enero 12, 2015 - , 7 comentarios

Crónica de una muerte estúpida

Martín tenía las manos entrelazadas, enredadas, como si estuviera acariciando una maraña de sensaciones. Esas manos frías y rasposas con las que trabajaba todos los santos días de su vida para traer un plato de comida a casa. Estaba sentado en un rincón de la sala, mientras los oficiales de policía y profesionales en reconocimiento forense se paseaban por sus recuerdos caseros. La mirada perdida en un punto fijo del parquet: madera oscura y casi levantada, mientras los hombres iban y venían sin notar su presencia, ponían papelitos amarillos con números por todos lados… sangre, vidrios rotos y granos de arroz desperdigados por doquier. Él solamente veía el cuerpo de una mujer que yacía sin vida en el piso de la cocina, con su amplia cabellera castaña que ahora se asemejaba a los tentáculos de un pulpo.
—Yo la maté —repetía él, mirando el suelo—. Yo no estaba acá, pero yo la maté.
El inspector se acercó a consolarlo, pero solamente encontró una negativa. No había lógica en ese hombre.
—Esto fue un accidente, señor.
—No, no. Yo la maté. ¡Me declaro culpable! —gritó a los peritos que apenas se voltearon a mirarlo.
El inspector le acercó un vaso de agua para que se calmara, aunque no entendió muy bien por qué eso lo consolaría: estaba atravesando por un momento traumático, no tenía sed. Le pidió que respire profundamente e intentara calmarse.
—Señor, esto fue un accidente. No se trata de un homicidio.
—Yo la maté, ¿no entiende? Soy culpable. Esto fue un homicidio culposo premeditado… con una semana de anticipación. O dos.
—¿Qué? —el policía miró a sus compañeros, y volvió su mirada a Martín cuando uno de ellos intentó reírse de la pobre posición de ese hombre— ¿Es usted abogado?
—No.
—Entonces, ¿cómo sabe que esto fue un… bueno, todo eso que dijo?
Martín desenredó sus manos y se puso de pie. Mantuvo las manos a los costados de su cuerpo mientras miraba el de su mujer ya sin vida, abstraído de ese desastre de comida y sangre que había en la cocina. Ella siempre había sido desordenada.
—¿Ve esa taza que está rota en el suelo?
—Sí.
—Esa taza tenía un cuarto de arroz que yo saqué del paquete para rellenar algo que iba a ser un souvenir, fue un ensayo. Eso fue hace como dos semanas o menos… yo me olvidé de volver a ponerlo adentro de la caja y quedó ahí, en la alacena. Seguramente ella fue a buscar la taza, su taza preferida y —sin saber que estaba llena— se tiró el arroz encima, se asustó, patinó y cayó para atrás, pegándose la cabeza contra el borde de mármol. Yo dejé ahí el cuerpo del delito, yo soy un asesino.
—Pero, señor. Usted…
—¡No, no se hable más! Póngame las esposas, oficial.

Después de unos minutos, el inspector esposó al hombre que había llamado al 911 para denunciar la muerte de su esposa y en cuyo domicilio lo único que se encontró fueron pedazos rotos de una taza blanca, arroz esparcido y grandes manchas de salsa de tomate que se había caído de una alacena desvencijada.

7 comentarios:

Sònia A.I. 12 ene. 2015 10:08:00

Es curioso como cada individuo, tiende a culparse de lo etéreo... Hay mil formas distintas de morir, a cual más absurda, nos haríamos responsables de todas aquéllas que solo sean morales por descuido u omisión.
Sin embargo, las causadas por enfados, afrentas o las más comunes, las pasionales, siempre las negaremos, incluso teniendo todas las pruebas en contra.
El ser humano es ambiguo por naturaleza.
Me gusta el relato, es sencillo situarse.

Cristian German 12 ene. 2015 10:29:00

Muchas gracias por tu comentario, Sonia. Un saludo.

Daniel García 12 ene. 2015 10:30:00

Brillante estilo descriptivo. Me encanta cómo manejas la trama.

Cristian German 12 ene. 2015 10:49:00

Muchas gracias, Daniel. Me alegra que te haya gustado. Un saludo!

Enoc Aguirre 13 ene. 2015 12:17:00

Muy bueno !!

Enoc Aguirre 13 ene. 2015 12:17:00

Muy interesante !! Buena

Cristian German 14 ene. 2015 7:46:00

Muchas gracias, Enoc. Un saludo!!

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