junio 04, 2014 - , 2 comentarios

Capítulo VIII: descenso

*** Después de una semana complicada entre embalajes, fletes y cajas por doquier (nadie dijo que una mudanza sea lo más fácil del mundo), he aquí un nuevo capítulo de "Galleria". Espero sepan disculpar las demoras. ***

Adohí Jilly me mostró en profundidad su “humilde” morada. No era muy espaciosa, pero parecía albergar muchas más comodidades de las que uno pudiera pensar, incluso mirando la derruida construcción desde afuera. La casa tenía tres habitaciones, dos pisos y un hermoso patio trasero que estaba menos descuidado que el resto de la casa. No dormía en ninguna de las tres habitaciones, lo hacía en la sala de estar. Esos cuartos eran museos de lo que alguna vez fue su vida.
—Cuando me vine a vivir aquí, me traje todo conmigo y lo acomodé tal cual estaba en mi casa. Aquí fue donde perdí todo lo que una vez fui, perdí la mitad humana. Debajo de estas paredes yacen los cuerpos de mis hijos, arrancados de mis brazos por las fuerzas de la opresión.
El relato de Jilly hizo que se me encogiera el corazón, dejando al descubierto que casi siempre hay una explicación racional (o no tanto) a un comportamiento humano. Las habitaciones estaban decoradas como si hubiese niños viviendo allí todavía; el cuarto matrimonial, en cambio, era oscuro y podía oler algo quemado. Quizás estuviera siendo rehén de la mentira de un viejo loco, pero su ojo era tan sincero que por momentos le creí. Le pedí que me condujera al sótano, no podía seguir perdiendo tiempo en detalles que no conformaban los hechos.
El famoso sótano del que hablaba Kan tenía vedada la entrada desde la casa “por orden de quien rentó la habitación”, la única forma de entrar era abriendo unas pesadas compuertas adheridas al suelo en el patio trasero de la casa. Salimos y rodeamos la humilde residencia hasta el patio trasero, levanté las pesadas compuertas de hierro y unas inmensas nubes de polvo se elevaron hasta hacerme estornudar. Puse el pie en el primer escalón y me asomé para contemplar la oscuridad que se arremolinaba con el aire húmedo en perfecta comunión.
El anciano me alcanzó una linterna y se disculpó haciendo que su medio cuerpo robótico emitiera pitidos y zumbidos cada vez más fuertes.
—Me va a tener que disculpar, señor. No puedo bajar por esas escaleras traicioneras. ¡Todavía no puedo creer cómo alguien pudo bajar una máquina por esas trampas mortales! Yo lo esperaré aquí fuera.
De repente sospeché que algo no andaba bien. Había obviado totalmente  la parte que mencionaba a una máquina bajando por las escaleras de su propio sótano. No me acompañaría a inspeccionar. ¿Por qué dejaba que me entrometiera en su propiedad sin siquiera una orden? Seguramente el miedo a las autoridades era tan grande como decía Kan, pero aun así un viejo desconfiaría (y más si era un superviviente del asedio, que en tan alta estima tienen a los funcionarios del gobierno). Funcionarios… ¿Kan me había mandado a la boca el lobo para “silenciarme”? Sin pensarlo mucho, era el plan perfecto, buscaba indicios para él y, de no encontrarlos, sería una amenaza más que pasaba a la historia. Quizás no llegaría a los ochenta y tantos a lucir mi medio cuerpo androide.
Kan no era un psicópata. Podía ser una persona con un cierto grado de “síndrome de impulso homicida no psicopático”, creo que lo llaman así. Y, siendo totalmente sincero, no sé cómo consiguió llegar hasta el Ministerio, quizás para limpiar un pasado político nefasto que arrastraba desde la Caída o porque era el hijo de un acaudalado filántropo que había visto el final de sus días en una sucia celda de la isla de Tyan. Desconozco cómo fue que aprobó el examen psicológico, lo único que sé es que en el momento de su ascenso la Unicidad, el gobierno a nivel global, estaba dando sus primeros pasos y no les estaba yendo muy bien. Necesitaban un poco de “mano dura”. Un poco de Kan.
El medio-androide Jilly me seguía mirando como compadeciéndose de mi. Yo, por mi parte, estaba en una guerra contra mi desconfianza hacia las personas, puesto que siempre queda una pizca de ingenuidad en un ser humano capaz de llevarlo a cometer los peores errores. Pero de esos errores se puede aprender, siempre.
Finalmente tomé la linterna y la encendí. Por lo menos funcionaba.
—Quizás deba esperar que llegue mi compañero —mentí—. No solemos hacer inspecciones sin apoyo. ¿Sabe a qué me refiero?
—No se preocupe —estuve totalmente confiado en que me decía la verdad—, yo lo esperaré aquí afuera.
Vuelvo a repetir, no podía seguir perdiendo el tiempo. Sea que me mintiera o me dijera la verdad, tenía que continuar la investigación y descartar rumores. Me tomé del borde de la puerta y comencé a descender escalón por escalón, esperando que el semihumano que me escoltaba cerrara las puertas y echara llave en cualquier momento, enterrándome en vida.
“Y, mientras Sheitán y sus hijos reían y gritaban, se oyó una voz como un trueno, que decía: Abran sus puertas, ustedes, impíos príncipes. Ábranse, puertas eternas, que el Rey de la Gloria quiere entrar”.
En el momento del descenso, recordé uno de los pasajes mas citados por Rebecca cuando recitaba sus escrituras anyonitas. Anyo había descendido al Averno, a la hoguera de las almas, antes de vencer al mal y volver a caminar entre los vivos.
Después del décimo escalón, pisé sobre una textura diferente. El suelo del sótano parecía arenilla con trozos de piedra. El olor a humedad empezaba a ser nauseabundo, como si hubiera agua estancada en algún lugar desde hacía muchos años. La linterna empezó a parpadear y se apagó repentinamente. Me quedé quieto unos minutos, pensando no sé bien en qué, pero no era ni miedo ni desconfianza, parecía estar contemplando mi alrededor con la intuición.
Detrás, la luz del sol menor iluminaba hasta el séptimo escalón y las penumbras se tragaban el camino que tenía por delante.
—¡Agite la linterna! —me habría gritado el viejo.

Sin embargo, mi percepción me estaba llevando a un viaje con consecuencias nefastas quizás. Aquel oscuro cuarto húmedo sacó a la luz algo que había estado escondido en lo más profundo del ser. Había bajado las escaleras de mi memoria y ahora me estaba por perder en un cuarto oscuro de mi mente; la voz del viejo Jilly ya no era un problema, tampoco mi desconfianza hacia él o morir en el fondo de su sótano, ahora me asustaba quedar encerrado en el sótano de mi propia mente.

2 comentarios:

Un ermitaño por excelencia 6 jun. 2014 11:26:00

Esta historia se esta volviendo cada vez mas atrapante, muy buena
Saludos

Cristian German 9 jun. 2014 8:14:00

Muchas gracias, un saludo!

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