marzo 16, 2015 - , , 3 comentarios

Capítulo XXIV: damnatio memoriae.

Como si se tratara de una simulación en realidad virtual o de un juego de ordenador, las imágenes que se proyectaban en la pantalla mostraban a una persona desde su propia óptica, una mujer que se miraba las manos blancas como la luna. Se escuchaba su respiración lenta y pausada, estaba relajada y caminaba sobre un suelo dibujado con baldosas negras y blancas. Parecía un tablero de ajedrez, pero en realidad se trataba del vestíbulo de un lugar amplio donde se empezaban a vislumbrar delante distintos tipos de galerías. Los pasos con los que se acercaba a la primera sala eran tenues, parecía llevar zapatos de taco alto y el eco podía ser desesperante e intimidante al mismo tiempo.
Vi que la entrada de la primera sala llevaba un cartel. Una serie de símbolos desconocidos parecían describir lo que enfrentaría Ada al cruzar el umbral.
—Ada tradujo “juventud”, pero nunca se detuvo a explicarme a qué idioma pertenece. Si es que existe —agregó Zardhan imaginando mis preguntas.

La mujer caminó hacia el interior del cuarto y se encontró con varias pinturas de distintos estilos, realistas, surrealistas, impresionistas… Todas esas pinturas llevaban un título al pie y todas, como si se tratara de una película de ciencia ficción, estaban en movimiento.
—La mente de Ada comprimió los recuerdos dolorosos en distintos tipos de expresiones, algunas parecían fantasiosas, otras realistas… ese fue el concepto que su mente tuvo en cuenta a la hora de clasificar los recuerdos. Pero, al parecer, quedaron en movimiento, escapando de su pintura de vez en cuando.
—¿Está tratando de decirme que los recuerdos que se le escapan a Limbert están almacenados en su memoria en una especie de salón de cuadros? —solté indignado.
—Vea usted.
La mujer se acercaba a una pintura llamada “la niña humillada” y se veía una sección de su infancia donde sufría el abuso por parte de sus compañeros en el ciclo básico escolar. Un empujón sobre el barro que durante toda su vida había intentado reprimir.
—Esto es…
—Continúe mirando, señor Stavros. Ni siquiera es el principio.
A medida que iban siendo vistos, los cuadros demostraban la crueldad sufrida a lo largo de un corto período de tiempo en la vida de Limbert. El suicidio de su padre por la persecución de sus acreedores, el alcoholismo de su madre y las tortuosas relaciones con tres diferentes padrastros, los rechazos académicos y los primero años de su endeble carrera como escritora volvían a su “juventud” en una de las salas más oscuras que haya visitado en toda mi vida. Incluso cuando haya recordado visitar una muestra de arte dos o tres veces solamente. Lo descarnado de los hechos y las imágenes solamente se podían encrudecer con los trazos con los que se decoraba cada pintura, captando dimensiones y sensaciones que incluso las estructuras visuales mismas no podrían transmitir. Era un brutal juego de figuras que aprisionaban el pecho del más audaz observador.
—Esto es terrible, doctor. ¿Acaso esto fue lo que esa mujer vivió mientras dormía sobre esa máquina?
—La hippos. Sí. La única manera de poder descubrir su enfermedad era enfrentando esos recuerdos que estaban dispuestos a rebelarse en momentos inesperados y de manera subversiva, es muy posible que cada vez que enfrentara esos cuadros, los recuerdos se reconocieran como ciertos y se adhirieran a la memoria consciente, dejando de ser una amenaza. Pero entonces, Ada cruzó el umbral de una sala contigua mucho más fuerte, más dura…
Zardhan me señaló la secuencia en la que ingresaba a una sala de color rojo con extraños estampados negros, donde el juego de luces parecía demostrar que las paredes sangraban.
—Su corazón —suspiré.
Un mural en la pared opuesta desdibujaba la figura de un hombre sencillo, vestido como un adolescente desalineado y errático. Parecía que aquel muchacho estaba destinado a una vida sin lujos, sin otro futuro que el de ser un vagabundo. Hasta que sus facciones y el nombre escrito al pie de la imagen empezaron a develar más de lo que estaba dispuesto a entender.
—Samuel M. Reiht. Pero…
De repente, cuando la imagen del mural estaba a punto de ponerse en movimiento, la grabación quedó a oscuras y se cortó. Estuve a segundos de tirarme encima de Zardhan para pedirle que siguiera corriendo la cinta, pero se ve que hasta ahí llegó a grabarse.
—Ahí fue cuando el apagón llegó a Cristófobos. Empezó con este mismo recuerdo, con Ada recordando el nombre de este tipo tan misterioso como odiado. La hippos colapsó, ella entró en una crisis de nervios y tuve que sacarle del sótano. Sé que está buscando una relación más “real” del asesinato con este intento de reparar el cerebro de mi paciente, señor Stavros. Pero usted entiende de esas cosas que no puede escribir en su diario y, sin embargo, no sabe cómo explicar lo obvio.
—Y lo obvio sería…
—El potencial psíquico de la señorita Limbert. 

3 comentarios:

Un ermitaño por excelencia 16 mar. 2015 12:07:00

Sin duda una de las mejores historias que he leido, es un gran trabajo mi hermano Cristian

Cristian German 16 mar. 2015 12:09:00

Muchas gracias por el apoyo semana a semana, esperemos que siga siendo tan interesante como lo es para mi escribirla. Un abrazo!

Cynthia Soriano 16 mar. 2015 15:00:00

Tienes una forma de escribir muy interesante.

Te felicito por tu blog.

Un saludo

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