junio 16, 2014 - , 1 comentarios

Capítulo X: bips, berps y eeeerps

—¡Sacuda la linterna, hombre!
La voz del viejo me regresó al presente. La inútil linterna que me había dado trajo más traumas a mi mente de los que necesitaba. Como el viaje a la isla. Agité la herramienta hasta que se encendió después de titilar un par de veces. Ya no temía que se me fuera a cerrar la puerta detrás porque el vacío que había experimentado en el recuerdo había escarbado muy profundo dentro de mí.
El húmedo sótano del viejo Jilly emanaba un nauseabundo hedor a raíces podridas, moho y distintos tipos de perfumes que mi nariz era incapaz de percibir. El sótano medía, en promedio, cuatro metros cuadrados. Dudé poderosamente que alguna máquina o artefacto del volumen necesario para provocar un cortocircuito a gran escala pudiera ser transportado allí. Por más trabajoso que fuera aquel oficio, sería bastante complicado haberlo hecho pasar por una entrada de puertas dobles en la inclinación en la que se encontraba. ¿Qué tipo de maquinaria habría visto aquel viejo con la mitad de su ojo bueno? Yo no creía ni un poco en las palabras de aquel semi-androide desde que me había presentado en su casa hacia unos escasos minutos, seguramente se trataba de algún timo para sacarle dinero a la prensa o a los agentes del gobierno. Sin embargo, no pensaba que Kan no era tan taimado como para hacerme esto, o tal vez sí...
La decoración precaria de la habitación parecía sugerirme que se trataba de un antiguo desarmadero de Robots, viejas herramientas de extracción, destornilladores, pinzas y artilugios aun más complicados que escapaban a mi conocimiento. Después que se prohibió el uso de inteligencia artificial por parte de la Unicidad por alterar conceptos de ética humana, los artefactos fueron destruidos o utilizados como complementos para seres humanos que se encontraban transitando alguna discapacidad, personas sin brazos que podían volver a tocar cosas con sus dedos o accidentados sin posibilidad de supervivencia recuperaron sus vidas gracias a esta práctica que, en muchas ocasiones, se realizaba de manera clandestina. Así había conseguido seguramente sus mejoras aquel viejo, aunque debido a la desaparición de los robots y del mercado negro de sus partes, el taller habría dejado de funcionar hacía mucho tiempo, seguramente. Eso explicaba su deplorable estado.
El suelo era de tierra y, mirándolo más de cerca, parecía dibujar una extraña figura. Como si efectivamente algo hubiera estado puesto ahí hacia poco tiempo. Era un gran rectángulo de no más de dos metros de largo por uno de ancho. Aquella forma no me sugería mucho sobre lo cual deducir. No había cables ni alguna otra cosa fuera de lugar, parecía haber sido limpiado por un escuadrón de la mafia, como los que manejan los cárteles de la droga en las afueras de Cristófobos: los famosos caalanitas. Entonces, sin más pistas, decidí salir a la superficie, puesto que el olor era tremendo y no soporto mucho estar en lugares cerrados gracias a la debilidad de mis pulmones.
—Usted sabe algo más y no me lo está diciendo —dije mientras tomaba aire.
—No, señor —se puso tan nervioso que sus circuitos emitían un sonido atroz—. Le dije todo lo que sé. No quise entrometerme más. Necesitaba el dinero, no es fácil mantener este cuerpo tan averiado, ¿sabe?
—Sobre todo desde que ya no hay más robots a los cuales desarmar, ¿no?
El pobre hombre empezó a mover sus manos y a decir incoherencias de una manera que me es difícil de explicar, porque balbuceaba, respiraba y sus partes metálicas emitían sonidos que se confundían con su voz. Por momentos pensé que su voz natural era aquella sucesión caótica de bips¸ berps y eeeerps.
—De acuerdo —respondí harto de su excusa ininteligible—, vamos a hacer una cosa. Escúcheme. No voy a tomar ninguna represalia contra usted por haber sido el proveedor, digámoslo así, de este crimen que se cometió. En retribución, usted se pondrá a mi disposición en lo que necesite para saber quién fue la persona que llevo a cabo esto. ¿Estoy siendo claro?
Mi voz autoritaria y casi chillona me hacía reír por dentro.
—Quiere decir que conservo mi casa, ¿no?
—Sí. En la medida en que colabore conmigo, si es que yo no llego a encontrar al responsable.
Me estaba metiendo en un lío, lo sabía. Estaba jugando al detective en una ciudad grande y ancha como el espacio que nos divide del reino de los cielos. Pero necesitaba esa historia, estaba volviéndome ciego, sordo y estúpido por tener la historia de la muerte de Reiht. Tanto es así que hasta estaba investigando el trabajo que se me había encomendado desde un principio para obtener algo de la muerte del magnate.
Estreché la mano humana de Jilly y le prometí que regresaría pronto porque confiaba a medias en él. No me importó decírselo. La apariencia de viejo senil y piadoso me había conmovido durante unos minutos, pero después imaginé sus manos grasientas despedazando androides que seguramente no habían sido desprogramados y gritaban por misericordia. ¿Con cuántos seres humanos podría haber hecho lo mismo? Posiblemente me haya salvado de su sótano esa vez.
¡Stavros! ¿Ya me extrañas?
—Kan, no estoy para bromas. Estoy volviendo de visitar ese dato que me pasaste. Necesito investigar un par de cosas, pero quizás tengas mejor acceso a esa información si viene de parte del Ministerio de Planificación.
Dime, no tengo mucho tiempo.
—Quiero el registro de propietarios de las tierras aledañas a las de Jilly o, en su defecto, quién fue el dueño de esas tierras desde el origen de los asentamientos. ¿Es posible que me consigas eso?
Sí, pero necesito que me des un día como mucho.
Necesitaba empezar a escribir algo y veinticuatro horas de inactividad me iban a terminar matando. Sin embargo, accedí antes de cortarle. ¿Qué haría ahora? Tenía el resto del día libre y no se me ocurría nada para hacer, quizás podría correr un rato por el parque… ¿en qué estaba pensando si mi condición física no me permitía hacer ejercicio? Podía buscar una idea para escribir un libro, aquel que siempre postergaba por culpa de mis traumas latentes y mi miedo constante al fracaso.
Me perdía en preguntas tan estúpidas que no respondían a qué podía hacer. Estaba tan perdido en mis pensamientos que simplemente recuerdo cuando guardé el teléfono en el bolsillo, pero nunca escuché la bocina que sonaba y sonaba mientras cruzaba la calle. Lo último que recuerdo fue algo de metal que me golpeaba por el lado izquierdo y me hacía dar vueltas, como tres vueltas di… después sentí el olor del asfalto caliente, una frenada y un grito, no sé si era una mujer o un hombre porque todo empezó a desvanecerse, el tiempo parecía pasar más lento de lo habitual y las voces se volvían graves hasta perder el sentido. Luego todo se oscureció y no pensé ni siquiera en mi muerte.

1 comentarios:

Un ermitaño por excelencia 24 jun. 2014 11:37:00

Nuevamente por aqui poniendome al dia con tu historia, excelente relato
Saludos

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