junio 23, 2014 - , 0 comentarios

Capítulo XI: kooba


Inesperadamente me sumergí en una pesadilla tan real que me asustaba. Me encontré caminando solo en la espesura de la oscuridad, con una niebla fría que me congelaba los tobillos. Incluso la niebla era negra. Mis pensamientos regresaron de inmediato al pasado, hasta ese momento no recordaba qué me había sucedido al abandonar el patio del viejo Jilly, solamente me embargó la sensación de volver a los sueños en los que Astrid me secuestraba y me hacía su esclavo energético.
Pero aquello no parecía el Astral.
Estaba solo en medio de una oscuridad inmensa como el mundo conocido, como el universo mismo, podría decir. Caminaba, pero no era consciente de mis pies, de mis manos o de mi cuerpo, era una sensación mucho mas profunda que “no ver” aquellas extremidades, sino que sentía a mi ser como una sola pieza. Es difícil de describir en palabras físicas cuando lo que sentí escapaba a ello. Podía percibir todas las sensaciones, el frío en los tobillos, mis manos tanteando en la oscuridad, el olor metálico del vacío… y, sin embargo, no parecía estar poniendo en práctica esos sentidos con los órganos encargados de ese proceso.
En pocas palabras, tomé conciencia de mi Mente.
Caminaba en medio de aquella nada tan tenebrosa y tranquilizante. No era como estar preso de los encantos de Astrid en su cárcel mental, porque en ese limbo no se oían lamentos ni gritos de desesperación. En ese momento pude estar tranquilo, aunque no abandonara la idea de haber muerto. ¿Y el túnel? ¿Y la luz al final? Quizás habían inventado todo, otra vez.
Momentáneamente detuve mi andar (no puedo decirles que “dejé de caminar”, porque caminar es algo figurativo; de hecho, no sé si contaba con un par de piernas). No podía seguir avanzando ni un paso más porque me resignaría a morir como un cobarde. Tenía asuntos pendientes, mi nombre todavía soportaba las manchas de las autoridades de la Unicidad. Había sido censurado y había pagado con años de mi vida para que mi voz volviera a ser oída y mi palabra a ser leída. No. Debería regresar e imponerme a todo aquel que había dudado de mi, debía enfrentar a quienes me vilipendiaron e intentaron subyugarme a su actitud facinerosa.
Me impuse aquella meta tan fervientemente que olvidé lo esencial: debía despertar primero.

Después sentí que mi rostro se apoyaba contra un vidrio esmerilado, las cosas tenían una forma bastante ambigua, los sonidos que percibía pasaban de ser lentos y graves a rápidos y agudos, hasta llegar a la normalidad. Mientras volvía en mí, noté que las sombras que me rodeaban no eran monstruos sino personas, una de ellas vestía de blanco. Un blanco refulgente que casi me deja ciego.
Cuando el vidrio dejó de ser tan confuso, noté que aquello no era más que mi vista aclarándose. Entonces empecé a comprender todo, incluso el dolor en la cadera. La cabeza me dio una gran puntada que me hizo gritar. Quienes me acompañaban (eran tres personas las que estaban junto a mí) mostraron una tibia alegría. Yo me encontraba tendido en una gran cama de sabanas color celeste, no parecía ser un cuarto de hospital sino más bien un lugar conocido… un lugar como mi antigua habitación matrimonial.
Esperaba que todo aquello fuera esa pesadilla que nunca fue. Esperaba aunque sea no haber escapado de la muerte y regresar atrás el tiempo, enmendar mi error y no perder tanto en el camino de vuelta a mi presente. Hubiera tenido aunque sea el tiempo de recapacitar mis errores laborales y mis desatenciones maritales, quizás estaría felizmente casado con una mujer que me ponía los cuernos y yo lo ignoraba. Pero no. Lamentablemente no había vuelto atrás en el tiempo, sino que estaba en ese presente de pesadilla durmiendo en la cama que alguna vez fue mía y ante la fría mirada de Rebecca.
―Está despertando ―anunció el hombre de blanco que al parecer era médico. Tenía más o menos unos cincuenta años y una calva insipiente.
―Alabado sea nuestro señor Anyo. Un día más con ese despojo de ser humano en mi cama y podría morir de un…
―¿Un día? ―me incorporé y al instante sentí como otra fuerte punzada recorría mi espina dorsal, regresándome de nuevo a la posición horizontal.
―Tranquilo, muchacho.
El médico me colocó una mano en el pecho y me instó a que me quedara acostado mientras me aplicaba una inyección analgésica. Me contó, mientras tanto, que había sufrido un accidente el día anterior cuando un automóvil me había atropellado. No recordaba absolutamente nada de eso, solamente el golpe. El sueño.
No obstante, seguía sin entender por qué estaba recostado en mi antigua habitación matrimonial.
―Creí que lo mejor era traerte aquí y no verle la cara de bruja a tu madre ―dijo Rebecca desde un rincón de la habitación.
―Por eso ―agregó el medico, mirándola con fastidio― y porque creímos conveniente hacerlo, puesto que ella fue quien te atropelló.
―¿Qué? ―esa queja me dolió más que cualquier cosa.
―¡Marcus, quedamos en que no le diríamos nada!
Con las pocas fuerzas que tenía me puse de pie y busqué mi ropa, muy despacio. Mientras tanto, aquellos dos estuvieron un buen rato discutiendo las razones que motivaron a que terminara durmiendo en ese lugar. No había que ser un genio para entender la relación.
―Entonces ―pronuncié cuando terminé de vestirme― me atropellaste con mi propia kooba. Fui víctima de mi propio vehículo, por eso no me llevaste a un hospital. Aprovechaste que tu nuevo marido es médico para no quedar en evidencia por tu error, ¿no, Rebecca?

 Sus ojos color miel se posaron sobre mí, con un rayo de odio que recorrió de manera electrizante mí ser. Aquellos ojos que alguna vez tuvieron una mirada dulce y sincera, llena de amor y cariño, ahora se encontraban teñidos del rojo sanguíneo de una ira visceral. ¿Por qué? Vaya a saber su perfecto dios por qué.
Me dolía hasta la punta de los dedos, pero no me importó. Con las pocas fuerzas que tenía tomé un taxi y me fui a casa, no sin antes advertirle que tomaría medidas judiciales al respecto. Ser atropellado con mi propio auto y no llevarme al hospital para evitar preguntas y papeleo, no podía esperar menos de Rebecca. Seguía siendo el ángel de la muerte que alguien me había enviado por puro odio y desprecio, aquella que tanto practicaba el concepto anyonita en la teoría pero jamás en la práctica.

En el ínterin, caí en la cuenta que habían pasado 36 horas desde que salí de la casa del viejo Jilly. Tenía tres llamadas perdidas de mi jefe y dos de Kan, más un mensaje de texto contundente: “LLAMAME. TENGO LOS DATOS QUE ME PEDISTE”.

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