diciembre 08, 2014 - , 0 comentarios

Capítulo XVIII: los dones concedidos

El doctor Clemente Zardhan salió de su consultorio y de inmediato inundó el ambiente de perfume caro y una densidad energética que no sentía desde mis primeras incursiones hacia el astral. Digo su consultorio porque también había algunos cuartos destinados a sus más prominentes alumnos de la facultad, los cuales cumplían una suerte de pasantía.
Zardhan era la viva descripción que había hecho Jilly del hombre que había ido a alquilar su sótano. Hubiese jurado que una sombra oscura se movió detrás de él cuando abrió la puerta. El doctor clavó sus ojos en mí, esbozó una sonrisa amable y me hizo pasar mientras una mujer, supongo que era su paciente, se acercaba cabizbaja a hablar con la secretaria. La pobre mujer seguramente iba por su próximo turno, de los cientos que le restaban para su “sanación” o, quizás, necesitaría conseguir más fármacos para calmar su atribulada imaginación.

—Clemente Zardhan —estrechó mi mano mientras me sacaba de un montón de ideas contra su profesión—. Encantado.
—Janus Stavros —devolví el saludo—. Le agradezco su invitación. Solamente le robaré unos minutos de su tiempo…
—No, no. Suspendí el resto de mis consultas para atenderlo a usted, así que por favor, pase.
El amplio despacho estaba equipado con un diván, un cómodo sillón desde donde atendía a sus pacientes, una vasta biblioteca encerrando en círculo la habitación, solamente interrumpida por la puerta de entrada y un ventanal enorme en el lado opuesto. Los libros tenían colores diversos, pero no resaltaba ninguno: estaban perfectamente dispuestos para crear esa imagen visual. Por lo pronto, Clemente Zardhan (o simplemente la impresión que daba su estudio) parecía ser un hombre metódico y aburrido, un poco obsesionado con el orden y lo estético. En cuanto a su aspecto físico, podría haber jurado que hizo ejercicio toda su vida, toda vez que pensé que encontraría un hombre de prominente papada, sus rasgos burgueses y finos me demostraron que a veces la mente crea un preconcepto de las personas que es difícil de superar cuando los ojos descubren la verdad.
—¿Le sirvo algo? —me preguntó mientras se dirigía al minibar ubicado cerca de la ventana.
—Un vaso de agua estaría bien.
Zardhan rió con la nariz. El ronquido me hizo pensar si sabía de mi condición de asmático y me estaba haciendo burla o tal vez él lo era.
—Yo prefiero tomar algo más… espirituoso. ¿Le molesta?
—Para nada, doctor —no dejé nunca el protocolo—. Me gustaría mantenerme enfocado en nuestra conversación, quizás usted pueda tomarse esas licencias ya que no se desconcentrara de su propia historia.
—Así es —tapó la botella de vidrio y me alcanzó el vaso con agua fría mientras él depositaba el suyo sobre el escritorio frente al cual me había sentado. Bebió un trago y sonrió, sus dientes eran blancos y perfectos.

Nos quedamos un momento en silencio mientras buscaba mi bloc de notas con preguntas sobre su vínculo con el apagón que había sufrido la ciudad. Las primeras eran relacionadas con su trayectoria y, obviamente, eran pocas. La capa grisácea que rodeaba al doctor se hizo más perceptible ahora que estaba quieto, observándome con sus ojos negros apagados y sin brillo, fríos. ¿Cómo podía una persona con esa capacidad de invasión entender o serle simpático a los pensamientos de una persona —solamente por poner un  ejemplo— abatida por los fantasmas de su niñez? Quizás en eso mismo residía todo el asunto.
—Antes de comenzar —me sorprendió revisando mis notas—, ¿puedo preguntarle algo?
—Por supuesto.
—Encontró la relación de mi apellido con los Van Dynam, quizás por casualidad o por ingenio. Dudo de la existencia de las casualidades, asique dígame… ¿de quién heredó ese don tan maravilloso de la deducción? Es algo que está reservado en muchos casos a los detectives de policía, aunque por estos tiempos no se ven muchos. Por favor, ilumíneme.
—Bueno, no sé si lo llamaría “don” —dije acomodándome en la silla—. Digamos que es más bien una facilidad que tiene mi mente o posiblemente sean cosas que uno arrastra por generaciones. Si usted me pregunta qué parte de la genética favoreció eso, no tengo una respuesta certera, aunque apostaría a que lo heredé de mi padre. Dudo que mi madre sea buena en algo.
Clemente Zardhan me brindó una sonrisa cómplice, quizás algo entendía de eso de lo que hablaba, aunque no supe si por experiencia propia o porque casi todos sus pacientes venían con el mismo problema. La presencia detrás de él no dejaba de prestarme atención y yo intentaba no bajar la guardia. Los propósitos de aquel hombre eran tan desconocidos como incomprensibles.
—No estoy acostumbrado a recibir periodistas, señor Stavros. Por lo general me pongo muy nervioso y quizás un poco de familiaridad fuera de los registros me vendría un poco bien para desenvolverme mejor. ¿Podría contarme sobre su padre? Al fin y al cabo, los dos estaríamos hablando de lo mismo. De nuestra familia.
Dudé unos instantes, las expresiones de Zardhan no parecían demostrarme que era un tipo malvado, pero esa presencia que lo estaba envolviendo no era de fiar. Quizás le contara para entrar en confianza pero sin dejar que mis debilidades o mis viajes al pasado me dejaran en evidencia. No quería que se repitiera el episodio como sucedió con Astrid. Sin embargo, el recuerdo de papá estaba enterrado en una de las tumbas que había cavado en lo más profundo de mi mente y temía que exhumar uno de aquellos cadáveres provocara una reacción en cadena. Le tenía miedo a los recuerdos zombis, muchos de los cuales habían sido enterrados en vida para dejar de sentir dolor.
—Papá murió cuando era yo muy joven. Muchas veces pienso en él, en si estaría orgulloso de mi… después me alegro de que esté muerto, aunque me ayudaría mucho su consejo ahora. Y quizás algunos de los conocimientos que tengo, como esos “dones” de los que habla, los tomé de él y de su legado.

»Papá era Inquisidor. 

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