteniendo un manto de silencio en todo el asunto me empezaba a sonar tan mal como el “corre” que me recomendaba Ada. Era desalentador tener que pensar que era el hombre equivocado en el lugar equivocado, pero mucho más desalentador era sentir que no sólo una sino varias presencias oscuras ahora viajaban con nosotros.
—Tenemos que aislar a Ada.
—¿Tenemos? —ahora resultaba ser cómplice de sus experimentos— Le recuerdo que estoy aquí a pedido suyo, porque quiere que se documente esta historia sobre el potencial psíquico de la señorita X que mató a dos personas y dejó sin electricidad a una ciudad entera.
—Usted haría cualquier cosa por esta historia —sentenció fulminándome con la mirada, después tomó la salida que nos alejaba de la autovía—. No crea que no leí nada suyo, señor Stavros. Es un buen periodista, tan bueno que necesita esta historia para volver a la primera plana. El Pasquín no sería nada sin usted, ¿no es cierto?
—No he venido a discutir mi carrera con usted, doctor.
—Yo tampoco tengo que discutir la mía con usted y, sin embargo, aquí estamos.
Viró a la izquierda y nos internamos en un vecindario de casas bajitas, pero a lo lejos se divisaba el comienzo de complejos de edificios no muy lujosos, y mucho más allá comenzaban los barrios residenciales, las torres de lujo y los rascacielos que formaban una muralla en los discretos ojos de Cristófobos.
—Es unas calles más adelante —dijo mirando la numeración escrita en el borde de la acera—. En cuanto nos aseguremos que ella está bien, usted será libre de publicar la historia, dentro de las condiciones acordadas, obviamente.
—Habló de aislar a Ada, ¿de qué manera…?
—No voy a discutir más los procedimientos de mi tratamiento con usted, simplemente para caer en sus constantes juicios de valor. La paciente Limbert es una amenaza potencial para ella misma y para las personas que se encuentran con ella, porque en el estado endeble de su mente tanto usted como yo podemos ser objetivos sin saberlo.
“Objetivos”, no sé por qué esa palabra quedó flotando en mi cabeza unos cuantos minutos después de eso.
—Ada es inofensiva estando consciente —continuó—, pero no sabemos a qué nos estamos enfrentando cuando duerme, se desmaya o simplemente se relaja. Aislarla va a ser lo más prudente hasta que decida qué hacer con ella. Aquí estamos.
El edificio donde vivía la señorita Limbert estaba rodeado por un parque perimetral con una garita de seguridad en la entrada del estacionamiento subterráneo. Allí Zardhan pidió ingresar para ver a su paciente que se encontraba en el piso 6, seguramente en estado inconsciente. Mostramos nuestras identificaciones y el hombre de seguridad nos escoltó en el ascensor hasta la puerta del apartamento. Después de llamar incesantemente a la puerta, tomó la llave maestra y la forzó. Ada se encontraba en el suelo, de la misma manera en la que la encontré en el astral, sus ojos estaban perfectamente cerrados y su respiración era lenta y constante.
—Está bien —dijo Zardhan después de tomarle el pulso—, pero debemos llevarla a un hospital.
El guardia sacó su comunicador para llamar a una Unidad de traslado, pero el doctor dijo que la llevaría él en su auto, así llegarían más rápido. El guardia no pareció muy contento y yo mucho menos, pero terminó cediendo ante la idea porque, a fin de cuentas, no existían muchas posibilidades que su médico sea un secuestrador.
Zardhan me pidió que lo ayudara a levantar el cuerpo de aquella chica que estaba aferrado a una pequeña cartera. Dejé el cuerpo por un segundo y llevé su bolso hasta el dormitorio, a unos metros de ahí, no sin antes fijarme por qué estaba tan pesado. Cuando lo abrí me sorprendí al encontrar una pequeña pistola que ella guardaba ahí. Ahora la cosa iba más en serio que nunca, lo suficiente como para pensar que ella no se estaba defendiendo únicamente de sus recuerdos. Tomé el arma y con cuidado le puse el seguro y la escondí entre mis ropas, volviendo rápidamente a la sala.
Cargamos con el cuerpo de Limbert hasta dejarlo en la parte trasera del auto y subimos, dejando atrás el edificio. Mientras miraba por el espejo retrovisor a Ada perdida en un sueño profundo, le pregunté a Zardhan qué iba a hacer con ella.
—La llevaremos al lugar del asilamiento.

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