abril 29, 2015 - , , 0 comentarios

50 Sobras - "Monstruo" (#4)

Los hombres de traje lo vieron entrar, desalineado y medio dormido, su aliento no olía muy bien. Ellos lo miraron de reojo y pensaron dos veces si era el hombre que debía acompañarlos en la prueba nuclear.

¿Señor Einstein? preguntó tímidamente uno de ellos.

El interpelado, sencillo, respondió:

—Por favor, dígame Frank.
abril 27, 2015 - , , 0 comentarios

Capítulo XXX: la caza.

Las córneas de Kan estaban enrojecidas, posiblemente bajo la influencia de algún narcótico o por la ingesta desmedida de esa resina herbácea que consumía desde los diecisiete y que le provocaba alucinaciones. Sin embargo, sostenía su arma con firmeza, sabiendo que me encontraba en sus manos como cualquier animal a su merced un día de caza. O como lo estaría cualquier condenado camino al cadalso en aquella bahía. Me miraba desde una posición altanera, como si estuviera por sobre todo y sobre todos, observando fijamente un punto en mis ojos me pidió que caminara hacia el interior del depósito abandonado donde Zardhan conducía el cuerpo de Ada Limbert.
—Entenderás todo en un momento —me clavó la punta del arma debajo del brazo—, solamente necesitamos que cooperes un poco más.
—Creo que ya cooperé demasiado.
Sin contestarme, dobló mis piernas con una patada que me hizo sentir la muerte en carne viva, la fuerza de sus músculos aunque ya un poco avejentados era un poco menos temible que la de cualquier semidios. Sentí que me faltaba el aire cuando su gran mano llena de nudos me tomó de los cabellos y me puso en pie de nuevo.
—Camina.
Nos adentramos en el tinglado, un antiguo almacén que olía a aceite de motor. En una de las dependencias se había montado un pequeño laboratorio cerrado a cal y canto, iluminado con luz negra y apenas algunos reflectores. Olía a puro etanol, nada de aceite viejo y quemado a comparación que el resto de la dependencia, ninguna imperfección. Allí estaba alojada la hippos, una especie de camilla conectada a una computadora auxiliar con la que operaban los neurosensores y neurotransmisores. Parecía tecnología de punta empleada en una tienda de campaña con paredes hechas de plástico transparente, como en esos hospitales móviles de guerra de fines de La Caída. El contraste visual era, por momentos, grosero.
El doctor Zardhan recostó con suavidad a Ada en la camilla y procedió a pegarle los transmisores a su cabeza. Kan me detuvo con su mano en mi hombro una vez dentro del laboratorio.
—Quédate ahí.
Zardhan miró de reojo sobre sus anteojos. Terminó con su trabajo y puso la maquinaria en funcionamiento. Un bip inició el programa informático, de repente la pantalla se iluminó y unos pequeños números aparecieron. Cargando… Kan cruzó el laboratorio sin dejar de apuntarme, después tomó una silla algo desvencijada y la fue corriendo con su pierna hasta llegar a mí. Me obligó a sentarme.
—Ponte cómodo, Jan.
La sonrisa malévola de sus labios se correspondió a una mirada de odio que le había ofrecido.
—No sé qué decir, estoy sorprendido. Pensé que éramos amigos, Kan. Pensé que…
—Creo que ese es tu problema, Janus… piensas demasiado para ser un simple periodista o quizás un redactor fracasado. Mucho pensar y poco codiciar, ¿no? —sus palabras y su manera de actuar me tenían desencajado. Estaba aterrado— Un trabajo mediocre, una relación lastimosa y una madre totalmente despechada, posiblemente tu vida no haya sido una de las mejores, ¿o me equivoco?
—No sé de qué me estás hablando, Kan. Yo…
—¡Shhh…! Silencio. Ya hablaste demasiado, viejo amigo. Debería haberte matado ese mismo día en la Bahía o uno de esos tantos que te tuve en la mira, pero sabía que iba a ser peligroso y también muy poco beneficioso para mí. Al fin y al cabo, estabas llegando tan lejos…
—Di con el último eslabón de esta extraña cadena que armaste. Pero ignoro con qué fin.
Sin siquiera verlo, tan rápido como la luz, sentí un fuerte dolor en mi estómago. Un puñetazo de la gran mano de Kan había impactado de lleno debajo de mis pulmones, dejándome sin aire. Si hubiese dado un par de centímetros más a la derecha, quizás el arma que encontré se hubiera descubierto.
Recordé el arma. Necesitaba una distracción lo suficientemente larga como para…
—Escapar. Seguramente sea la palabra que no vas a aprender este día, Stavros. No estaba convencido de esto, no quería que todo terminara así, pero para el doctor y para mi es perjudicial tenerte entre los vivos. ¡Es increíble cómo el conocimiento puede convertirte en alguien peligroso! No podemos dejar un cabo suelto como tú dando vueltas por ahí.
Mientras recuperaba el aire que el golpe me había sacado intentaba conectar las piezas el macabro rompecabezas que había frente a mí.
—No entiendo —murmuré.
—¿Eres lento, chico? —gritó Zardhan desde la otra punta del laboratorio. Se incorporó, tomó algo de aire y me miró como fulminándome con un rayo— ¡Estás ante el arma más mortífera jamás creada! Capaz de rastrear a cualquier persona y no ser rastreada. Es perfecta.
—Entonces esas muertes…
—Es sólo el comienzo —retomó Kan—. Los candidatos no necesitamos que se nos haga mala prensa y mucho menos, tener competencia. Tampoco necesitamos a cualquiera husmeando por ahí.
Sentí nuevamente el frío cañón del arma, esta vez en mi frente.
—Nos vemos en la isla, Janus.
abril 24, 2015 - , , 0 comentarios

50 Sobras - Crucis fictionis (#3)

El clamor de los hombres lo despertó repentinamente, justo cuando estaba cayendo en ese sueño eterno que venía saboreando hacía noches. El sol era fuerte, le daba justo en la cara y le había quebrado los labios, sumado a la falta de hidratación de varios días. Saulo miró directamente al sol, esa bola incandescente que muchas culturas simbolizaban como la representación de dios, ahora no era más que la personificación misma de la muerte, la desesperación y el hecho de querer esfumarse de la faz de la tierra. A lo lejos, apenas audible, sonaba una extraña música, como el susurro de una fiesta fúnebre. Como si la muerte estuviera tocando un laúd.

Saulo de Tarso miró a su alrededor y no pudo dar crédito a lo que veía, las cruces clavadas al costado del camino que los romanos usaban hacia Jerusalén todavía mantenían vivos a diez de esos veinticinco desdichados que compartían su suerte, todos maldecían, todos insultaban, incluso los muertos habían dejado la maldición en la mueca de sus ya fríos labios. Y él, contemplando la vista del camino regado de sangre, solamente tenía una palabra en su boca: Cristo. Y el odio lo mantuvo con vida un par de horas más, hasta que murió ignorando que los libros dirían que él hizo más por ese nuevo dios de lo que realmente hizo.
abril 21, 2015 - , , 1 comentarios

Capítulo XXIX: … lugar equivocado.

Los recuerdos juegan de manera cruel con la memoria en muchas ocasiones, pero no erro al decir que nos habíamos alejado bastante de la ciudad e incluso de los suburbios, empezábamos a internarnos en las sierras que más adelante se convierten en montañas. No sé por qué me vino a la cabeza que conocía ese camino. Transitamos kilómetros de descampado, mientras la vegetación autóctona nos regalaba unos extraños aromas dulces y ásperos, pero el doctor Zardhan solamente levantaba la nariz para poder orientarse hacia donde nos estábamos dirigiendo. Algunas nubes salpicaban la perfección del cielo celeste, el sol daba la suficiente luz como para que se notaran a lo lejos las agiles patas de los pequeños animalejos que corrían huyendo de los ruidos de los motores. La carretera estaba casi vacía, éramos solamente nosotros huyendo hacia el poniente, dejando atrás todo rastro de civilización.
En mi bolsillo el arma de Limbert parecía acomodarse en una larga siesta que me ponía nervioso. ¿Llegaría a usarla? A ella mucho no le había servido, pues estaba profundamente dormida en la parte trasera del automóvil. Debería haberme quedado con Rebecca, quizás aceptar un poco de cariño y de sexo reconciliatorio me salvaban la vida. Pero aun a sabiendas de estar en medio de un posible peligro, el periodista de pura cepa se mantiene firme, coquetea con el peligro, incluso se aventura a cortejarlo, a meterlo en la cama con él.
—¿Adónde vamos?
—Sé cómo manejar este problema, no puedo dejar que nadie más muera y tampoco me permitiré dejar morir a Ada —suspiró el doctor.
—Creo que llegó muy lejos con esto, doctor. Este experimento suyo le va a costar su carrera y espero que no pero… si vida puede irse con ello.
Zardhan me miró con los ojos muertos un par de segundos y volvió la vista a la carretera.
—Ellos han acabado con su carrera y usted sigue aquí, señor Stavros. Firme. Usted es un hombre que no se rinde con facilidad, quizás yo esté esperando lo mismo que usted. Una segunda oportunidad.
—No estoy esperando una segunda oportunidad, doctor: estoy intentando crearla. Yo no espero nada de nadie, porque cuando lo esperé nadie estuvo allí.
El silencio que continuó solamente fue eclipsado por el ruido del motor. A esa altura, entre medio de las montañas, los teléfonos celulares habían perdido toda señal. Ahora todo empezaba a ponerse más misterioso, sobre todo cuando se desvió de la carretera principal y tomó un camino de tierra bordeando una gran sierra verduzca.
—Solamente hippos podrá revertir el daño que este potencial está causando.
Ada seguía dormida, posiblemente no despertara en un buen rato y no parecía haber nadie más que el doctor y yo en cientos de kilómetros. Detrás de una lomada, de golpe, se pudo divisar una construcción del tipo industrial con grandes chimeneas que no despedían humo. Parecía abandonado. El parque estaba cercado por grandes alambrados cortantes y, al parecer, electrificados. En la garita de seguridad, un hombre de abundante barba y vestido como pordiosero dejó pasar al doctor con solamente mirarle la cara; cuando me miró a mí, se sonrió.

—¿Qué es todo esto?
—Aislamiento, Janus.
El doctor Zardhan parecía haber abandonado la cortesía y me trataba como si fuese su par. O peor. Se dirigió hasta un galpón de unos cien metros de largo, cerrado herméticamente y estacionó. Se desabrochó el cinturón y suspiró como decidido a cualquier cosa.
—No creo que sea una buena idea que baje con usted.
—Debo insistir, Janus. Eres una parte esencial en todo este embrollo que armamos.
—¿Armamos? —puse mi cara frente a la suya, tan cerca que casi pude olfatear lo que había desayunado— Usted acaba de secuestrar a esa mujer y está llevándola a quién sabe dónde bajo el pretexto de “ponerla en aislamiento”, solamente para que no siga matando personas inocentes. Esto comenzó como una simple entrevista, usted el doctor y yo el periodista, usted con un pasado oscuro y yo… con un pasado. ¿Y ahora resulta que este lío lo armamos nosotros? No, doctor. Le agradezco la visita a la tierra de los picacocos, pero hasta aquí llegó este tour.
El doctor me regaló una tierna sonrisa y abrió la puerta del auto. Antes de salir agregó:
—Creo que debo insistir, Janus.
Cuando abandonó el auto, la puerta del lado del acompañante se abrió bruscamente y sentí el frío de un cañón en mi nuca, seguido del clic del arma a punto de dispararse. Zardhan abrió la puerta trasera y me miró sonriendo, él no me estaba apuntando.
—Sé un profesional y baja ya, por favor.
Con la mayor calma del mundo me incliné hacia atrás y me levanté del asiento, mientras el arma seguía pegada a mi cuero cabelludo, sentí que sudaba tan frío que podía ser hielo. Cuando hube abandonado el vehículo, de espaldas a mi agresor, dejé de sentir el cañón en mi cabeza aunque el miedo no me dejaba de vapulear.
—Eres inteligente —dijo la voz a mis espaldas—. Lástima que no eres lo suficiente.
La voz de Kan unido al arma que amenazaba mi vida revelaba en gran parte que estaba muy equivocado en cuanto a lo que sucedía ahí. Por primera vez tuve la certeza de ser el hombre indicado en el lugar equivocado.
abril 17, 2015 - , , 0 comentarios

50 Sobras - Amor socrático (#2)

Hablemos de amor.
Y si no fuese amor, ¿Qué hubiera sido?
Ella... Si no hubiera sido amor sería algún tipo de compulsión.
Supongamos que tuvieras que definirlo de otra manera.
Entonces lo llamaría obsesión.
Y entre un amor y una obsesión la línea que los divide es tan delgada que no se suele advertir las consecuencias.
—Entonces amé obsesivamente —respondió el loco, solo en su celda.
abril 15, 2015 - , , 0 comentarios

50 Sobras - "Nosophoros*" (#1)

Ese día fue memorable y triste al mismo tiempo, porque de aquel lado del espejo muchos se habían reportado enfermos a sus trabajos; y de éste, sus contrarios, egocéntricos, se habían creído inmortales.

*portador de enfermedad.
abril 13, 2015 - , , 0 comentarios

Capítulo XXVIII: hombre indicado…

Los sonidos de la autovía y los movimientos bruscos del automóvil del doctor volvieron a traerme a la realidad poco a poco. La luz, sin embargo, no pareció recibirme del todo bien ya que me cegó por unos segundos. Todavía me resonaba la advertencia de Limbert en la cabeza, ¿había mucho más que desconociera? Sus palabras no habían sido el aliento que necesitaba para seguir adelante, pero quizás debí mencionarle que iba camino a su casa en el auto de quien ella describió como un “monstruo”.
—Pequeña siesta, ¿eh? —rió Zardhan— Acá seguimos en camino. Igual tomo la siguiente salida, viramos a la izquierda y estaremos a unas calles del edificio de Limbert. Espero que no sea muy tarde.
—Qué vuelco que ha dado esta historia de anonimatos, ¿no?
El psiquiatra me miró de reojo pero no hizo ninguna mueca a mi comentario. A esa altura, seguir manteniendo un manto de silencio en todo el asunto me empezaba a sonar tan mal como el “corre” que me recomendaba Ada. Era desalentador tener que pensar que era el hombre equivocado en el lugar equivocado, pero mucho más desalentador era sentir que no sólo una sino varias presencias oscuras ahora viajaban con nosotros.
—Tenemos que aislar a Ada.
—¿Tenemos? —ahora resultaba ser cómplice de sus experimentos— Le recuerdo que estoy aquí a pedido suyo, porque quiere que se documente esta historia sobre el potencial psíquico de la señorita X que mató a dos personas y dejó sin electricidad a una ciudad entera.
—Usted haría cualquier cosa por esta historia —sentenció fulminándome con la mirada, después tomó la salida que nos alejaba de la autovía—. No crea que no leí nada suyo, señor Stavros. Es un buen periodista, tan bueno que necesita esta historia para volver a la primera plana. El Pasquín no sería nada sin usted, ¿no es cierto?
—No he venido a discutir mi carrera con usted, doctor.
—Yo tampoco tengo que discutir la mía con usted y, sin embargo, aquí estamos.
Viró a la izquierda y nos internamos en un vecindario de casas bajitas, pero a lo lejos se divisaba el comienzo de complejos de edificios no muy lujosos, y mucho más allá comenzaban los barrios residenciales, las torres de lujo y los rascacielos que formaban una muralla en los discretos ojos de Cristófobos.
—Es unas calles más adelante —dijo mirando la numeración escrita en el borde de la acera—. En cuanto nos aseguremos que ella está bien, usted será libre de publicar la historia, dentro de las condiciones acordadas, obviamente.
—Habló de aislar a Ada, ¿de qué manera…?
—No voy a discutir más los procedimientos de mi tratamiento con usted, simplemente para caer en sus constantes juicios de valor. La paciente Limbert es una amenaza potencial para ella misma y para las personas que se encuentran con ella, porque en el estado endeble de su mente tanto usted como yo podemos ser objetivos sin saberlo.
“Objetivos”, no sé por qué esa palabra quedó flotando en mi cabeza unos cuantos minutos después de eso.
—Ada es inofensiva estando consciente —continuó—, pero no sabemos a qué nos estamos enfrentando cuando duerme, se desmaya o simplemente se relaja. Aislarla va a ser lo más prudente hasta que decida qué hacer con ella. Aquí estamos.
El edificio donde vivía la señorita Limbert estaba rodeado por un parque perimetral con una garita de seguridad en la entrada del estacionamiento subterráneo. Allí Zardhan pidió ingresar para ver a su paciente que se encontraba en el piso 6, seguramente en estado inconsciente. Mostramos nuestras identificaciones y el hombre de seguridad nos escoltó en el ascensor hasta la puerta del apartamento. Después de llamar incesantemente a la puerta, tomó la llave maestra y la forzó. Ada se encontraba en el suelo, de la misma manera en la que la encontré en el astral, sus ojos estaban perfectamente cerrados y su respiración era lenta y constante.
—Está bien —dijo Zardhan después de tomarle el pulso—, pero debemos llevarla a un hospital.
El guardia sacó su comunicador para llamar a una Unidad de traslado, pero el doctor dijo que la llevaría él en su auto, así llegarían más rápido. El guardia no pareció muy contento y yo mucho menos, pero terminó cediendo ante la idea porque, a fin de cuentas, no existían muchas posibilidades que su médico sea un secuestrador.
Zardhan me pidió que lo ayudara a levantar el cuerpo de aquella chica que estaba aferrado a una pequeña cartera. Dejé el cuerpo por un segundo y llevé su bolso hasta el dormitorio, a unos metros de ahí, no sin antes fijarme por qué estaba tan pesado. Cuando lo abrí me sorprendí al encontrar una pequeña pistola que ella guardaba ahí. Ahora la cosa iba más en serio que nunca, lo suficiente como para pensar que ella no se estaba defendiendo únicamente de sus recuerdos. Tomé el arma y con cuidado le puse el seguro y la escondí entre mis ropas, volviendo rápidamente a la sala.
Cargamos con el cuerpo de Limbert hasta dejarlo en la parte trasera del auto y subimos, dejando atrás el edificio. Mientras miraba por el espejo retrovisor a Ada perdida en un sueño profundo, le pregunté a Zardhan qué iba a hacer con ella.
—La llevaremos al lugar del asilamiento.
abril 12, 2015 - 2 comentarios

Efemérides

Un día como hoy, pero hace dos años, comenzaba un viaje, un camino que quizás me deparaba un gran triunfo o el más estruendoso de los fracasos. Pero, a pesar del riesgo que siempre implica invertir en algo, decidí abrir este espacio al que denominé "Sobras Cumbres", un blog donde no se expone el ego ni las excepcionales dotes de un escritor, sino un lugar donde se puede ser libre,  leer aquello que elija y no lo que se publica día por medio; es el lugar donde quienes lo deseen pueden dar a conocer también sus escritos o su forma de hacer literatura.

Es por eso que en esta jornada tan especial, los sigo invitando a que recorran estas sobras mías y las grandes obras de los que hacen día a día la literatura en todos sus aspectos. Hoy es un día muy especial para mí, para mi "Yo escritor" y para mi corazón, puesto que esta fecha también, además de encontrar mi pasión en este blog, encontré al amor de mi vida y sin ella nada de esto seguiría en pie, quizás. Por eso un doble brindis, ¡por la pasión y aquello que apasiona!

Muchas gracias por ser parte de "Sobras Cumbres" y por darle una oportunidad a este espacio.
abril 06, 2015 - , , 0 comentarios

Capítulo XXVII: regreso al astral.

Mi espacio en el astral se había vuelto un bosque de árboles muertos. Lo que alguna vez había sido florido y lleno de vida, ahora se descascaraba y se pudría como lo hacía mi alma en el mundo de los invidentes. Mi mundo astral había sido construido con una dedicación y un esmero que no se encontraban presentes en ese momento, parecía el asqueroso pantano de un ogro. Y el temor de encontrarme con Astrid me picó como un mosquito en la conciencia.
Seguramente allá afuera el doctor Zardhan esquivaba autos estacionados en su afán por alcanzar a la pobre Ada Limbert que se encontraba en su apartamento, boca abajo e inconsciente. Cuando ingresé a la casa en medio del bosque, a ese desastre de papeles tirados en el suelo y paredes quemadas, encontré a una mujer tendida en el suelo, en posición fetal, llorando frenéticamente. Me acerqué a darle consuelo sin imaginar quién era en realidad, podía ser incluso mi peor pesadilla. Era Ada en un estado de shock emocional tan grande que no podía más que repetirse: “están muertos”.
—¿Ada? ¿Ada Limbert? —me cercioré.
La chica de ojos grises me miró como si fuese una especie de salvador. Me tomó de los brazos y me abrazó con una fuerza tal que hasta mi cuerpo físico pareció estremecerse.
—Están muertos. Los maté.
—¿De qué estás hablando?
—Samuel, J… Creo que es el principio nada más. Yo no los quería, los detestaba, hicieron miserable parte de mi vida pero… ¿verlos muertos? No, no es eso lo que quería. No es la cura que necesitaba, no —sacudía su cabeza—. Es que ese doctor fue tan convincente, con esa máquina.
—Zardhan, él está buscándote.
Su tez trigueña empalideció de golpe, sus pupilas se dilataron y podría jurar que sudó en frío mientras quedaba enmudecida y boquiabierta unos segundos. Mirándome a los ojos notó que no le estaba mintiendo.
—¿Para qué quiere ese monstruo encontrarme? ¿No fue suficiente todo lo que hizo conmigo? Ha despedazado una parte de mi memoria en pos de su afán científico, liberó algo escondido dentro de mí que por alguna buena razón estaba durmiendo. No, señor… Si usted ha venido a llevarme con él, me niego a ir. Él y su maldita máquina se pueden ir a la…
—Ada. Puedo llamarte Ada, ¿verdad? No dispongo de mucho tiempo, no estoy tratando de convencerte de nada, todo este asunto de la memoria, los muertos, el apagón… es nuevo para mí. Simplemente estoy viendo si te encuentras bien, Zardhan no sabe todavía que estoy acá, pero si no vuelvo en cualquier momento se va a dar cuenta por… las fuerzas oscuras que trabajan con él. Así que unas palabras más podemos hablar.
—Temo que hay mucho de todo este asunto que no lo sabe, señor…
—Stavros.
—Señor Stavros, cuando vea la oportunidad, corra. Sin importar lo que pase a sus espaldas, usted corra como nunca lo hizo en su vida. No mire atrás, porque será su fin.
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