noviembre 17, 2014 - 0 comentarios

Capítulo XV: la biografía

Un nuevo día comenzaba. Otras 24 horas que debían restársele a la vida, quizás las últimas con mi trabajo como redactor de El Pasquín. Seguramente en los próximos días abriría el diario para buscar un trabajo decente, podría escribir para alguna página online o redactar cuentos infantiles sobre las leyendas de Cristófobos. El día que Anyo tuvo su primer erección.
Después de la Caída, los familiares de criminales de guerra (con los cuales no guardaban relación directa o no estuvieron implicados en maniobras) tuvieron la opción de elegir cambiarse el apellido, como había pasado con los antepasados de Kan. Sin embargo, los Van Dynam debían borrar toda huella de su existencia y pasar a ser otra familia. Por parte de Moro, la descendencia no continuó puesto que se cree murió casto en el cadalso y sin perjuicio del apellido que portaba. No obstante ello, los descendientes de Carlo se contaron por docenas debido a la naturaleza sexualmente desinteresada del mayor torturador en la historia del continente, aunque no existen registros fidedignos del cambio de nominación y actualmente los apellidos no portan la partícula “Van”.
Tomé el directorio telefónico y busqué algún nombre que pudiera parecérsele, pero nada me sonaba. Los más parecidos eran “Ydman”, “Zynam” o “Nymad”, intentando hacer anagramas con las letras del apellido. En la Red encontré la historia de los Van Dynam y las leyendas que orbitaban alrededor de ella, hasta di con el escudo familiar que constaba de un gran grifo marino. Tenían un pasado marítimo muy poderoso que se perdió en una de las generaciones para pasar al negocio de la carne y, posteriormente, al de la muerte. Posiblemente el hombre que haya visitado al viejo Jilly era uno de los descendientes de Van Dynam, según sus palabras “tenía un aire burgués que no se ve desde los tiempos de la Caída”, pero… ¿cómo identificarlo? La Red me proporcionó otros escudos parecidos de casas prestigiosas y en ese momento solamente una llamó mi atención. El escudo en cuestión era el de la familia Zardhan que constaba de un león devorando un pez: la relación fue prácticamente instantánea.
La familia Zardhan era de alta alcurnia, de la cual destacaban eminentes psiquiatras, abogados y uno o dos políticos que no llegaron muy lejos. Actualmente el único sobreviviente de este silencioso linaje era Clemente Zardhan, un reconocido y extraño psiquiatra que tenía su consultorio en las afueras de la ciudad. ¿Sería Zardhan el común denominador entre el apagón y la muerte de Reiht? Sentía que algo no estaba encajando, faltaba una pieza, un factor, un por qué…
Terminé el café sin azúcar que me despertaba todas las mañanas y apunté la dirección del consultorio de Zardhan. Por primera vez iba a tocar la puerta de un picacocos para preguntarle su relación con una familia de homicidas políticos y con un apagón que coincidió con la muerte de un hombre. Si entraba esgrimiendo tales argumentos, me iba a condenar al chaleco de fuerza. Quizás si pedía un turno podía entablar una conversación que tuviera algo de productividad, pero en ese caso intentaría meterse en mi mente y todo se iría al diablo. Necesitaba la historia, necesitaba escribirla.

Escribir una historia… ¡eso era! Podía intentar convencerlo bajo la excusa de ser un escritor en ascenso y contar su historia y la de su estigmatizada familia. Parecía brillante la idea al principio, después la cosa podría complicarse pero no es algo que no pudiera manejar. El teléfono sonó durante tres tonos y tomó la llamada el contestador. Corté. Intenté unos minutos más tarde y me atendió una mujer —seguramente su secretaria— que me dejó en espera durante quince minutos cuando mencioné estar interesado en escribir una biografía del doctor. Durante ese cuarto de hora navegué en la Red buscando datos importantes sobre el psiquiatra, para no estar desprovisto de su obra en lo que durara la charla.
—Doctor Clemente Zardhan al habla, buenos días —la voz del hombre era fuerte y contundente, muy diferente a lo que me hubiera imaginado mirando sus fotos. Era alto y moreno, su contextura física era media, no parecía un hombre que había hecho deportes toda su vida.
Y llevaba ese aire orgulloso del que había hablado el viejo Jilly.
—Buenos días, doctor. Mi nombre es Janus Stavros. Soy escritor y estoy interesado en escribir su biografía debido a sus logros en el campo de la psiquiatría, sobre cómo influyó en usted sus incursiones en la ciencia noética y la fusión de los conceptos psiquis y espiritualidad en una misma disciplina. También me gustaría retratar todas estas metas alcanzadas desde la perspectiva de su difícil historia familiar.
 Un silencio violento se hizo presente al otro lado de la línea.
—¿Cómo sabe usted…?
—Soy bastante capaz e inteligente, doctor. Si no quiere verse involucrado, puedo cortar y dejar todo este asunto aquí. Aunque debe ser frustrante para una persona en su posición tener que andar ocultando sus orígenes por una mancha de años atrás.
Se tomó unos minutos para pensar, escuchaba su respiración agitada al otro lado del teléfono. Seguramente también sufría de asma. ¿Qué analizaba? La respuesta que debía darme era sí o no, no suponía tanto entrevero. Sin embargo, saber que alguien conocía su verdadero apellido quizás suponía un peligro aún mayor.
—De acuerdo, señor Stavros. Voy a acceder a su propuesta, pero voy a modificar los términos que me impone.
¿Términos? ¿De qué términos me estaba hablando?
—No deseo que escriba mi biografía —continuó— porque no es necesario que todo el mundo sepa cuánta cantidad de mierda desparramé a lo largo de mi vida. Tengo entendido que usted trabaja para El Pasquín.
—¿Cómo lo supo?
—Soy bastante capaz e inteligente —sentí una sonrisa complaciente en sus labios, quizás algo de lo tenebroso de los Van Dynam todavía estaba en su genética—. Tengo una historia para usted, señor Stavros. Una historia que va a revolucionar su forma de pensar y de concebir el universo. No se acerca ni por un instante a cualquier cosa que haya imaginado.
Se me hizo un nudo en la garganta en el instante, las manos me comenzaron a sudar y sufrí un repentino ataque de ansiedad que controlé respirando profundamente lejos del tubo.
—De acuerdo —dije mientras secaba el sudor de mi frente—. Entonces cambiamos la biografía por su historia.

—Venga a verme mañana y le aseguro que no va a ser solamente mi historia.

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