marzo 31, 2015 - , , 0 comentarios

Capítulo XXVI: cuento de Ada.

Pasamos diez minutos mirando el suelo alfombrado del despacho de Zardhan, mientras el doctor intentaba comunicarse con su paciente quien, aparentemente, se había encargado de mandar al otro mundo a una de las figuras más influyentes de la política en Cristófobos. Kan no iba a estar para nada contento. Entonces me acordé del pobre diablo que iba conmigo al colegio y había conseguido el puesto de Ministro, pero también tuve la sensación que me iba a costar comunicarme con él porque el Ministerio debería estar patas arriba con todo el asunto del asesinato.
Una mujer con ese potencial psíquico… Zardhan estaba mintiéndome como a un chico al decirme que quería ayudarle con su problema, yo por momentos le creía y por momentos no. Era difícil… Pensar que alguien como ella podía tener el mismo potencial que Astrid me ponía los pelos de punta, significaba que Astrid, desde el lugar donde estuviera, podía matarme sin siquiera obedecer a las leyes físicas o divinas. No podía seguir aferrándome a ese pasado, en el presente tenía una oportunidad que no debía desperdiciar y era el momento de actuar.
—Tenemos que ir a buscarla.
—¿Tenemos? —el hombre pareció sorprendido ante la iniciativa— Disculpe, pero este lío es mi culpa y yo…
—Me prometió una historia, señor Zardhan. Y por lo que estoy viendo, creo que lo del anonimato está a punto de terminarse.
—No —suplicó—, por favor tenemos que mantener su identidad en secreto. Vamos a ir a su casa, seguramente esté allí, no hace ni dos horas que se fue… Esto es muy raro. A menos que…
Lo miré fijamente, no iba a moverme de ahí sin una respuesta, aunque fuera ilógica.
—A menos que su potencial haya llegado a la “colmena”. La colmena es aquello que muchos llaman…
—Conciencia colectiva. Conozco el concepto.
—Bueno, entonces entenderá lo que estoy tratando de hipotetizar… Creo que Ada dejó sus recuerdos “sueltos” en algún lugar de esa colmena y simplemente salieron a hacer destrozos. Si no sabemos quiénes más estaban en esos cuadros, es como esperar que las fichas caigan solas sin poder hacer nada.
—Hay que buscarla y después, ¿qué?
—Tenemos que meterla en hippos, que enfrente sus recuerdos para que no vuelvan a ser una amenaza para ella ni para los pobres infelices que podría cargarse en un futuro. Ada vive en los suburbios, a unos minutos de aquí, posiblemente este suceso le haya hecho algún daño temporal en su lóbulo frontal y esté dormida o muy cansada. Le recomendé que si se sentía mal que se quedara en casa, cerca del teléfono, pero después de tanto llamarla calculo que se habrá dormido. Vamos.
Salimos a toda máquina del despacho de Zardhan y subimos al coche negro último modelo que tenía aparcado en el espacio número 23. Arrancó y puso rumbo hacia el poniente, dejando atrás su despacho. La ciudad parecía más tranquila que de costumbre, nadie sospechaba que el infame sucesor del terror hacia experimentos sobre la psique de personas inocentes con gran potencial psíquico. Nadie nunca iba a entender era parte del alma de los seres humanos, muy pocos estaban capacitados para ver más allá de lo que sus ojos mostraban. Lo entendía cada día mejor y me desanimaba mucho más. A veces me sentía viviendo en un mundo que no comprendía, como si fuera el chivo expiatorio perfecto.
—Espero que todo esto no lo incomode, Stavros. Ha caído en el lugar y en el momento menos indicado…
—Estoy acostumbrado, doctor. Es la historia de mi vida. Por suerte sé de algunas de estas cuestiones, la señorita Lambert necesitará una buena explicación de lo que está pasando y creo que “estás matando a tus ex novios de manera inconsciente” puede ser algo shockeante, ¿no le parece?
—Sí, no estoy pensando claramente. Hay que decirle la verdad, posiblemente ese shock sea lo que pueda hacer parar esta locura. No sé. Nunca pensé que llegaría tan lejos, allá están los medios, mire —me señaló a unas calles de ahí una horda de periodistas con sus cámaras atosigando a los detectives mientras unos blancos mantenían el orden—. Esto está mal, esto está mal. Encima el tráfico.
Golpeó el volante. En ese momento hubiera deseado estar manejando mi kooba, tranquilo, escuchando música, pero recordé que estaba en posesión de mi ex mujer y, solamente por un momento, deseé entrar en mi propia Galleria. El tráfico en la autovía 17 era insoportablemente tedioso, ya nos habíamos alejado de los anillos concéntricos cercanos a la casa del viejo Jilly, donde comenzó todo, con ese cuasi androide superviviente del asedio de Tetlán. No recordaba mucho particularmente del asedio, quizás lo hayamos visto en la escuela durante los últimos años, pero era más una crónica que parte de la historia del país. Muy pocos habían sobrevivido a Tetlán y el viejo probablemente haya sido uno de los que mejor quedó anatómicamente hablando…
—Hay que estarse tranquilos, doctor —dije recostándome en el asiento de copiloto—. No queremos matarnos nosotros tampoco o le echaríamos la culpa a Limbert. Si toma la segunda salida y después vira a la derecha nos ahorraremos veinte minutos de viaje. Preferiría dormir algo ahora, si no le molesta.
—No, para nada —me miró de reojo—, ¿está seguro que podrá dormir en medio de este lío?
—Solamente necesito descansar la vista.

Cerré los ojos y aislé los ruidos de los autos que tenía a mi alrededor, acallé la respiración del doctor y me alejé mentalmente de la presencia nefasta del espectro que iba con el conductor a todos lados. Me metí dentro de mí mismo hasta el punto de sentir que me había caído del asiento del auto, me envolví en una burbuja de aspecto violáceo transparente y me dispuse a visitar aquella parte que estaba reservada solamente para un caso extremo. El astral.

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