julio 14, 2014 - , 0 comentarios

Gran Maestro


Anoche me puse a llorar a los pies de la tumba del Ultimo Gran Escritor. Me encontré desconsolado, mis manos temblaban como hojas de papel golpeadas por el inclemente viento que dobla los espíritus con su despotismo. Ese vaivén que doblega con violencia la memoria de aquel gran héroe, que hoy llora desde el más allá por las aberraciones que le toca presenciar, desde ese limbo intelectual en el que ha decidido trascender. Ya no hay improntas lúdicas, ni textos antiguos traídos de oriente o imaginación sin límite, no hay fantasía; solamente hay detractores políticos, académicos que llenan los anaqueles con vacías fórmulas de felicidad y sin sentido, estrellas adolescentes de música que creen haber tenido una larga y extensa obra publicando su autobiografía.

¡Oh, Gran Maestro! ¿Dónde han quedado las historias en las que los hombres se hacen más sabios por el simple hecho de querer serlo? ¿Cuándo hemos perdido el talento de tantos juegos, de tantas leyendas, de tantas parábolas de la antigüedad hechas prosa? Hemos perdido la calidad por el simple hecho de querer vender, hemos desterrado nuestra imaginación a un lugar donde el placer lo administra el frío cuero negro del sadomasoquismo intelectual. Nos matriculamos en una academia donde proliferan los vampiros del mal gusto y los fenómenos que aparentan llevar una vida normal.

Y, mientras el helado vendaval esconde en lo más profundo de mí esta decepción, limpio las lágrimas que derramo ante la tumba de aquel Gran Hombre, el escritor que ha muerto de manera física y al que sus hijos están matando intelectualmente día a día, año a año. Solamente ansío hurgar la tierra con mis propias manos y meterme allí dentro para refugiarme del oprobio y la vergüenza ajena, para no ver lo que está sucediendo.

¡Oh, Gran Maestro, perdónalos…!


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