diciembre 01, 2014 - , 0 comentarios

Capítulo XVII: en el limbo

Una estación de subterráneo es, quizás para mí, el mejor aislamiento posible. De haber podido, escribiría el resto de esta historia en una estación, con sus azulejos blancos y su olor a humedad, al reparo de los hierros que conforman su estructura. Pero no puedo, apneas si puedo bajar unos cuantos escalones y subirme a un vagón, y rezar que mi claustrofobia no se conjugue con el asma y me dé una muerte segura. Sin embargo, el subterráneo de Cristófobos constituye una de esas cosas viejas que atraen, ante tanto avance de la tecnología.
La historia de los ferrocarriles en el continente no era tan destacable como lo era en otros lugares, básicamente las primeras líneas ferroviarias del país se construyeron con el fin de abastecer de alimentos y armamento a los poblados más alejados de la metrópoli, al mismo tiempo que se convirtió en la principal arma contra el gobierno en los convulsionados tiempos que se acercaron después. Los trenes y subterráneos siempre fueron una cuestión bastante delicada en un Estado y Cristófobos no iba a ser la excepción, por más adelantada que estuviera nuestra sociedad. Los ferrocarriles jugaron un papel importante y crucial en las batallas y asedios que conformaron la “Caída”, pero cuando volvieron a la normalidad pasaron a manos privadas y su funcionalidad y esplendor de tiempos pasados se fueron perdiendo en un mar de incompetencia que iba convirtiendo poco a poco el servicio en una trampa mortal.
¡Y a Janus Stavros le encanta pasearse en una trampa mortal! Por allá había un hombre que pedía monedas para darle de comer a su familia, sin darse cuenta que el olor a alcohol pone ebrio a cualquier transeúnte. Estaba por visitar al doctor Zardhan en su consultorio, ponderando las posibilidades que tenía de darme una historia que compensara la locura que estaba viviendo desde hacía unos días. Entonces recordé las cosas que me habían traído hasta aquí, el Gran Apagón de unos días atrás y su relación con una falla en el sistema eléctrico o, como quizás empezaba a imaginarlo, relacionado con la muerte del reconocido Reiht. Según mis cálculos, la maquinaria que se habría escondido en el sótano de Jilly (que supuestamente había sido provista por Zardhan en persona) no podría haber colapsado el sistema al punto de dejar a oscuras la ciudad entera simplemente con un cortocircuito. ¿Entonces? Quizás la respuesta no sea tan descabellada como mi mente esperaba, siendo Zardhan un hombre de ciencia, probablemente estuviera esperándome para darme la respuesta más obvia que se me haya imaginado jamás.
Subí al vagón pensando en que no tenía la más remota idea de qué era la ciencia noética de la que hablaba Zardhan, pero él no era lo suficientemente estúpido como para darse cuenta que le estaba mintiendo cuando hablaba de escribir sobre sus logros en el campo de esa ciencia y, además, seguramente se haya dado cuenta que estaba atando cabos sueltos que encontraba en el aire. Por un momento pensé en llamar a Kan, pero me arrepentí mientras me distraía mirando una pareja de jóvenes abrazados. Entonces me acordé de la pobre de Rebecca. Rebecca y Kan. Debería haber conocido más gente en mi vida, como para hacerme una idea de lo que me estaba perdiendo, seguramente mucho, pero en fin. Siempre preferí a Rebecca en lugar de Astrid y sus secuestros astrales, no es que me haya convertido en un masoquista tampoco. Estaba envuelto en un remolino de ideas, emociones y sentimientos que se encontraban en cada esquina de mi mente, dejando en evidencia mi endeble y casi invisible límite entre mi vida personal y mi vida profesional. Papá decía que había que ser uno con el oficio que se eligiera, obviamente supo heredarme bien sus pensamientos.

Un hombre leía el diario mientras un viejo tosía como si estuviera por morir, se puso algo colorado y se durmió. Respiraba con dificultad, pero por lo menos respiraba. El diario contaba en su tapa que el gobierno pensaba hacer una ceremonia en conmemoración al aniversario del fin de la “Caída”, celebrando el amanecer de una nueva humanidad, con lazos estrechamente reforzados y bla, bla, bla… no es que no me guste escribir columnas o artículos optimistas, pero algunas acciones que llevan a cabo los gobiernos para tapar el accionar que se tiene en otros sucesos contemporáneos, es algo que me da mucha impotencia. Las autoridades estaban intentando tapar de muchas maneras el colador en el que se había convertido su gestión y por el cual se le estaban escapando muchísimas cosas: rebeliones en rincones inhóspitos de Cristófobos, motines en cárceles diseñadas para presos políticos (los que no existían) y la indiscriminada “caza de brujas” llevada a cabo por el Ministerio dirigido por Kan, que raptaba a los disidentes y los ejecutaba en lugares como la Bahía de los Condenados. El gobierno corrupto empezaba a asfixiar a la gente común como yo.
Entonces me di cuenta que no formaba parte de la “gente común”, porque yo también estaba, de alguna manera, drogando al colectivo de la gente, a las masas que en su interior empezaban a reclamar por igualdad social y que se habían dado cuenta tarde que la paz no había sido más que la prolongación del terror en el cual se acostumbraron a vivir. Yo estaba en medio de eso, intentando buscar una excusa a los problemas graves que afectaban a la nación y que iban más allá de un simple apagón. Pero ya me había comprometido con esto, tirar todo por la borda era aceptable sólo si Zardhan tenía para contarme algo que llenara una simple hoja en blanco. Sin embargo, en mi interior algo decía que todo estaba conectado de una manera muy tensa, de manera que cortar una sola de esas líneas podría hacer caer más de lo que imaginaba.
Unas estaciones después, me bajé y dejé el inframundo del metro. Caminé cinco calles hasta el edificio donde tenía su despacho Clemente y toqué el timbre mientras admiraba la altura y lo cristalino de los vidrios que decoraban su fachada. Veinte relucientes pisos.
¿Sí? —reconocí la voz de su secretaria levemente distorsionada al otro lado del micrófono.
—Stavros, del Pasquín. Vengo a ver al doctor…
Sí, adelante.
Un zumbido eléctrico me obligó a abrir la puerta. El ascensor pasaba una música agradable pero con el tiempo se volvió monótona. Llegado al piso 17, las puertas se abrieron y una mujer rubia muy hermosa me esperaba para conducirme a la sala de espera del psiquiatra.
—Tome asiento, por favor —me dijo muy amablemente—. El doctor lo atenderá en unos momentos.

La sala de espera tenía una alfombra reluciente, como si fuese de hilado oriental, olía a flores frescas y solamente se escuchaba el sonido que producía la secretaria al teclear en la computadora. Parecía que estaba en el limbo, acompañado por una pila de revistas. Todos números viejos de El Pasquín.

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