noviembre 03, 2014 - , , 0 comentarios

Capítulo XIII: el bar de los fumadores

Kan encendió un cigarrillo mientras revolvía el café con parsimonia, esa paciencia con la que el león espera a que su presa esté relajada para poder degustar la tierna carne de su victima. Lo encontré parapetado en la barra del bar que estaba a unas cuantas calles de la redacción, un lugar cerrado donde habitaba una gran nube gris que nacía a la altura del pecho. Lo llamábamos el bar de los fumadores. Yo había pasado una o dos veces por la puerta y trataba de evitarlo cruzándome de vereda porque el humo que salía de ese lugar era tan nocivo para mi asma que podría matarme. Pero ese día Kan no quiso atender mis llamadas para decirle que me esperara afuera del bar. Entonces tuve que entrar.
Apretaba con fuerza el inhalador que estaba en el bolsillo de mi pantalón, el ambiente estaba un poco menos denso que de costumbre pero de cualquier manera afectaba mi endeble salud. Aquel era un bar de pendencieros, gente que cada tanto encontraban las excusas necesarias para terminar a los puñetazos limpios en medio de un juego pacifico, dardos clavados en partes gentiles y palos o botellazos en las cabezas rapadas de los pandilleros de turno. Ahí estaba Kan, Ministro del Gobierno, en medio de gañanes y embaucadores, de violentos y mal atendidos, en medio de vagos, borrachos y adictos. Seguía sin satisfacerme la relación que había entablado con un tipo tan contradictorio como él, que me veía acercarme despacio para no tragarme todo el humo de repente.


—No me digas que nunca entraste a este lugar.
—En realidad…
—¡Es genial! —exclamó mientras extendía su mano y tomaba una botella de un liquido ámbar que vertía dentro de su taza— Aunque el ambiente no es de lo mas saludable, pero estoy acostumbrado. Siente ese olor —olisqueó levemente, marcando sus aletas nasales— … esto es el suburbio, Jan. Esto es calor humano, gente en su estado natural peleando como primates por quién sabe qué cosa. Es fantástico.
—Soy asmático, Kan —remarqué con fastidio—. Por algo no pude ser capitán del equipo de fútbol en la secundaria, puesto que supiste aprovechar. ¿Recuerdas?
—Sí, creo que sí.
Manteniendo el humo en su boca, tomó de un sorbo el café y su cuerpo se estremeció por el efecto caliente y refrescante del alcohol. Secó sus labios y volvió al cigarro, sosteniendo la mirada fuerte y desafiante, vidriosa. Tenía un extraño color rojizo. ¿Acaso era consumidor? No. No había notado el temblequeo en sus manos ni los tics característicos, pero podía ser un consumidor reciente.
—No te veo muy bien —dijo después de darme un leve vistazo—. Estoy seguro que el golpe que te dio tu mujer con la kooba no habrá sido muy divertido, tienes un aspecto terrible.
—¿Cómo…?
—¿Cómo lo sé? ¡Janus Stavros! Mi pequeño discípulo, no voy a dejar todo en las manos de un periodista y dormir tranquilo. Tengo ojos por todos lados, oídos en las paredes. No soy el Ministro por nada, querido. ¿Necesitas que justifique el día en tu trabajo?
¿Justificar? ¡No! Con lo que había hecho ya me bastaba. Pedí un café, no podía tomar alcohol a las 11 a.m. y me lo bebí amargo. Sentí el calor bajando por mi garganta, en el preciso instante en que el humo se mezclaba con el sabor de los granos y me provocó un acceso de tos que casi me obliga a tomar el inhalador. Respiré. Mis ojos expulsaron dos lágrimas que no tarde en secar.
—Tengo lo que me pediste.
—Era hora. ¿Pudiste averiguar quiénes eran los antiguos ocupantes de la casa de Jilly?
—Sí —metió su mano en el bolsillo interior de su saco y extrajo un papelito color rosado—. Después de cobrarme uno o dos favores (de cientos que todavía me deben) la oficina de catastro dio con unos registros. Arrojaron este nombre. Arthür… —se acercó con los ojos entrecerrados porque no lo llegaba a leer con claridad— Van Dynam.
—¿Van Dynam? ¿No era la familia de locos que asesinaron a toda esa gente que protestaba contra los tiranos antes de la Caída?
Kan asintió y me entregó el papel mientras mostraba una amplia sonrisa de satisfacción.
—El clan Van Dynam —suspiró—. Ahora nos vendría bien gente así en el gobierno, dispuesta a pisar las cabezas de los insurrectos. Pero bueno, quiso el Destino que fueran enjuiciados y ejecutados en el cadalso.
—¿El de la Bahía?
—No. El que estaba en la Plaza de las Campanas. Esa horca se construyó exclusivamente para los Van Dynam.
Le di un golpe al inhalador y pensé mis próximas palabras. Debía redondear el tema, presentarle mis preguntas e irme de ese lugar antes de morir, porque si alguien se encontraba de gravedad en un bar de marginados lo más probable era encontrar la muerte, ya que las ambulancias y los socorristas no se aventuraban a salvar a nadie en un lugar así.
—Entonces, Jilly obtuvo la casa porque los Van Dynam no la volvieron a habitar. El Estado tomó posesión del terreno y lo adjudicó al pobre viejo. ¿No? Quiere decir que o bien el viejo me mintió o el tipo que alquiló el sótano le mintió al viejo.
—O quizás no mintió. Nunca olvides que los criminales de la Caída sobrevivieron a costa de cambiar su identidad. Su apellido. Recuerda a mi abuelo.

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