abril 21, 2015 - , , 1 comentarios

Capítulo XXIX: … lugar equivocado.

Los recuerdos juegan de manera cruel con la memoria en muchas ocasiones, pero no erro al decir que nos habíamos alejado bastante de la ciudad e incluso de los suburbios, empezábamos a internarnos en las sierras que más adelante se convierten en montañas. No sé por qué me vino a la cabeza que conocía ese camino. Transitamos kilómetros de descampado, mientras la vegetación autóctona nos regalaba unos extraños aromas dulces y ásperos, pero el doctor Zardhan solamente levantaba la nariz para poder orientarse hacia donde nos estábamos dirigiendo. Algunas nubes salpicaban la perfección del cielo celeste, el sol daba la suficiente luz como para que se notaran a lo lejos las agiles patas de los pequeños animalejos que corrían huyendo de los ruidos de los motores. La carretera estaba casi vacía, éramos solamente nosotros huyendo hacia el poniente, dejando atrás todo rastro de civilización.
En mi bolsillo el arma de Limbert parecía acomodarse en una larga siesta que me ponía nervioso. ¿Llegaría a usarla? A ella mucho no le había servido, pues estaba profundamente dormida en la parte trasera del automóvil. Debería haberme quedado con Rebecca, quizás aceptar un poco de cariño y de sexo reconciliatorio me salvaban la vida. Pero aun a sabiendas de estar en medio de un posible peligro, el periodista de pura cepa se mantiene firme, coquetea con el peligro, incluso se aventura a cortejarlo, a meterlo en la cama con él.
—¿Adónde vamos?
—Sé cómo manejar este problema, no puedo dejar que nadie más muera y tampoco me permitiré dejar morir a Ada —suspiró el doctor.
—Creo que llegó muy lejos con esto, doctor. Este experimento suyo le va a costar su carrera y espero que no pero… si vida puede irse con ello.
Zardhan me miró con los ojos muertos un par de segundos y volvió la vista a la carretera.
—Ellos han acabado con su carrera y usted sigue aquí, señor Stavros. Firme. Usted es un hombre que no se rinde con facilidad, quizás yo esté esperando lo mismo que usted. Una segunda oportunidad.
—No estoy esperando una segunda oportunidad, doctor: estoy intentando crearla. Yo no espero nada de nadie, porque cuando lo esperé nadie estuvo allí.
El silencio que continuó solamente fue eclipsado por el ruido del motor. A esa altura, entre medio de las montañas, los teléfonos celulares habían perdido toda señal. Ahora todo empezaba a ponerse más misterioso, sobre todo cuando se desvió de la carretera principal y tomó un camino de tierra bordeando una gran sierra verduzca.
—Solamente hippos podrá revertir el daño que este potencial está causando.
Ada seguía dormida, posiblemente no despertara en un buen rato y no parecía haber nadie más que el doctor y yo en cientos de kilómetros. Detrás de una lomada, de golpe, se pudo divisar una construcción del tipo industrial con grandes chimeneas que no despedían humo. Parecía abandonado. El parque estaba cercado por grandes alambrados cortantes y, al parecer, electrificados. En la garita de seguridad, un hombre de abundante barba y vestido como pordiosero dejó pasar al doctor con solamente mirarle la cara; cuando me miró a mí, se sonrió.

—¿Qué es todo esto?
—Aislamiento, Janus.
El doctor Zardhan parecía haber abandonado la cortesía y me trataba como si fuese su par. O peor. Se dirigió hasta un galpón de unos cien metros de largo, cerrado herméticamente y estacionó. Se desabrochó el cinturón y suspiró como decidido a cualquier cosa.
—No creo que sea una buena idea que baje con usted.
—Debo insistir, Janus. Eres una parte esencial en todo este embrollo que armamos.
—¿Armamos? —puse mi cara frente a la suya, tan cerca que casi pude olfatear lo que había desayunado— Usted acaba de secuestrar a esa mujer y está llevándola a quién sabe dónde bajo el pretexto de “ponerla en aislamiento”, solamente para que no siga matando personas inocentes. Esto comenzó como una simple entrevista, usted el doctor y yo el periodista, usted con un pasado oscuro y yo… con un pasado. ¿Y ahora resulta que este lío lo armamos nosotros? No, doctor. Le agradezco la visita a la tierra de los picacocos, pero hasta aquí llegó este tour.
El doctor me regaló una tierna sonrisa y abrió la puerta del auto. Antes de salir agregó:
—Creo que debo insistir, Janus.
Cuando abandonó el auto, la puerta del lado del acompañante se abrió bruscamente y sentí el frío de un cañón en mi nuca, seguido del clic del arma a punto de dispararse. Zardhan abrió la puerta trasera y me miró sonriendo, él no me estaba apuntando.
—Sé un profesional y baja ya, por favor.
Con la mayor calma del mundo me incliné hacia atrás y me levanté del asiento, mientras el arma seguía pegada a mi cuero cabelludo, sentí que sudaba tan frío que podía ser hielo. Cuando hube abandonado el vehículo, de espaldas a mi agresor, dejé de sentir el cañón en mi cabeza aunque el miedo no me dejaba de vapulear.
—Eres inteligente —dijo la voz a mis espaldas—. Lástima que no eres lo suficiente.
La voz de Kan unido al arma que amenazaba mi vida revelaba en gran parte que estaba muy equivocado en cuanto a lo que sucedía ahí. Por primera vez tuve la certeza de ser el hombre indicado en el lugar equivocado.

1 comentarios:

Un ermitaño por excelencia 23 abr. 2015 11:45:00

Nuevamente he quedado sorprendido con el rumbo de esta interesante novela, cuando mencionaste el arma en su cuello estuve seguro que tenia que ser Kan, se avecina un gran desenlace.
Saludos colega

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