febrero 24, 2015 - , , 0 comentarios

Algo oxidado

Rèmy, un buen colega y amigo, me escribió hace un par de días para contarme qué es de su vida. Bueno, escribir lo que se dice escribir… En realidad me envió una postal del lugar en el que estaba vacacionando, así como quien no quiere la cosa, ¿vio? Y no tuve mejor oportunidad para abrirla que mientras esperaba el tren que me llevaba a los suburbios, de regreso a casa. La imagen era de una playa en las costa de Francia con vistas al Mediterráneo. El majestuoso Mar Mediterráneo que a lo largo de su vida ha tenido tantos nombres como el mismo Rèmy o yo. El motivo de su distensión a orillas era porque su protegido, un político de alta alcurnia (que, dicho sea de paso, estaba casado con una cantante mediocre), había elegido ese destino para sus vacaciones.
Al principio no entendí el propósito de la postal de mi amigo, ¿era para echarme en cara que él podía disfrutar de las vacaciones que yo no podía? ¿Era con la intención de mostrarme que las no tan conocidas playas de Francia también existían en el mundo? Sinceramente no sabía de lo que quería contarme hasta que encontré el meollo del asunto a unas pocas líneas de empezada la lectura. Rèmy y yo, junto con otro tipo que no viene al caso en este momento, fuimos los primeros en ser protectores hace tantos y tantos miles de años atrás. Al principio se nos concedió la gracia de ser centauros, puesto que debíamos experimentar la naturaleza animal y humana al mismo tiempo, por eso vivimos tan poco tiempo y nuestro paso por la Tierra en forma carnal fue tan esporádico que hasta se convirtió en un mito. Los tres fuimos amigos inseparables en ese tiempo, hasta que se nos ascendió a protectores. El tercer vértice en este triángulo amistoso desapareció poco después, cuando se enredó peligrosamente con un ser de baja calaña del cual se enamoró y se fugaron de las autoridades que nos comandan. Se rumorea que su semilla anda por ahí creando revuelo. A nosotros nos dieron la exclusiva tarea de proteger a los líderes del mundo, ni más ni menos. Éramos los protectores de ciertos políticos y personas reconocidas del mundo. Desde entonces nuestros caminos se separaron y nos dedicamos a nuestros arduos y eternos trabajos, nos escribimos frecuentemente, pero nuestra relación se ha ido deteriorando con el paso de los años y porque, en muchas ocasiones, hemos tenido encontronazos debido a que este trabajo en particular es como oficiar de abogado defensor sin pleno consentimiento de su cliente.
No voy a andar hablando de personas y personajes que han pasado por mi protectorado, porque sería violar el derecho a confidencialidad que nos conceden por ser seres superiores, pero en todos estos siglos de trabajo (mal remunerado por cierto) no me he cruzado tantas veces en mi camino con otros adversarios como lo hice con mi propio amigo. Es casi anecdótico. Y no es por pecar de envidioso, pero a él siempre lo favorecieron las grandes corporaciones, las sectas prometedoras, las hermandades y sociedades secretas incluso se peleaban por conseguir su favor. Algunos habían conseguido solicitarlo, salteándose el requisito de ser asignado automáticamente. La fama y el poder que había adquirido le daban confianza para poder tomarse unas “vacaciones” y mofarse de ello mandándome una postal. Pensar que lo encontraron debajo de un derruido puente, como un elemental asustando a los pobres niños que intentaban cruzar el río.
¿Qué me decía en la postal? Era algo así como… “Te mando una imagen de las increíbles playas en las que estoy vacacionando con la esperanza que abras tus ojos y prestes más atención en tu trabajo, para poder disfrutar de cosas como estas el día de mañana”. Primero, ¿Increíbles playas? En los años de vida que tengo escuché a alguien hablar de lo increíbles que son las playas de Francia. Si por lo menos me nombrara Ecuador o Brasil, pero… ¿Francia? ¿En serio? Segundo, me aconseja “abrir los ojos”. Desde mis inicios como protector he tenido los ojos bien abiertos, estuve atento a casi la mayoría de los casos que se me han presentado. Quizás no haya tenido mis mejores momentos, pero he protegido a los mejores y a algunos de los más grandes de la Historia de la Humanidad. Mientras Rèmy protegía a talentos fugaces como Alejandro, Bruto o el Príncipe Henry, a mi me tocaban los peces gordos, por no decir los más grandes. Seguramente no haya tenido los más atinados aciertos y posiblemente haya cometido algunos errores con Julio César en marzo, con el tal Napoleón o cuando quise ver qué decidían los Estados Unidos y dejé cinco minutos solo a Adolf. ¡No fue culpa mía! Creo que si ellos fueron creados para tener libre albedrío, ¿para qué nos ponen a protegerlos y vigilarlos? Pero a Rèmy siempre le gustó mofarse donde fracasé, no sé por qué. Probablemente siempre deseó tener aquellos protegidos que, por selección natural, me tocaron a mí.
De todas maneras estoy pensando en retirarme, creo que el último incidente con el presidente de cierto país del norte de América me ha dejado un mal sabor de boca, ni hablar que las palabras de mi viejo colega seguramente se estaba refiriendo a eso. Pero, ¿no puedo voltear a pedir un helado en medio de un desfile sin que la persona a la que protejo le vuelen la cabeza de un tiro? ¡Por favor, necesito un respiro! Es una jungla ahí afuera, no he sido creado con la suerte de poder disfrutar de las playas de Francia. Sin embargo, siento que debo proteger a esa familia que va a quedar a merced de la vida, no lo sé. Simplemente podría romper en pedazos esta postal o redactar una nota no tan formal que diga: “Querido y bienintencionado Rèmy, me he tomado unos minutos para contestar tu postal (no sé si eso se usa, pero en fin) a los fines de informarte tres cosas. La primera es que tu protegido no es un político, es un mafioso (es decir, estas sirviendo a lo que en el gremio se llama “el mal”). Segundo, la mujer de tu protegido no es precisamente una mujer. Y tercero, de vital importancia para mí es comunicarte que sencillamente me importa un carajo cuales son tus esperanzas o si esperas que yo disfrute algo. Espero que sigas bien y que no me vuelvas a escribir más. Saludos”.
Tengo demasiados años y ocupaciones como para andar perdiendo el tiempo con este tipo de gente. ¿Oxidado? ¡Ja!

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