marzo 02, 2015 - , , 0 comentarios

Capítulo XXII: manzanas y naranjas.

La bella secretaria de Zardhan cruzó la puerta del despacho y dejó sobre el escritorio una carpeta color azul cuya tapa llevaba una etiqueta. Ada Limbert. Recordaba haber visto a una chica irse cuando yo apenas llegaba al consultorio, pero es de ese tipo de “vistas” en las que uno no presta atención, ni siquiera me fijé si era linda o si parecía tener alguna condición que la delatara. La secretaria preguntó si tomaríamos algo y pedí un café, prefería no servirme lo mismo que el doctor a esa hora. Confieso que hacía un largo rato escuchaba las palabras del doctor, pero no sabía hasta cuándo se prolongaría su introducción.
Mientras buscaba dentro de las hojas, comprobé que mi teléfono estaba encendido y abandonado. En esos dos escasos minutos, Rebecca cruzó por mis pensamientos, buscando respuestas a preguntas universales de mi historia pero manteniendo el poco profesionalismo que me quedaba disponible para este trabajo. Esta historia, de ser grande como me prometía mi interlocutor, pondría fin a tantos años de depresión y estancamiento laboral. No, Rebecca, ahora no tenía tiempo de pensar ni en ella ni en su tregua con gusto a reconciliación. Aunque algo de sexo, posiblemente, no me habría lastimado…
—Ada Limbert —leyó en voz alta—. 32 años, soltera. Escritora independiente, creo que alguna vez trabajó para un diario local, ha de ser la competencia de ustedes. Calculo. Infancia feliz, adolescencia traumática.
—La historia de todos, me imagino.
—Sufría de constantes ataques en la escuela, el desarrollo de su… sexualidad fue tardío, pero a pesar de eso pudo desenvolverse bien una vez que superó esa situación. Después comenzó con ataques de pánico y estuvo unos diez años de diván en diván, intentando encontrar la solución al problema que hasta el día de hoy la someten.

—Entonces ahora estamos hablando de ciencia y no de hechicería.
El comentario pareció molestarlo, pero lo disimuló bien. Pasó dos o tres hojas y se detuvo, mirándome ahora fijamente.
—Es necesario que entienda, señor Stavros, que no estamos mezclando manzanas y naranjas, todo forma parte de un mismo concepto, de una misma idea… de un mismo fin.
Pensaba que el fin era asustarme, pero también podría haber sido desorientarme.
—Bien, esta señorita Limbert…
—A la cual dejaremos en el anonimato —remarcó cortando el aire con su mano.
—A la que dejaremos en el anonimato… tuvo unos cuantos problemas de conducta y sufrió el ataque de sus compañeros de colegio, ¿cierto? Eso le dejo secuelas emocionales intensas que se vieron reflejadas en su comportamiento en su vida adulta. Afectando… ¿su vida laboral? ¿su vida cotidiana?
Clemente Zardhan frotó su barbilla, estaba pensativo e inquieto, aunque la sombra a sus espaldas había adoptado una posición que no me deja ver qué hacía, es como si mi vista se hubiese acostumbrado o si hubiera encontrado la manera de engañarme. Son entidades poderosamente habilidosas e inteligentes en ocasiones.
—Algo así —respondió al fin.
—¿Algo así? No me parece un término médico. Entonces, después de mucho tiempo sin encontrar callar sus remordimientos en un psicólogo, acude a usted con el fin de…
—Ahogar sus problemas en drogas. Esas fueron más o menos sus palabras, quería que le recetara lo más fuerte que tuviera a fin de adormecer todos esos recuerdos que la estaban torturando desde que se levantaba de la cama hasta que se acostaba. Fue paciente de uno de mis mejores pacientes, también amigo, y nos conocimos hace poco más de tres meses. Los problemas que tiene le había hecho adelgazar casi veinte kilos y estaba fatigada, por lo que pensé que las drogas era el último método que quería probar. Aunque no se lo dije en ese momento, tuve largas conversaciones con ella intentando convencerla de tomar una terapia alternativa. Debo recalcar aquí que yo también perseguía un afán personal y… quizás usted lo escriba de una horrible manera.
—¿Qué cosa? ¿El hecho de que quiso experimentar con ella?
—No quise —su sonrisa fue muy extraña—. Lo hice. Verá usted, el potencial oculto de los seres humanos es tan sorprendente y poderoso que incluso podría llegar a destruir a su propia especie. El problema que subyace dentro de la memoria de la señorita Lambert es inconsciente, es justamente lo que está debajo, eso que no podemos ver, lo que está consumiendo a mi paciente. Mis antecesores en el caso han intentado todas y cada una de las terapias existentes dentro de su campo. Sí, todas incluso esas que usted está pensando de manera dubitativa. Yo… yo perseguí mi superación personal, un reconocimiento, llámelo como usted quiera, pero también quise encontrar una solución al mal irreparable que esa chica se está haciendo a sí misma. Es como convivir con un enemigo constante, silencioso y sin piedad, nadie sabe realmente como funciona esa parte de nosotros. Así de impredecible.
—¿Tanto así?
—Los fantasmas que alberga nuestra mente son tantos que incluso “eso” que usted ve puede llegar a ser inofensivo al lado suyo. Es desesperante, causa desesperación la calma con la que se van comiendo nuestro interior. Despacio, de manera paciente, tejiendo una red en la que al final quedamos pegados. Hace seis años tuve un paciente parecido a Lambert, se llamaba Gerard o Gerardo, el nombre me es esquivo. El muchacho sufrió una infancia tormentosa, sus padres murieron victima del flagelo de las sustancias, fue dado en adopción tres veces y sus padres adoptivos resultaron explotadores, golpeadores y abusadores, después tuvo que llegar a la emancipación recluido en un reformatorio, donde recibió abusos de todo tipo. Es sabido que los abusos físicos y psíquicos en la niñez ocasionan la partición de la personalidad. Gerard había desarrollado una particular forma de esquizofrenia. Todas las semanas lo recibía con una nueva herida que su alter-ego le había infringido, según él, por odio a sí mismo. Un día, después de intentar todo tipo de solución, Gerard dejó de venir a sus sesiones regulares. A la semana, su curador me envió un cheque por los servicios ofrecidos y una carta de disculpas, su protegido se había rajado de la garganta de una manera brutal. No pude hacer nada por él.
La parsimonia con la que me había contado esa historia la hacía más creíble que espeluznante. No obstante, adoptó una postura mucho más dramática e inclinando su cabeza, agregó:
—Repito: quise encontrar una solución a lo que se está haciendo. Pero creo que he desatado el infierno en Cristófobos.

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