marzo 09, 2015 - , , 1 comentarios

Capítulo XXIII: Galleria.

Una pequeña risa, tonta e insípida, se escapó de mis labios, no porque aquello fuera gracioso sino porque sonaba a una ineludible verdad, suponiendo que había una explicación lógica para conectar un apagón y un asesinato con el estado mental de una paciente psiquiátrica. La ecuación que intentaba dilucidar era mucho más confusa teniéndola como parte a Ada Limbert, no la conocía, creo que nunca en mi vida la he cruzado por la ciudad, pero el hecho de saber que había pasado la mayor parte de su vida en la sombra de un picacocos no me hacía confiar mucho en su criterio. De cualquier manera, no debía confiar en ella precisamente, sino en Zardhan, que parecía estar escribiendo una historia de ciencia ficción justo frente a mis ojos, ¿buscando fama quizás? El anonimato en el que pretendía que dejara a Limbert provocaba que el reconocimiento al que aspiraba fuera improbable y posiblemente me condenara a sus delirios de grandeza también.
El doctor Zardhan contestó un mensaje de texto, escribiendo de manera pausada y trabajosa, sus dedos gordos le imposibilitaban escribir rápido y correctamente al mismo tiempo. Después abrió uno de los cajones de su escritorio y ocultó el celular. En la misma maniobra descubrió un control remoto pequeño, color blanco.
—Creo que es hora de mostrarle las pruebas.
—¿Lo filmó? —mi sorpresa fue bastante exagerada, porque en ocasiones es normal grabar ese tipo de procedimientos, según tenía entendido.
—Sí, ¿cómo esperaba que respaldara mi teoría? ¿Solamente con palabras? Trato de no dejar nada al azar, señor Stavros. La señorita Limbert se atrevió a acceder hasta este punto después de las primeras sesiones de hipnosis profunda, cuando descubrió ese espacio que ella llamó Galleria.
—Galleria.
—Sí, creo que es una especie de voz arcaica en desuso. Ella lo describió de esa manera mientras estaba dormida, se asemejaba mucho a un Paseo de Arte, una exposición.
—Un museo —arriesgué.
—Sí, pero solamente con pinturas. Por lo general los museos tienen piezas antiguas de todo tipo, ella describió esta Galleria como una exposición de pinturas.
Zardhan se puso de pie y caminó hasta la ventana y cerró las persianas, solamente unos pocos rayos de luz bañaban el despacho. Regresó al escritorio y tomó el control remoto, accionó un botón y me pidió que volteara mi silla. Entretanto, una pantalla blanca se desplegó en la pared contraria al edificio, tapando parcialmente la puerta de entrada. El doctor se sirvió un trago y me ofreció, pero nuevamente tuve que rechazarlo. Quería saber qué era todo esto que me tenía tan tenso. Desconocía si era la sombra que envolvía a Zardhan, al asunto o a mi vida en general.
Galleria —repetí absorto.
—Sí —Zardhan se echó en el sillón—, veo que le interesó la palabra. Limbert tiene mucho conocimiento de lenguajes antiguos y extraños, no sé qué podría verle de fascinante, pero a mí me fascina la ciencia, cosa que puede parecerle fútil a usted. La disparidad es lo que nos hace únicos, ¿no?

—¿Todo este asunto de estas “pinturas” entra en su definición de Nigromancia moderna?
—Verá usted, señor, las primeras sesiones con Ada estuvimos de acuerdo en que la hipnosis profunda sería un comienzo tranquilo para indagar las raíces de su problema, antes de eso había intentado interrogarla acerca de todos los aspectos de su vida y había logrado recordar uno o dos sucesos, que incluso para ella misma tenían detalles imprecisos. Los recuerdos se habían escondido hasta que pasara esa “amenaza” y lo harían siempre, no hay una manera científica (por así decirlo) de luchar contra eso más que las drogas y otros métodos menos saludables. La hipnosis profunda condujo, en los últimos cinco minutos de sesión, a lo que Ada llamó una “puerta dorada” que obligué a que abriera. Después de eso me contó que estaba dentro de esta Galleria, caminando sin un rumbo fijo e intentando no ver los cuadros. Cuando le pedí que los mirara, entró en pánico y la conexión hipnótica se rompió. Quisimos intentarlo nuevamente pero fue inútil, parecía que los recuerdos se habían dado cuenta de mi técnica. Estaba destrozado. Sentí que mi carrera estaba acabada, no había nada que pudiera hacer para salvar a esta chica de su flagelo hasta que, quizás por obra del Destino, la ciencia noética me ofreció una herramienta para ayudarla a explorar sus memorias. Diseñé un neuralizador.
No tuve necesidad alguna de preguntarme qué era un neurolizador. Sonaba como la máquina gigante que seguramente había estado en el sótano de Jilly.
—Usted diseñó esa cosa y alquiló el sótano de un medio-androide para no levantar sospechas.
—Veo que investigó bien —respondió con indiferencia.
—Solamente sé a qué contactos debo tocar. Entonces, este… neurolizador del que me hablar se construyó con el fin de ordenar las memorias de Ada Limbert. ¿Usted lo construyó con sus propias manos?
—No —rió—, soy una persona completamente inútil con mis manos y también mis clases de neurología fueron un desastre. Tuve que pedir a dos amigos que me ayudaran a diseñarlo, invertí meses enteros de trabajo y lo que usted ganaría en muchos ciclos para conseguir esta tecnología. Pero al final, lo logré. Lo llamamos hippos, como referencia al hipocampo, porque es ahí donde se almacena la memoria del ser humano. Hippos constaba de una camilla anatómica con electrodos que se conectaban a ciertos puntos del cuerpo que enviaban y recibían información, además estaba equipado con una pantalla a la altura de los ojos mediante la cual se accedía de forma más directa a la memoria a través de la dilatación de los ojos. Todo esto era procesado por una computadora dispuesta al lado de la camilla, que a la vez recolectaba y desencriptaba la información extraída del hipocampo, convirtiéndola en señales de imagen que se archivaban en el disco rígido del ordenador. La primer sesión se hizo esperar mucho, tuvimos que conseguir un lugar donde dejar a hippos fuera de los ojos curiosos de los profesionales que no simpatizan con la falta de ética que podía suscitar este experimento, entonces pensé en las tierras de mis antepasados, quizás con un poco de dinero y manipulación podría lograr algo.
—Y lo consiguió.
—Sí, aunque no era el lugar en el que soñaba comenzar a estudiar a Ada, era lo que tenía. Finalmente cuando el día llegó, ella se recostó sobre la camilla y fue inducida a la hipnosis después de haber dilatado sus pupilas. Quince minutos más tarde comenzó una sesión que duraría más de dos horas, cuando salió de hippos se sentía fatigada y con náuseas, estaba muy débil. Y todos nos sorprendimos cuando vimos lo que la máquina había grabado en su memoria, es lo que usted va a ver ahora.
Y apuntó el control remoto hacia la pared.

1 comentarios:

Un ermitaño por excelencia 10 mar. 2015 17:26:00

Nuevamente me quedo atrapado y ansioso con esta historia, excelente Cristian, gran trabajo.

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