junio 09, 2014 - , 0 comentarios

Capítulo IX: Astrid

Desde pequeño decía cosas incoherentes. Muchas. Mis padres siempre dijeron que mi imaginación era más grande que todo el sistema planetario que nos rodea, pero nunca hicieron mucho para que sea provechosa. Siempre existía algo mas allá de este planeta, en ocasiones creía hablar con alguien de otra galaxia, donde los animales vivían en cautiverio para entretenimiento de los hombres y donde el día duraba un solo sol. Cosas tan descabelladas solamente se le podían ocurrir a un niño de ocho años, pero la situación fue empeorando con el paso de los años.
Cuando tenía 13 empecé a ver cosas que no pertenecían a este plano físico. Los fenómenos paranormales no se sucedían en la vida de una persona como si fuesen pruebas que uno debiera pasar, hasta que mis padres decidieron enviarme a una escuela orientada a chicos con la misma condición que la mía. Así fue que aprendí a desarrollar mi mente cognitiva, el manejo de energía, la percepción extrasensorial (mal llamada “extrasensorial” puesto que la percepción es nuestro sexto sentido), la comunicación con seres extradimensionales y canalización de mensajes de seres interdimensionales. Me esforzaba día a día por utilizar aquellos “dones” al máximo y ponerlos al servicio de la evolución de nuestra especie. Sin embargo, el idealismo me volvía ciego y fui muy imprudente al pensar que todo era luz y que la oscuridad no podía tocarme.
Creo que tenía 15 años, el recuerdo es un poco borroso a veces y se hace claro por momentos. Siempre es así con la oscuridad, juega con tus sentimientos pero también manipula tus pensamientos a su antojo. No sé con exactitud si tenía quince, solamente puedo ser certero al asegurar que fue poco tiempo después que empecé con el manejo de energías y fenómenos que pocos entienden. Un día empecé a tener pesadillas horribles que acababan despertándome sin aire, sin poder gritar, sintiendo unas huesudas y frías manos apretándome el cuello hasta sentir el crujir. La textura de las falanges aprisionando mi carótida era tan real que comencé a tenerle terror a quedarme dormido, quizás moriría en mi afán de un poco de descanso.
Poco después conocí a Astrid, una mujer con la que me crucé en la calle una noche que vagaba sin querer dormir. Astrid tenía la belleza de un ángel y la voz de un serafín, los ojos azules, los cabellos negros, la tez morena y un cuerpo por el que cualquiera hubiera perdido la cabeza. Me juró durante días enteros que se había puesto en contacto con un nefilim, uno de esos cuidadores planetarios, y me había asignado para estar bajo su cuidado.
Astrid fue mi primera mujer, me enamoré de ella como podría enamorarse cualquier adolescente de la madurez de una mujer experimentada. Entonces me alejé de las cosas espirituales que tanto amaba, dejé de tener contacto con los distintos seres, mi manejo de energía mermó y hasta me había vuelto un ser malhumorado y pendiente de su aspecto físico. Por ese entonces me encontraba atlético y bien parecido, con el cabello fuerte y la piel tersa. Gracias a ella me ausentaba semanas enteras de mi casa y vivía donde se encontrara su persona, enredándome en su cabello o perdiéndome en sus ojos; hechizado por sus palabras era capaz de hacer lo que a ella se le antojara. Incluso invocar genios antiguos.
En aquellos rituales perdía la conciencia, muchas veces despertaba desnudo al lado de ella, con sangre en las manos que no sabía a quién pertenecía. Por lo general no era de ninguno de los dos ni de ningún animal. Era muy extraño. El frenesí me abría tanto el apetito que en sólo cuestión de meses aumenté unas veinte onzas[1] de peso. Mis ojeras se habían incrementado y no toleraba con facilidad la luz del día, por lo que me había vuelto un ser noctámbulo que pensaba que el poder de las cosas residía en la oscuridad.
Mi espíritu, poco a poco, se distrajo de lo que estaba haciendo. Y un día, volvió en sí.
En ese momento, estaba boca arriba dentro de un cuarto. O era una cueva. Hacía un frío terrible, lo sentía colarse entre mis huesos. Pero no me podía mover. Intenté por todos los medios mover alguna articulación. Nada. Pensé y envié información a mis extremidades, pero no encontré la respuesta que necesitaba. Algo me estaba manteniendo prisionero mientras el frío se sentía en aumento; tuve la sensación de estar desnudo y a la intemperie. Me empezó a doler la carne, sentía los huesos como si fuesen trozos de hielo en mi interior y mi respiración se agitó de manera estrepitosa. Tuve miedo.
No pude calcular las dimensiones de aquel lugar. La absolutez de la negrura me quitaba la capacidad de orientarme y por eso podía estar tanto en un cuarto diminuto o en una llanura a cielo abierto y no darme por enterado. ¿Por qué estaba allí? Me había convertido en algo peor que un ciego, me había vuelto un invidente. Alguien que se negaba a ver su propia realidad.
Divisé algo acercándose, algo que levitaba y se paseaba como una entidad del bajo. Algo de un color magenta brillante, un aura furibunda y violenta se acercaba. Estaba en el bajo astral y lo ignoraba. Comencé a escuchar gritos de fondo, lamentos y suplicios. Astrid se me acercaba envuelta en llamas rojas, mezclándose con la oscuridad; su aura danzaba como en un ritual demoníaco en medio de la oscuridad. Entonces tuve miedo. Estaba paralizado por el terror. Me mantuve en silencio, cerrando los ojos e implorando despertar de una vez por todas, cuando el aliento putrefacto de una mujer en estado de descomposición me invadió y me quiso besar. Era Astrid en toda su esencia, sólo que fui tan idiota que nunca lo noté.
Ella solamente quería mi potencial, la energía “sagrada” que decía que escondía mi cuerpo. Después de cometido su latrocinio podía tener la gracia de quedarme a su lado o succionarme el alma tan rápido que ni me daría cuenta cómo pasaría de una vida a otra. Sin embargo, tenía muchas ganas de seguir viviendo esta vida, quería estudiar periodismo y trabajar en las grandes corporaciones, llevar historias grandes a gente común. Deseaba ser parte de la vida. Quizás fue en ese momento, mientras Astrid hacía realidad mis antiguas pesadillas de manos sofocándome, cuando dejé que mi energía hiciera un remolino tan potente que despojó a la bruja de mi ser.
Al otro día desperté en mi cama, bañado en sudor. Nunca pude explicar qué me había sucedido. ¿Dónde había estado? Desperté esa mañana y tenía el aspecto que tengo desde entonces, estaba más gordo, con una avanzada calvicie que solamente me dejaba tener el pelo largo en la parte de atrás de la cabeza, la piel grasosa y manchada en algunas partes, había desarrollado miopía y asma, además de un síndrome de sedentarismo apabullante. Y, como para sumarle algo, le tenía pavor a la oscuridad.
Le tenía terror a los ambientes oscuros.



[1]Equivalente a 1,23 kg.

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