enero 31, 2015 - , 1 comentarios

"historia de los dos que soñaron" de Gustavo Weil

Cuentan los hombres dignos de fe (pero sólo Alá es omnisciente y poderoso y misericordioso y no duerme) que hubo en El Cairo un hombre poseedor de riquezas, pero tan magnánimo y liberal que todas las perdió, menos la casa de su padre, y que se vio forzado a trabajar para ganarse el pan. Trabajó tanto que el sueño lo rindió debajo de una higuera de su jardín y vio en el sueño a un desconocido que le dijo:
-Tu fortuna está en Persia, en Isfaján; vete a buscarla.
A la madrugada siguiente se despertó y emprendió el largo viaje y afrontó los peligros de los desiertos, de los idólatras, de los ríos, de las fieras y de los hombres. Llegó al fin a Isfaján, pero en el recinto de esa ciudad lo sorprendió la noche y se tendió a dormir en el patio de una mezquita. Había, junto a la mezquita, una casa y por el decreto de Dios Todopoderoso una pandilla de ladrones atravesó la mezquita y se metió en la casa, y las personas que dormían se despertaron y pidieron socorro. Los vecinos también gritaron, hasta que el capitán de los serenos de aquel distrito acudió con sus hombres y los bandoleros huyeron por la azotea. El capitán hizo registrar la mezquita y en ella dieron con el hombre de El Cairo y lo llevaron a la cárcel. El juez lo hizo comparecer y le dijo:
-¿Quién eres y cuál es tu patria?
El hombre declaró:
-Soy de la ciudad famosa de El Cairo y mi nombre es Yacub El Magrebí.
El juez le preguntó:
-¿Qué te trajo a Persia?
El hombre optó por la verdad y le dijo:
-Un hombre me ordenó en un sueño que viniera a Isfaján, porque ahí estaba mi fortuna. Ya estoy en Isfaján y veo que la fortuna que me prometió ha de ser esta cárcel.
El juez echó a reír.
-Hombre desatinado -le dijo-, tres veces he soñado con una casa en la ciudad de El Cairo, en cuyo fondo hay un jardín. Y en el jardín un reloj de sol y después del reloj de sol, una higuera, y bajo la higuera un tesoro. No he dado el menor crédito a esa mentira. Tú, sin embargo, has errado de ciudad en ciudad, bajo la sola fe de tu sueño. Que no vuelva a verte en Isfaján. Toma estas monedas y vete.
El hombre las tomó y regresó a la patria. Debajo de la higuera de su casa (que era la del sueño del juez) desenterró el tesoro. Así Dios le dio bendición y lo recompensó y exaltó. Dios es el Generoso, el Oculto.
enero 30, 2015 - , 0 comentarios

Capítulo XX: el misterio.

Si he de ser sincero, lo que me había dicho el doctor me dejaba más que sorprendido:
—¿Cómo? ¿Esa chica que acaba de salir de su consultorio?
—Exactamente. ¿Qué es lo que le parece tan extraño?
No esperaba que me contestara eso. ¿Dónde habían quedado las especulaciones de un fallo masivo en el sistema eléctrico? Con todas las cosas que habían pasado en el medio, me había olvidado que la razón central de todo el lío en el que estaba metido era el gran apagón de Cristófobos. Sentí que en una fracción de segundos había sido empujado a la distracción, que lamentablemente me había olvidado de mis objetivos para inmiscuirme en la vida y biografía de familias que habían dejado de existir, me había dedicado a una búsqueda que no sé si terminaba en mí, en mi familia, en la del doctor Zardhan o en la de todo el continente de Læntheria.
—No. Es que yo…
—Usted, señor Stavros, como el resto de los seres humanos, desconfían del potencial del cerebro. Eso es lo que le parece extraño. Aunque usted por lo menos entiende algo de lo mucho que abarca ese potencial. ¿No es así? Usted puede “ver” cosas que los demás no pueden.
La sombra detrás de él, ese ser ahumado que lo acompañaba, comenzó a danzar, como si pusiera a prueba mi paciencia. No tenía ninguna duda ya que el doctor Zardhan estaba metido en alguna religión extraña o jugaba con seres interdimensionales, quizás su linaje se remontaba también a los Nigromantes de las eras oscuras que existieron antes que llegara la luz al planeta, pero no podía estar seguro.
—Sí —respondí temerosamente—. Podría decirse que sí.
—Entonces no tendrá miedo en responderme lo siguiente: ¿cree usted en la magia?
Asentí levemente con la cabeza, intentando mostrarme escéptico cuando ni siquiera jugaba a ser un buen actor.
—Y dígame —agregó—, ¿no considera usted que en algún punto muchos pueden interpretar a la ciencia como magia?
—En efecto, doctor. Es lo que muchas personas usan para intentar convencer a las mentes inferiores que los beneficios de la ciencia están al alcance de todos.
—Excelente. Usted sabrá entender, por consiguiente, si le digo que es al revés. La ciencia solamente es un nombre que identifica a la magia, es solamente una etiqueta que supieron darle en el pasado a la magia para detener tantas matanzas de parte de aquellos que consideraban a estas prácticas una herejía.
Creo que en ese momento sacudí la cabeza en señal de no entender de qué me estaba hablando. Se quedó unos momentos en silencio hasta que mi mente ordenó las ideas y supe entender de qué me estaba hablando. Era algo tan sencillo de entender como retorcido, ¿con qué fin los magos arcaicos usarían esa excusa para detener sus prácticas? Era evidente que no todos los hombres de ciencia eran Nigromantes, pero Zardhan sin duda alguna sabía de sus manejos y de su historia.
Un extraño brillo cruzó por sus pupilas.
—Nigromante.

—Moderno —aclaró—, no vaya a creer que me pierdo en los bosques recogiendo hierbas y restos animales o levantando cadáveres de las necrópolis. No. Sin embargo, los dones que me han sido conferidos por mis actividades y mi rango sanguíneo hacen que mi perfil sea el de una persona sofisticada.
—No entiendo por qué me está contando todo esto, doctor. No creo que seamos lo suficientemente íntimos como para que…
—Lo sé, señor Stavros. Usted quería una historia. Y es lo que le voy a dar, creo que usted se lo merece.
¿Se estaba mofando de mí? Era muy grande para ponerse en ese plan. No obstante, estar frente a un Nigromante “moderno” ya era bastante historia para el Pasquín. Estaba completamente seguro que Zardhan sabía de mis historias, de la Isla y posiblemente hiciera todo lo posible para desaparecer después de contarme todo lo que sabía para no dar crédito a cualquier charada que me contara.
—Usted parece ser un hombre serio, doctor. ¿Qué tiene para ofrecerme que me deje sentado en este lugar un buen rato?
Zardhan sonrió, mostrando una blanca hilera de perfectos dientes. La sombra detrás de él pareció engrandecerse con solo un movimiento de su marioneta. Fue una de las pocas veces que se me puso la piel de gallina por un largo rato.

—Creo que es hora de que le hable de mi campo de investigación antes de mostrarle el material revelador, pero lo voy a hacer a modo de introducción y para entender lo que vendrá después. La ciencia noética, a la cual le he dedicado mi vida como a una amante furtiva, ha crecido gracias a mis aportes. A tal punto, que soy el último gran exponente vivo que queda. Los demás la llamaban “la ciencia del misterio”. 
enero 28, 2015 - , 0 comentarios

"Amenazas" de William Ospina

-Te devoraré -dijo la pantera.
-Peor para ti -dijo la espada.
enero 24, 2015 - , 0 comentarios

"Literatura" de Julio Torri

El novelista, en mangas de camisa, metió en la máquina de escribir una hoja de papel, la numeró, y se dispuso a relatar un abordaje de piratas. No conocía el mar y sin embargo iba a pintar los mares del sur, turbulentos y misteriosos; no había tratado en su vida más que a empleados sin prestigio romántico y a vecinos pacíficos y oscuros, pero tenía que decir ahora cómo son los piratas; oía gorjear a los jilgueros de su mujer, y poblaba en esos instantes de albatros y grandes aves marinas los cielos sombríos y empavorecedores.
La lucha que sostenía con editores rapaces y con un público indiferente se le antojó el abordaje; la miseria que amenazaba su hogar, el mar bravío. Y al describir las olas en que se mecían cadáveres y mástiles rotos, el mísero escritor pensó en su vida sin triunfo, gobernada por fuerzas sordas y fatales, y a pesar de todo fascinante, mágica, sobrenatural.
enero 21, 2015 - , 0 comentarios

"Este tipo es una mina" de Luisa Valenzuela

No sabemos si fue a causa de su corazón de oro, de su salud de hierro, de su temple de acero o de sus cabellos de plata. El hecho es que finalmente lo expropió el gobierno y lo está explotando. Como a todos nosotros.
enero 17, 2015 - , 0 comentarios

"Historia de zorros" de Niu Chiao

Wang vio dos zorros parados en las patas traseras y apoyados contra un árbol. Uno de ellos tenía una hoja de papel en la mano y se reían como compartiendo una broma.
Trató de espantarlos, pero se mantuvieron firmes y él disparó contra el del papel; lo hirió en el ojo y se llevó el papel. En la posada, refirió su aventura a los otros huéspedes. Mientras estaba hablando, entró un señor que tenía un ojo lastimado. Escuchó con interés el cuento de Wang y pidió que le mostraran el papel. Wang ya iba a mostrárselo, cuando el posadero notó que el recién venido tenía cola.
-¡Es un zorro! -exclamó, y en el acto el señor se convirtió en un zorro y huyó.
Los zorros intentaron repetidas veces recuperar el papel, que estaba cubierto de caracteres ininteligibles; pero fracasaron. Wang resolvió volver a su casa. En el camino se encontró con toda su familia, que se dirigía a la capital. Declararon que él les había ordenado ese viaje, y su madre le mostró la carta en que le pedía que vendiera todas las propiedades y se juntara con él en la capital. Wang examinó la carta y vio que era una hoja en blanco. Aunque ya no tenían techo que los cobijara, Wang ordenó:
-Regresemos.
Un día apareció un hermano menor que todos habían tenido por muerto. Preguntó por las desgracias de la familia y Wang le refirió toda la historia.
-Ah -dijo el hermano, cuando Wang llegó a su aventura con los zorros- ahí está la raíz de todo el mal.
Wang mostró el documento. Arrancándoselo, su hermano lo guardó con apuro.
-Al fin he recobrado lo que buscaba -exclamó y, convirtiéndose en zorro, se fue.
enero 14, 2015 - , 0 comentarios

"Padre nuestro que estás en el cielo" de José Leandro Urbina

Mientras el sargento interrogaba a su madre y su hermana, el capitán se llevó al niño, de una mano, a la otra pieza...
- ¿Dónde está tu padre? -preguntó.
- Está en el cielo -susurró él.
- ¿Cómo? ¿Ha muerto? -preguntó asombrado el capitán.
-No -dijo el niño-. Todas las noches baja del cielo a comer con nosotros. El capitán alzó la vista y descubrió la puertecilla que daba al entretecho.
enero 12, 2015 - , 7 comentarios

Crónica de una muerte estúpida

Martín tenía las manos entrelazadas, enredadas, como si estuviera acariciando una maraña de sensaciones. Esas manos frías y rasposas con las que trabajaba todos los santos días de su vida para traer un plato de comida a casa. Estaba sentado en un rincón de la sala, mientras los oficiales de policía y profesionales en reconocimiento forense se paseaban por sus recuerdos caseros. La mirada perdida en un punto fijo del parquet: madera oscura y casi levantada, mientras los hombres iban y venían sin notar su presencia, ponían papelitos amarillos con números por todos lados… sangre, vidrios rotos y granos de arroz desperdigados por doquier. Él solamente veía el cuerpo de una mujer que yacía sin vida en el piso de la cocina, con su amplia cabellera castaña que ahora se asemejaba a los tentáculos de un pulpo.
—Yo la maté —repetía él, mirando el suelo—. Yo no estaba acá, pero yo la maté.
El inspector se acercó a consolarlo, pero solamente encontró una negativa. No había lógica en ese hombre.
—Esto fue un accidente, señor.
—No, no. Yo la maté. ¡Me declaro culpable! —gritó a los peritos que apenas se voltearon a mirarlo.
El inspector le acercó un vaso de agua para que se calmara, aunque no entendió muy bien por qué eso lo consolaría: estaba atravesando por un momento traumático, no tenía sed. Le pidió que respire profundamente e intentara calmarse.
—Señor, esto fue un accidente. No se trata de un homicidio.
—Yo la maté, ¿no entiende? Soy culpable. Esto fue un homicidio culposo premeditado… con una semana de anticipación. O dos.
—¿Qué? —el policía miró a sus compañeros, y volvió su mirada a Martín cuando uno de ellos intentó reírse de la pobre posición de ese hombre— ¿Es usted abogado?
—No.
—Entonces, ¿cómo sabe que esto fue un… bueno, todo eso que dijo?
Martín desenredó sus manos y se puso de pie. Mantuvo las manos a los costados de su cuerpo mientras miraba el de su mujer ya sin vida, abstraído de ese desastre de comida y sangre que había en la cocina. Ella siempre había sido desordenada.
—¿Ve esa taza que está rota en el suelo?
—Sí.
—Esa taza tenía un cuarto de arroz que yo saqué del paquete para rellenar algo que iba a ser un souvenir, fue un ensayo. Eso fue hace como dos semanas o menos… yo me olvidé de volver a ponerlo adentro de la caja y quedó ahí, en la alacena. Seguramente ella fue a buscar la taza, su taza preferida y —sin saber que estaba llena— se tiró el arroz encima, se asustó, patinó y cayó para atrás, pegándose la cabeza contra el borde de mármol. Yo dejé ahí el cuerpo del delito, yo soy un asesino.
—Pero, señor. Usted…
—¡No, no se hable más! Póngame las esposas, oficial.

Después de unos minutos, el inspector esposó al hombre que había llamado al 911 para denunciar la muerte de su esposa y en cuyo domicilio lo único que se encontró fueron pedazos rotos de una taza blanca, arroz esparcido y grandes manchas de salsa de tomate que se había caído de una alacena desvencijada.
enero 10, 2015 - , 0 comentarios

"Veintisiete" de Giorgio Manganelli

Un señor que poseía un caballo de excepcional elegancia, una mansión fortificada, tres criados y una viña, creyó entender, por la manera como se habían dispuesto los cirros en torno al sol, que debía abandonar Cornualles, en donde siempre había vivido, y dirigirse a Roma, en donde, suponía, tendría ocasión de hablar con el emperador. No era un mitómano ni un aventurero, pero aquellos cirros le hacían pensar. No empleó más de tres días en los preparativos, escribió una vaga carta a su hermana, otra todavía más vaga a una mujer que, por puro ocio, había pensado en pedir por esposa, ofreció un sacrificio a los dioses y partió, una mañana fría y despejada. Atravesó el canal que separa la Galia de Cornualles y no tardó en encontrarse en una zona llena de bosques, sin ningún camino; el cielo estaba agitado y él con frecuencia buscaba abrigo, con su caballo, en grutas que no mostraban rastros de presencia humana. El día decimosegundo encontró en un vado un esqueleto de hombre, con una flecha entre las costillas: cuando lo tocó, se pulverizó, y la flecha rodó entre los guijarros con un tintineo metálico. Al cabo de un mes encontró una miserable aldea, habitada por aldeanos cuya lengua no entendía. Le pareció que le prevenían de alguna cosa. Tres días después encontró un gigante, de rostro obtuso y tres ojos. Le salvó el velocísimo caballo y permaneció oculto durante una semana en una selva en la que no penetraría jamás ningún gigante. Al segundo mes cruzó un país de poblados elegantes, ciudades llenas de gente, ruidosos mercados; encontró hombres de su misma tierra, supo que una secreta tristeza arruinaba aquella región, corroída por una lenta pestilencia. Cruzó los Alpes, comió lasagna en Mutina y bebió vino espumoso. A mediados del tercer mes llegó a Roma. Le pareció admirable, sin saber cuánto había decaído los últimos diez años. Se hablaba de peste, de envenenamientos, de emperadores viles o feroces, cuando no ambas cosas a un tiempo. Puesto que había llegado a Roma, intentó vivir allí al menos un año; enseñaba el córnico, practicaba esgrima, hacía dibujos exóticos para uso de los picapedreros imperiales. En la arena mató un toro y fue observado por un oficial de la corte. Un día encontró al emperador que, confundiéndolo con otro, lo miró con odio. Tres días después el emperador fue despedazado y el gentilhombre de Cornualles aclamado emperador. Pero no era feliz. Siempre se preguntaba qué habían querido decirle aquellos cirros. ¿Los había entendido mal? Estaba meditabundo y atormentado; se tranquilizó el día en que el oficial de la corte apuntó la espada contra su garganta.


enero 07, 2015 - , 0 comentarios

"La manzana" de Ana María Shua

La flecha disparada por la ballesta precisa de Guillermo Tell parte en dos la manzana que está a punto de caer sobre la cabeza de Newton. Eva toma una mitad y le ofrece la otra a su consorte para regocijo de la serpiente. Es así como nunca llega a formularse la ley de gravedad.
enero 03, 2015 - , 2 comentarios

"Las gafas" de Matías García Megías

Tengo gafas para ver verdades. Como no tengo costumbre no las uso nunca.
Sólo una vez...
Mi mujer dormía a mi lado.
Puestas las gafas, la miré.
La calavera del esqueleto que yacía debajo de las sabanas roncaba a mi lado, junto a mí.
El hueso redondo sobre la almohada tenía los cabellos de mi mujer, con los rulos de mi mujer.
Los dientes descarnados que mordían el aire a cada ronquido, tenían la prótesis de platino de mi mujer.
Acaricié los cabellos y palpé el hueso procurando no entrar en las cuencas de los ojos: no cabía duda, aquello era mi mujer.
Dejé las gafas, me levanté, y estuve paseando hasta que el sueño me rindió y me volvió a la cama.
Desde entonces, pienso mucho en las cosas de la vida y de la muerte.
Amo a mi mujer, pero si fuera más joven me metería a monje.
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