enero 30, 2015 - , 0 comentarios

Capítulo XX: el misterio.

Si he de ser sincero, lo que me había dicho el doctor me dejaba más que sorprendido:
—¿Cómo? ¿Esa chica que acaba de salir de su consultorio?
—Exactamente. ¿Qué es lo que le parece tan extraño?
No esperaba que me contestara eso. ¿Dónde habían quedado las especulaciones de un fallo masivo en el sistema eléctrico? Con todas las cosas que habían pasado en el medio, me había olvidado que la razón central de todo el lío en el que estaba metido era el gran apagón de Cristófobos. Sentí que en una fracción de segundos había sido empujado a la distracción, que lamentablemente me había olvidado de mis objetivos para inmiscuirme en la vida y biografía de familias que habían dejado de existir, me había dedicado a una búsqueda que no sé si terminaba en mí, en mi familia, en la del doctor Zardhan o en la de todo el continente de Læntheria.
—No. Es que yo…
—Usted, señor Stavros, como el resto de los seres humanos, desconfían del potencial del cerebro. Eso es lo que le parece extraño. Aunque usted por lo menos entiende algo de lo mucho que abarca ese potencial. ¿No es así? Usted puede “ver” cosas que los demás no pueden.
La sombra detrás de él, ese ser ahumado que lo acompañaba, comenzó a danzar, como si pusiera a prueba mi paciencia. No tenía ninguna duda ya que el doctor Zardhan estaba metido en alguna religión extraña o jugaba con seres interdimensionales, quizás su linaje se remontaba también a los Nigromantes de las eras oscuras que existieron antes que llegara la luz al planeta, pero no podía estar seguro.
—Sí —respondí temerosamente—. Podría decirse que sí.
—Entonces no tendrá miedo en responderme lo siguiente: ¿cree usted en la magia?
Asentí levemente con la cabeza, intentando mostrarme escéptico cuando ni siquiera jugaba a ser un buen actor.
—Y dígame —agregó—, ¿no considera usted que en algún punto muchos pueden interpretar a la ciencia como magia?
—En efecto, doctor. Es lo que muchas personas usan para intentar convencer a las mentes inferiores que los beneficios de la ciencia están al alcance de todos.
—Excelente. Usted sabrá entender, por consiguiente, si le digo que es al revés. La ciencia solamente es un nombre que identifica a la magia, es solamente una etiqueta que supieron darle en el pasado a la magia para detener tantas matanzas de parte de aquellos que consideraban a estas prácticas una herejía.
Creo que en ese momento sacudí la cabeza en señal de no entender de qué me estaba hablando. Se quedó unos momentos en silencio hasta que mi mente ordenó las ideas y supe entender de qué me estaba hablando. Era algo tan sencillo de entender como retorcido, ¿con qué fin los magos arcaicos usarían esa excusa para detener sus prácticas? Era evidente que no todos los hombres de ciencia eran Nigromantes, pero Zardhan sin duda alguna sabía de sus manejos y de su historia.
Un extraño brillo cruzó por sus pupilas.
—Nigromante.

—Moderno —aclaró—, no vaya a creer que me pierdo en los bosques recogiendo hierbas y restos animales o levantando cadáveres de las necrópolis. No. Sin embargo, los dones que me han sido conferidos por mis actividades y mi rango sanguíneo hacen que mi perfil sea el de una persona sofisticada.
—No entiendo por qué me está contando todo esto, doctor. No creo que seamos lo suficientemente íntimos como para que…
—Lo sé, señor Stavros. Usted quería una historia. Y es lo que le voy a dar, creo que usted se lo merece.
¿Se estaba mofando de mí? Era muy grande para ponerse en ese plan. No obstante, estar frente a un Nigromante “moderno” ya era bastante historia para el Pasquín. Estaba completamente seguro que Zardhan sabía de mis historias, de la Isla y posiblemente hiciera todo lo posible para desaparecer después de contarme todo lo que sabía para no dar crédito a cualquier charada que me contara.
—Usted parece ser un hombre serio, doctor. ¿Qué tiene para ofrecerme que me deje sentado en este lugar un buen rato?
Zardhan sonrió, mostrando una blanca hilera de perfectos dientes. La sombra detrás de él pareció engrandecerse con solo un movimiento de su marioneta. Fue una de las pocas veces que se me puso la piel de gallina por un largo rato.

—Creo que es hora de que le hable de mi campo de investigación antes de mostrarle el material revelador, pero lo voy a hacer a modo de introducción y para entender lo que vendrá después. La ciencia noética, a la cual le he dedicado mi vida como a una amante furtiva, ha crecido gracias a mis aportes. A tal punto, que soy el último gran exponente vivo que queda. Los demás la llamaban “la ciencia del misterio”. 

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