marzo 23, 2015 - , , 1 comentarios

Capítulo XXV: desatando el infierno.

—Ella lee en idiomas que no existen en este plano —siguió Zardhan, control remoto en una mano y vaso de bebida blanca en la otra— y, evidentemente, su inconsciente ha logrado trascender al plano físico, asesinando a una persona muy allegada a ella. Es un hecho aislado, señor Stavros. Puede decir que el apagón sí fue responsabilidad de ella, pero el asesinato podría hacerse pasar por algo más. No sabemos cuáles son los resultados de la autopsia y, si se encontrase algo, sería una aberración científica el especular con eso, ¿no le parece? Es daño colateral.
—Le recuerdo que un ciudadano reconocido fue encontrado asesinado, creo que no es algo “aislado” —agregué indignado.
—Es algo controlado, quise decir. El potencial de Ada es la llave que nos abre la puerta a un nuevo universo de posibilidades científicas, la noética resurgirá desde sus cenizas y gracias a ella, la ciencia en general. El nivel de vida, la fuente de la juventud. Imagine que todos esos cuentos que le contaban de niño se hicieran realidad.

Lo escruté detenidamente con la mirada. Zardhan parecía entusiasmado y la sombra detrás suyo volvía a danzar, ahora de manera frenética, como si su movimiento activara los engranajes dentro de la cabeza del viejo doctor.
—Hay cosas que la gente no está preparada para entender, eso debe saberlo usted mejor que nadie. Ni siquiera Ada debe estar preparada para entender qué hay de malo en ella.
—¿Malo? —sonrió— Muchas cosas al principio parecen nocivas, pero las padecemos para nuestro propio bien, para ser más fuertes. Para sobrevivir.
—Me decepciona su falta de ética, doctor Zardhan. Hasta ahora lo venía mirando como un hombre con visión, con la moral un poco baja… pero, ¿esto? Sinceramente su falta de ética profesional me sorprende, no así su pasado.
—¿Mi pasado? —el doctor abandonó su asiento y me señaló con el vaso, su voz se volvió aguarrentosa y su porte pareció hacerse enorme— ¿Usted husmea sobre mi pasado, sobre donde yo dejé mi huella y se sorprende de mi “ética profesional”? Déjeme hacerle una concesión, señor periodista: por algo se llama noética. Sin ética.
—Creo que está tergiversando las palabras, doctor —dije adoptando un tono más calmado—. Perdone mi juicio sobre sus asuntos, al fin y al cabo son sus prácticas, no las mías y mi visión pseudocientífica no cabe en esta conversación. Sepa disculparme.
Zardhan volvió a su escritorio y me miró a los ojos como buscando algo dentro mío.
—Después de esa sesión no pude volver a hacerla entrar en la máquina, no después del gran apagón y la muerte de Reiht. Ella lo recuerda. Pero antes del apagón hubieron cinco minutos en los que la computadora no grabó nada y ella siguió dentro de la máquina, temí que se haya hecho algún daño irreparable a su memoria. En sesiones posteriores, hasta el día de hoy, no parece haber indicios de fallos en su memoria incluso…
El teléfono celular del doctor sonó primero y luego el mío. Cortamos los dos la llamada, pero ambas fueron insistentes. Decidimos atender, él por su lado y yo por el mío.
—Stavros —mi jefe—. ¿Dónde te has metido? Acaban de encontrar otro cadáver, el mismo procedimiento que Reiht, salvo que en este caso no es un don nadie al que nadie llorará. El muerto se llama J. I. Foreman, el prestigioso abogado defensor y candidato a la alcaldía de Cristófobos. Esto es grande, Stavros, puede que necesitemos a toda nuestra gente en ello.
—Veré qué puedo hacer —corté.
Cuando me volví encontré al doctor Zardhan pálido aferrado a su teléfono celular, asentía con la cabeza y daba respuestas monosilábicas. Después de unos segundos cortó, parecía tener el miedo impreso en la cara.
—Esto es malo —soltó al fin, después de unos segundos cabizbajo— Espero no haber desatado el infierno.
—¿Qué?
—Es Ada… está fuera de control. Yo pensaba que sería fuerte, que podría soportar un bloqueo mental, creé esa barrera para que solamente yo pudiera franquearla pero…
—¿Barrera? ¿Hizo una barrera mental en los recuerdos recién descubiertos de Ada para qué? ¿Para explorarlos solamente usted?
—¡Sí! Pensé que sería una buena idea, lo más práctico y lo menos dañino para ella. Pero… Creo que cometí un error.
—Por favor —imploré tratando de no prever lo que venía—, dígame que no había más cuadros en esa sala donde estaba Reiht.
El doctor Zardhan me miró, con un brillo en sus ojos que rozaba lo sombrío y expectante. Trataba de medir sus palabras en medio de un tartamudeo poco natural y con mucho de nerviosismo. Dio unos golpecitos con el dedo índice al vaso de vidrio y lo dijo de la manera más pausada como le fue posible.
—Un tal Foreman. Creo que ahora está en un cargo político… Tengo la fuerte sospecha que Ada mató a su ex novio de la secundaria.

1 comentarios:

Un ermitaño por excelencia 26 mar. 2015 12:02:00

Excelente, sobre todo me llama la atención el uso de imágenes en tus capítulos, espero con ansia lo que sigue.
Saludos

Publicar un comentario

Dime qué te pareció la entrada...

Se ha producido un error en este gadget.

Si te gustó, suscribite por e-mail