diciembre 15, 2014 - , , 0 comentarios

Capítulo XIX: el último inquisidor.

Había terminado la guerra, no así la represión ni el miedo. Ni siquiera el terror. Las personas que habían vivido bajo el yugo y el fragor del fuego que caía del cielo, no sabían cuánto poder adorar el calor del sol que salía por el horizonte todas las mañanas. El miedo se había vuelto una moneda con la cual los pobres eran los más ricos en una ciudad que no paraba de servirse de golpes y de extrañas formas de dominación. La guerra no había terminado solamente porque los asesinos hubieran cerrado los ojos, aquellas fuerzas que se habían preparado en la oscuridad para asumir el control del desastre que había quedado no reparaba aún en que el dolor que sembrarían continuaría su legado en estos tiempos. Así, después de la Caída, los hombres del Concejo dieron comienzo a una aristocracia que poco a poco se convirtió en una pequeña dictadura que intentó rematar cualquier clase de libertad que se había conseguido en apenas poco años después del horror de los Van Dynam.

Yo apenas había nacido. Mamá me alimentaba y papá… bueno, papá salía a trabajar como todos los días, con su ropa negra, ajustada. A altas horas de la noche. Papá era un gran hombre, seguramente, tenía el cabello corto y negro, los ojos del mismo color, fríos, apagados y llenos de silencio, como si esperara lo peor y estuviera dispuesto a afrontarlo sin atemorizarse. Pero papá, aunque fuera una especie de hombre inquebrantable, también estaba consciente que su trabajo debía ser secreto, por eso se aseguraba de trabajar un poco de día, diseñando los esquemas tácticos de ataque de la policía. Para todos, papá era el “Sargento Stavros”, que había allanado muchas guaridas donde se ocultaban los últimos acólitos de los Van Dynam. Para el mundo, era la cabeza detrás de la fuerza bruta que estaba imponiéndose de a poco, aunque fuera un gran conocedor de los movimientos, de las escaramuzas y de los métodos de torturas tan poco conocidos por todos esos que escriben los libros sobre la Caída.
Papá era el último inquisidor. Sí, y no tuve que cambiar mi apellido porque él se encargó de cambiarse el suyo, trabajaba con nombres claves, apellidos adulterados y siempre tenía una o dos identificaciones falsas por si lo llegaban a atrapar. Pero a un hombre con ese poder e inteligencia nunca podrían atraparle si estaba del lado de los que gobernaban. Papá siempre tuvo esa debilidad: falta de ambición, igual nunca me avergoncé de aquello porque, si hubiese sido de esa manera, hubiera terminado como los antepasados de Clemente Zardhan, el cual ahora escuchaba atento mi historia familiar.

—Muy ingenioso.
—Papá seguramente sabía lo que hacía, porque pocos lo saben. Quizás por eso trato de mantener a salvo a la familia —suspiré—. Hizo algo bien, aunque me haya dejado huérfano.
—No sabía que los aristócratas habían tenido una policía secreta.
—Sí. Ellos la llamaban la inquisición, educaron a más de diez mil policías y jefes de inteligencia del ejército durante los diez años que duró todo este intento de dictadura. Los enfrentamientos con los rebeldes dejaron un gran número de bajas y dieron de baja al proyecto, aunque dejaron sin cesar a mi padre porque él había sido el más eficaz en todas las operaciones que había llevado adelante.
Zardhan me miró en silencio un momento, sus ojos me intentaban decir algo que tenía más que ver con nosotros que con nuestra genética.
—Podríamos decir entonces que somos más parecidos de lo que pensamos. Nuestra sangre ha servido para darle a los que hoy ostentan el poder una excusa para marcarnos…
—Mi padre fue bastante sensato en lo que hizo, señor Zardhan. No creo que eso me convierta a mí ni a usted en una de las figuras que representan el horror de esos días. Y, a su favor, sus padres han cambiado su apellido para no ser parte de la humillación que eso les representaba.
Clemente tomó otro trago, terminó el vaso y se levantó a servirse más.
—Supongamos por un momento que lo que me está diciendo es verdad y que su padre fue un héroe —dijo dándome la espalda en el minibar.
—Nunca dije que fuera un héroe. Usted me está preguntando sobre él y yo le estoy contando su historia. Si llegamos aquí fue por usted. Mi padre se encargó de torturar y masacrar a cientos de personas, eso no lo puedo negar ni siento ningún remordimiento en decírselo. Muchos de los que murieron no se merecían tal trato, pero el destino que selló la vida de mi padre fue quizás un ajuste de cuentas de lo desbalanceada que estaba la justicia con respecto a él.
—Cuénteme —insistió sentándose.
—Fue durante el período de los asedios, cuando las grandes fábricas y complejos militares eran tomados por obreros incitados por rebeldes y causaban las muertes de cientos de personas. Durante uno de esos motines, mi padre se metió en la cabeza que debía tomar el complejo de armas localizado al sur de la ciudad, donde se sospechaba que los empleados amotinados contaban con armamento militar avanzado y hasta artefactos robóticos con el cual podían dejar a los militares muy mal parados. Trazó la ruta para llegar al asedio y estuvo combatiendo dos días con sus noches, hasta que notó que los subversivos no tenían nada que perder. Comenzó a cavar un túnel debajo del complejo y salió en el corazón del patio interno, doscientos treinta soldados contra seiscientos o unos menos que eran los rebeldes, aunque estaban mal alimentados y peor dormidos. El combate duró poco menos de tres horas, murieron más de la mitad de los hombres de ambos bandos, hasta que mi padre consiguió que se rindieran todos. En el momento de la victoria, de la rendición del enemigo, uno de los sobrevivientes disparó una bala que dio en la espalda de mi padre y le mantuvo agonizante durante unos quince minutos. Mientras lo asistían en sus últimos minutos, sus soldados se encargaron de darle fin a la vida de todos los rendidos, aquellos que habían pedido clemencia minutos antes y ahora eran condenados por un imbécil. Así pasó a la otra vida mi padre, no es una leyenda porque las leyendas es solamente para los idiotas que necesitan copiar las hazañas de algún otro idiota que no saben si existe.
Zardhan me miró, siempre con su boca cerrada y una sonrisa complaciente en el rostro. Los ojos le brillaban y la sombra a sus espaldas, ese ser ahumado que tenía detrás, no dejaba de acomodarse de un lado al otro, como si estuviera acomodándose en la silla.
—Perfecto, señor. Una historia interesante como la que le voy a contar ahora. ¿Recuerda a la señorita que dejaba mi despacho hace un momento, cuando usted llegó?
—Sí, creo que sí.
—Bueno, de ella precisamente es de quien le voy a hablar. Esa tímida muchacha es la responsable de todo ese lío que dejó sin luz a la ciudad hace unos días.

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