junio 23, 2014 - , 0 comentarios

Capítulo XI: kooba


Inesperadamente me sumergí en una pesadilla tan real que me asustaba. Me encontré caminando solo en la espesura de la oscuridad, con una niebla fría que me congelaba los tobillos. Incluso la niebla era negra. Mis pensamientos regresaron de inmediato al pasado, hasta ese momento no recordaba qué me había sucedido al abandonar el patio del viejo Jilly, solamente me embargó la sensación de volver a los sueños en los que Astrid me secuestraba y me hacía su esclavo energético.
Pero aquello no parecía el Astral.
Estaba solo en medio de una oscuridad inmensa como el mundo conocido, como el universo mismo, podría decir. Caminaba, pero no era consciente de mis pies, de mis manos o de mi cuerpo, era una sensación mucho mas profunda que “no ver” aquellas extremidades, sino que sentía a mi ser como una sola pieza. Es difícil de describir en palabras físicas cuando lo que sentí escapaba a ello. Podía percibir todas las sensaciones, el frío en los tobillos, mis manos tanteando en la oscuridad, el olor metálico del vacío… y, sin embargo, no parecía estar poniendo en práctica esos sentidos con los órganos encargados de ese proceso.
En pocas palabras, tomé conciencia de mi Mente.
Caminaba en medio de aquella nada tan tenebrosa y tranquilizante. No era como estar preso de los encantos de Astrid en su cárcel mental, porque en ese limbo no se oían lamentos ni gritos de desesperación. En ese momento pude estar tranquilo, aunque no abandonara la idea de haber muerto. ¿Y el túnel? ¿Y la luz al final? Quizás habían inventado todo, otra vez.
Momentáneamente detuve mi andar (no puedo decirles que “dejé de caminar”, porque caminar es algo figurativo; de hecho, no sé si contaba con un par de piernas). No podía seguir avanzando ni un paso más porque me resignaría a morir como un cobarde. Tenía asuntos pendientes, mi nombre todavía soportaba las manchas de las autoridades de la Unicidad. Había sido censurado y había pagado con años de mi vida para que mi voz volviera a ser oída y mi palabra a ser leída. No. Debería regresar e imponerme a todo aquel que había dudado de mi, debía enfrentar a quienes me vilipendiaron e intentaron subyugarme a su actitud facinerosa.
Me impuse aquella meta tan fervientemente que olvidé lo esencial: debía despertar primero.

Después sentí que mi rostro se apoyaba contra un vidrio esmerilado, las cosas tenían una forma bastante ambigua, los sonidos que percibía pasaban de ser lentos y graves a rápidos y agudos, hasta llegar a la normalidad. Mientras volvía en mí, noté que las sombras que me rodeaban no eran monstruos sino personas, una de ellas vestía de blanco. Un blanco refulgente que casi me deja ciego.
Cuando el vidrio dejó de ser tan confuso, noté que aquello no era más que mi vista aclarándose. Entonces empecé a comprender todo, incluso el dolor en la cadera. La cabeza me dio una gran puntada que me hizo gritar. Quienes me acompañaban (eran tres personas las que estaban junto a mí) mostraron una tibia alegría. Yo me encontraba tendido en una gran cama de sabanas color celeste, no parecía ser un cuarto de hospital sino más bien un lugar conocido… un lugar como mi antigua habitación matrimonial.
Esperaba que todo aquello fuera esa pesadilla que nunca fue. Esperaba aunque sea no haber escapado de la muerte y regresar atrás el tiempo, enmendar mi error y no perder tanto en el camino de vuelta a mi presente. Hubiera tenido aunque sea el tiempo de recapacitar mis errores laborales y mis desatenciones maritales, quizás estaría felizmente casado con una mujer que me ponía los cuernos y yo lo ignoraba. Pero no. Lamentablemente no había vuelto atrás en el tiempo, sino que estaba en ese presente de pesadilla durmiendo en la cama que alguna vez fue mía y ante la fría mirada de Rebecca.
―Está despertando ―anunció el hombre de blanco que al parecer era médico. Tenía más o menos unos cincuenta años y una calva insipiente.
―Alabado sea nuestro señor Anyo. Un día más con ese despojo de ser humano en mi cama y podría morir de un…
―¿Un día? ―me incorporé y al instante sentí como otra fuerte punzada recorría mi espina dorsal, regresándome de nuevo a la posición horizontal.
―Tranquilo, muchacho.
El médico me colocó una mano en el pecho y me instó a que me quedara acostado mientras me aplicaba una inyección analgésica. Me contó, mientras tanto, que había sufrido un accidente el día anterior cuando un automóvil me había atropellado. No recordaba absolutamente nada de eso, solamente el golpe. El sueño.
No obstante, seguía sin entender por qué estaba recostado en mi antigua habitación matrimonial.
―Creí que lo mejor era traerte aquí y no verle la cara de bruja a tu madre ―dijo Rebecca desde un rincón de la habitación.
―Por eso ―agregó el medico, mirándola con fastidio― y porque creímos conveniente hacerlo, puesto que ella fue quien te atropelló.
―¿Qué? ―esa queja me dolió más que cualquier cosa.
―¡Marcus, quedamos en que no le diríamos nada!
Con las pocas fuerzas que tenía me puse de pie y busqué mi ropa, muy despacio. Mientras tanto, aquellos dos estuvieron un buen rato discutiendo las razones que motivaron a que terminara durmiendo en ese lugar. No había que ser un genio para entender la relación.
―Entonces ―pronuncié cuando terminé de vestirme― me atropellaste con mi propia kooba. Fui víctima de mi propio vehículo, por eso no me llevaste a un hospital. Aprovechaste que tu nuevo marido es médico para no quedar en evidencia por tu error, ¿no, Rebecca?

 Sus ojos color miel se posaron sobre mí, con un rayo de odio que recorrió de manera electrizante mí ser. Aquellos ojos que alguna vez tuvieron una mirada dulce y sincera, llena de amor y cariño, ahora se encontraban teñidos del rojo sanguíneo de una ira visceral. ¿Por qué? Vaya a saber su perfecto dios por qué.
Me dolía hasta la punta de los dedos, pero no me importó. Con las pocas fuerzas que tenía tomé un taxi y me fui a casa, no sin antes advertirle que tomaría medidas judiciales al respecto. Ser atropellado con mi propio auto y no llevarme al hospital para evitar preguntas y papeleo, no podía esperar menos de Rebecca. Seguía siendo el ángel de la muerte que alguien me había enviado por puro odio y desprecio, aquella que tanto practicaba el concepto anyonita en la teoría pero jamás en la práctica.

En el ínterin, caí en la cuenta que habían pasado 36 horas desde que salí de la casa del viejo Jilly. Tenía tres llamadas perdidas de mi jefe y dos de Kan, más un mensaje de texto contundente: “LLAMAME. TENGO LOS DATOS QUE ME PEDISTE”.
junio 16, 2014 - , 1 comentarios

Capítulo X: bips, berps y eeeerps

—¡Sacuda la linterna, hombre!
La voz del viejo me regresó al presente. La inútil linterna que me había dado trajo más traumas a mi mente de los que necesitaba. Como el viaje a la isla. Agité la herramienta hasta que se encendió después de titilar un par de veces. Ya no temía que se me fuera a cerrar la puerta detrás porque el vacío que había experimentado en el recuerdo había escarbado muy profundo dentro de mí.
El húmedo sótano del viejo Jilly emanaba un nauseabundo hedor a raíces podridas, moho y distintos tipos de perfumes que mi nariz era incapaz de percibir. El sótano medía, en promedio, cuatro metros cuadrados. Dudé poderosamente que alguna máquina o artefacto del volumen necesario para provocar un cortocircuito a gran escala pudiera ser transportado allí. Por más trabajoso que fuera aquel oficio, sería bastante complicado haberlo hecho pasar por una entrada de puertas dobles en la inclinación en la que se encontraba. ¿Qué tipo de maquinaria habría visto aquel viejo con la mitad de su ojo bueno? Yo no creía ni un poco en las palabras de aquel semi-androide desde que me había presentado en su casa hacia unos escasos minutos, seguramente se trataba de algún timo para sacarle dinero a la prensa o a los agentes del gobierno. Sin embargo, no pensaba que Kan no era tan taimado como para hacerme esto, o tal vez sí...
La decoración precaria de la habitación parecía sugerirme que se trataba de un antiguo desarmadero de Robots, viejas herramientas de extracción, destornilladores, pinzas y artilugios aun más complicados que escapaban a mi conocimiento. Después que se prohibió el uso de inteligencia artificial por parte de la Unicidad por alterar conceptos de ética humana, los artefactos fueron destruidos o utilizados como complementos para seres humanos que se encontraban transitando alguna discapacidad, personas sin brazos que podían volver a tocar cosas con sus dedos o accidentados sin posibilidad de supervivencia recuperaron sus vidas gracias a esta práctica que, en muchas ocasiones, se realizaba de manera clandestina. Así había conseguido seguramente sus mejoras aquel viejo, aunque debido a la desaparición de los robots y del mercado negro de sus partes, el taller habría dejado de funcionar hacía mucho tiempo, seguramente. Eso explicaba su deplorable estado.
El suelo era de tierra y, mirándolo más de cerca, parecía dibujar una extraña figura. Como si efectivamente algo hubiera estado puesto ahí hacia poco tiempo. Era un gran rectángulo de no más de dos metros de largo por uno de ancho. Aquella forma no me sugería mucho sobre lo cual deducir. No había cables ni alguna otra cosa fuera de lugar, parecía haber sido limpiado por un escuadrón de la mafia, como los que manejan los cárteles de la droga en las afueras de Cristófobos: los famosos caalanitas. Entonces, sin más pistas, decidí salir a la superficie, puesto que el olor era tremendo y no soporto mucho estar en lugares cerrados gracias a la debilidad de mis pulmones.
—Usted sabe algo más y no me lo está diciendo —dije mientras tomaba aire.
—No, señor —se puso tan nervioso que sus circuitos emitían un sonido atroz—. Le dije todo lo que sé. No quise entrometerme más. Necesitaba el dinero, no es fácil mantener este cuerpo tan averiado, ¿sabe?
—Sobre todo desde que ya no hay más robots a los cuales desarmar, ¿no?
El pobre hombre empezó a mover sus manos y a decir incoherencias de una manera que me es difícil de explicar, porque balbuceaba, respiraba y sus partes metálicas emitían sonidos que se confundían con su voz. Por momentos pensé que su voz natural era aquella sucesión caótica de bips¸ berps y eeeerps.
—De acuerdo —respondí harto de su excusa ininteligible—, vamos a hacer una cosa. Escúcheme. No voy a tomar ninguna represalia contra usted por haber sido el proveedor, digámoslo así, de este crimen que se cometió. En retribución, usted se pondrá a mi disposición en lo que necesite para saber quién fue la persona que llevo a cabo esto. ¿Estoy siendo claro?
Mi voz autoritaria y casi chillona me hacía reír por dentro.
—Quiere decir que conservo mi casa, ¿no?
—Sí. En la medida en que colabore conmigo, si es que yo no llego a encontrar al responsable.
Me estaba metiendo en un lío, lo sabía. Estaba jugando al detective en una ciudad grande y ancha como el espacio que nos divide del reino de los cielos. Pero necesitaba esa historia, estaba volviéndome ciego, sordo y estúpido por tener la historia de la muerte de Reiht. Tanto es así que hasta estaba investigando el trabajo que se me había encomendado desde un principio para obtener algo de la muerte del magnate.
Estreché la mano humana de Jilly y le prometí que regresaría pronto porque confiaba a medias en él. No me importó decírselo. La apariencia de viejo senil y piadoso me había conmovido durante unos minutos, pero después imaginé sus manos grasientas despedazando androides que seguramente no habían sido desprogramados y gritaban por misericordia. ¿Con cuántos seres humanos podría haber hecho lo mismo? Posiblemente me haya salvado de su sótano esa vez.
¡Stavros! ¿Ya me extrañas?
—Kan, no estoy para bromas. Estoy volviendo de visitar ese dato que me pasaste. Necesito investigar un par de cosas, pero quizás tengas mejor acceso a esa información si viene de parte del Ministerio de Planificación.
Dime, no tengo mucho tiempo.
—Quiero el registro de propietarios de las tierras aledañas a las de Jilly o, en su defecto, quién fue el dueño de esas tierras desde el origen de los asentamientos. ¿Es posible que me consigas eso?
Sí, pero necesito que me des un día como mucho.
Necesitaba empezar a escribir algo y veinticuatro horas de inactividad me iban a terminar matando. Sin embargo, accedí antes de cortarle. ¿Qué haría ahora? Tenía el resto del día libre y no se me ocurría nada para hacer, quizás podría correr un rato por el parque… ¿en qué estaba pensando si mi condición física no me permitía hacer ejercicio? Podía buscar una idea para escribir un libro, aquel que siempre postergaba por culpa de mis traumas latentes y mi miedo constante al fracaso.
Me perdía en preguntas tan estúpidas que no respondían a qué podía hacer. Estaba tan perdido en mis pensamientos que simplemente recuerdo cuando guardé el teléfono en el bolsillo, pero nunca escuché la bocina que sonaba y sonaba mientras cruzaba la calle. Lo último que recuerdo fue algo de metal que me golpeaba por el lado izquierdo y me hacía dar vueltas, como tres vueltas di… después sentí el olor del asfalto caliente, una frenada y un grito, no sé si era una mujer o un hombre porque todo empezó a desvanecerse, el tiempo parecía pasar más lento de lo habitual y las voces se volvían graves hasta perder el sentido. Luego todo se oscureció y no pensé ni siquiera en mi muerte.
junio 09, 2014 - , 0 comentarios

Capítulo IX: Astrid

Desde pequeño decía cosas incoherentes. Muchas. Mis padres siempre dijeron que mi imaginación era más grande que todo el sistema planetario que nos rodea, pero nunca hicieron mucho para que sea provechosa. Siempre existía algo mas allá de este planeta, en ocasiones creía hablar con alguien de otra galaxia, donde los animales vivían en cautiverio para entretenimiento de los hombres y donde el día duraba un solo sol. Cosas tan descabelladas solamente se le podían ocurrir a un niño de ocho años, pero la situación fue empeorando con el paso de los años.
Cuando tenía 13 empecé a ver cosas que no pertenecían a este plano físico. Los fenómenos paranormales no se sucedían en la vida de una persona como si fuesen pruebas que uno debiera pasar, hasta que mis padres decidieron enviarme a una escuela orientada a chicos con la misma condición que la mía. Así fue que aprendí a desarrollar mi mente cognitiva, el manejo de energía, la percepción extrasensorial (mal llamada “extrasensorial” puesto que la percepción es nuestro sexto sentido), la comunicación con seres extradimensionales y canalización de mensajes de seres interdimensionales. Me esforzaba día a día por utilizar aquellos “dones” al máximo y ponerlos al servicio de la evolución de nuestra especie. Sin embargo, el idealismo me volvía ciego y fui muy imprudente al pensar que todo era luz y que la oscuridad no podía tocarme.
Creo que tenía 15 años, el recuerdo es un poco borroso a veces y se hace claro por momentos. Siempre es así con la oscuridad, juega con tus sentimientos pero también manipula tus pensamientos a su antojo. No sé con exactitud si tenía quince, solamente puedo ser certero al asegurar que fue poco tiempo después que empecé con el manejo de energías y fenómenos que pocos entienden. Un día empecé a tener pesadillas horribles que acababan despertándome sin aire, sin poder gritar, sintiendo unas huesudas y frías manos apretándome el cuello hasta sentir el crujir. La textura de las falanges aprisionando mi carótida era tan real que comencé a tenerle terror a quedarme dormido, quizás moriría en mi afán de un poco de descanso.
Poco después conocí a Astrid, una mujer con la que me crucé en la calle una noche que vagaba sin querer dormir. Astrid tenía la belleza de un ángel y la voz de un serafín, los ojos azules, los cabellos negros, la tez morena y un cuerpo por el que cualquiera hubiera perdido la cabeza. Me juró durante días enteros que se había puesto en contacto con un nefilim, uno de esos cuidadores planetarios, y me había asignado para estar bajo su cuidado.
Astrid fue mi primera mujer, me enamoré de ella como podría enamorarse cualquier adolescente de la madurez de una mujer experimentada. Entonces me alejé de las cosas espirituales que tanto amaba, dejé de tener contacto con los distintos seres, mi manejo de energía mermó y hasta me había vuelto un ser malhumorado y pendiente de su aspecto físico. Por ese entonces me encontraba atlético y bien parecido, con el cabello fuerte y la piel tersa. Gracias a ella me ausentaba semanas enteras de mi casa y vivía donde se encontrara su persona, enredándome en su cabello o perdiéndome en sus ojos; hechizado por sus palabras era capaz de hacer lo que a ella se le antojara. Incluso invocar genios antiguos.
En aquellos rituales perdía la conciencia, muchas veces despertaba desnudo al lado de ella, con sangre en las manos que no sabía a quién pertenecía. Por lo general no era de ninguno de los dos ni de ningún animal. Era muy extraño. El frenesí me abría tanto el apetito que en sólo cuestión de meses aumenté unas veinte onzas[1] de peso. Mis ojeras se habían incrementado y no toleraba con facilidad la luz del día, por lo que me había vuelto un ser noctámbulo que pensaba que el poder de las cosas residía en la oscuridad.
Mi espíritu, poco a poco, se distrajo de lo que estaba haciendo. Y un día, volvió en sí.
En ese momento, estaba boca arriba dentro de un cuarto. O era una cueva. Hacía un frío terrible, lo sentía colarse entre mis huesos. Pero no me podía mover. Intenté por todos los medios mover alguna articulación. Nada. Pensé y envié información a mis extremidades, pero no encontré la respuesta que necesitaba. Algo me estaba manteniendo prisionero mientras el frío se sentía en aumento; tuve la sensación de estar desnudo y a la intemperie. Me empezó a doler la carne, sentía los huesos como si fuesen trozos de hielo en mi interior y mi respiración se agitó de manera estrepitosa. Tuve miedo.
No pude calcular las dimensiones de aquel lugar. La absolutez de la negrura me quitaba la capacidad de orientarme y por eso podía estar tanto en un cuarto diminuto o en una llanura a cielo abierto y no darme por enterado. ¿Por qué estaba allí? Me había convertido en algo peor que un ciego, me había vuelto un invidente. Alguien que se negaba a ver su propia realidad.
Divisé algo acercándose, algo que levitaba y se paseaba como una entidad del bajo. Algo de un color magenta brillante, un aura furibunda y violenta se acercaba. Estaba en el bajo astral y lo ignoraba. Comencé a escuchar gritos de fondo, lamentos y suplicios. Astrid se me acercaba envuelta en llamas rojas, mezclándose con la oscuridad; su aura danzaba como en un ritual demoníaco en medio de la oscuridad. Entonces tuve miedo. Estaba paralizado por el terror. Me mantuve en silencio, cerrando los ojos e implorando despertar de una vez por todas, cuando el aliento putrefacto de una mujer en estado de descomposición me invadió y me quiso besar. Era Astrid en toda su esencia, sólo que fui tan idiota que nunca lo noté.
Ella solamente quería mi potencial, la energía “sagrada” que decía que escondía mi cuerpo. Después de cometido su latrocinio podía tener la gracia de quedarme a su lado o succionarme el alma tan rápido que ni me daría cuenta cómo pasaría de una vida a otra. Sin embargo, tenía muchas ganas de seguir viviendo esta vida, quería estudiar periodismo y trabajar en las grandes corporaciones, llevar historias grandes a gente común. Deseaba ser parte de la vida. Quizás fue en ese momento, mientras Astrid hacía realidad mis antiguas pesadillas de manos sofocándome, cuando dejé que mi energía hiciera un remolino tan potente que despojó a la bruja de mi ser.
Al otro día desperté en mi cama, bañado en sudor. Nunca pude explicar qué me había sucedido. ¿Dónde había estado? Desperté esa mañana y tenía el aspecto que tengo desde entonces, estaba más gordo, con una avanzada calvicie que solamente me dejaba tener el pelo largo en la parte de atrás de la cabeza, la piel grasosa y manchada en algunas partes, había desarrollado miopía y asma, además de un síndrome de sedentarismo apabullante. Y, como para sumarle algo, le tenía pavor a la oscuridad.
Le tenía terror a los ambientes oscuros.



[1]Equivalente a 1,23 kg.
junio 04, 2014 - , 2 comentarios

Capítulo VIII: descenso

*** Después de una semana complicada entre embalajes, fletes y cajas por doquier (nadie dijo que una mudanza sea lo más fácil del mundo), he aquí un nuevo capítulo de "Galleria". Espero sepan disculpar las demoras. ***

Adohí Jilly me mostró en profundidad su “humilde” morada. No era muy espaciosa, pero parecía albergar muchas más comodidades de las que uno pudiera pensar, incluso mirando la derruida construcción desde afuera. La casa tenía tres habitaciones, dos pisos y un hermoso patio trasero que estaba menos descuidado que el resto de la casa. No dormía en ninguna de las tres habitaciones, lo hacía en la sala de estar. Esos cuartos eran museos de lo que alguna vez fue su vida.
—Cuando me vine a vivir aquí, me traje todo conmigo y lo acomodé tal cual estaba en mi casa. Aquí fue donde perdí todo lo que una vez fui, perdí la mitad humana. Debajo de estas paredes yacen los cuerpos de mis hijos, arrancados de mis brazos por las fuerzas de la opresión.
El relato de Jilly hizo que se me encogiera el corazón, dejando al descubierto que casi siempre hay una explicación racional (o no tanto) a un comportamiento humano. Las habitaciones estaban decoradas como si hubiese niños viviendo allí todavía; el cuarto matrimonial, en cambio, era oscuro y podía oler algo quemado. Quizás estuviera siendo rehén de la mentira de un viejo loco, pero su ojo era tan sincero que por momentos le creí. Le pedí que me condujera al sótano, no podía seguir perdiendo tiempo en detalles que no conformaban los hechos.
El famoso sótano del que hablaba Kan tenía vedada la entrada desde la casa “por orden de quien rentó la habitación”, la única forma de entrar era abriendo unas pesadas compuertas adheridas al suelo en el patio trasero de la casa. Salimos y rodeamos la humilde residencia hasta el patio trasero, levanté las pesadas compuertas de hierro y unas inmensas nubes de polvo se elevaron hasta hacerme estornudar. Puse el pie en el primer escalón y me asomé para contemplar la oscuridad que se arremolinaba con el aire húmedo en perfecta comunión.
El anciano me alcanzó una linterna y se disculpó haciendo que su medio cuerpo robótico emitiera pitidos y zumbidos cada vez más fuertes.
—Me va a tener que disculpar, señor. No puedo bajar por esas escaleras traicioneras. ¡Todavía no puedo creer cómo alguien pudo bajar una máquina por esas trampas mortales! Yo lo esperaré aquí fuera.
De repente sospeché que algo no andaba bien. Había obviado totalmente  la parte que mencionaba a una máquina bajando por las escaleras de su propio sótano. No me acompañaría a inspeccionar. ¿Por qué dejaba que me entrometiera en su propiedad sin siquiera una orden? Seguramente el miedo a las autoridades era tan grande como decía Kan, pero aun así un viejo desconfiaría (y más si era un superviviente del asedio, que en tan alta estima tienen a los funcionarios del gobierno). Funcionarios… ¿Kan me había mandado a la boca el lobo para “silenciarme”? Sin pensarlo mucho, era el plan perfecto, buscaba indicios para él y, de no encontrarlos, sería una amenaza más que pasaba a la historia. Quizás no llegaría a los ochenta y tantos a lucir mi medio cuerpo androide.
Kan no era un psicópata. Podía ser una persona con un cierto grado de “síndrome de impulso homicida no psicopático”, creo que lo llaman así. Y, siendo totalmente sincero, no sé cómo consiguió llegar hasta el Ministerio, quizás para limpiar un pasado político nefasto que arrastraba desde la Caída o porque era el hijo de un acaudalado filántropo que había visto el final de sus días en una sucia celda de la isla de Tyan. Desconozco cómo fue que aprobó el examen psicológico, lo único que sé es que en el momento de su ascenso la Unicidad, el gobierno a nivel global, estaba dando sus primeros pasos y no les estaba yendo muy bien. Necesitaban un poco de “mano dura”. Un poco de Kan.
El medio-androide Jilly me seguía mirando como compadeciéndose de mi. Yo, por mi parte, estaba en una guerra contra mi desconfianza hacia las personas, puesto que siempre queda una pizca de ingenuidad en un ser humano capaz de llevarlo a cometer los peores errores. Pero de esos errores se puede aprender, siempre.
Finalmente tomé la linterna y la encendí. Por lo menos funcionaba.
—Quizás deba esperar que llegue mi compañero —mentí—. No solemos hacer inspecciones sin apoyo. ¿Sabe a qué me refiero?
—No se preocupe —estuve totalmente confiado en que me decía la verdad—, yo lo esperaré aquí afuera.
Vuelvo a repetir, no podía seguir perdiendo el tiempo. Sea que me mintiera o me dijera la verdad, tenía que continuar la investigación y descartar rumores. Me tomé del borde de la puerta y comencé a descender escalón por escalón, esperando que el semihumano que me escoltaba cerrara las puertas y echara llave en cualquier momento, enterrándome en vida.
“Y, mientras Sheitán y sus hijos reían y gritaban, se oyó una voz como un trueno, que decía: Abran sus puertas, ustedes, impíos príncipes. Ábranse, puertas eternas, que el Rey de la Gloria quiere entrar”.
En el momento del descenso, recordé uno de los pasajes mas citados por Rebecca cuando recitaba sus escrituras anyonitas. Anyo había descendido al Averno, a la hoguera de las almas, antes de vencer al mal y volver a caminar entre los vivos.
Después del décimo escalón, pisé sobre una textura diferente. El suelo del sótano parecía arenilla con trozos de piedra. El olor a humedad empezaba a ser nauseabundo, como si hubiera agua estancada en algún lugar desde hacía muchos años. La linterna empezó a parpadear y se apagó repentinamente. Me quedé quieto unos minutos, pensando no sé bien en qué, pero no era ni miedo ni desconfianza, parecía estar contemplando mi alrededor con la intuición.
Detrás, la luz del sol menor iluminaba hasta el séptimo escalón y las penumbras se tragaban el camino que tenía por delante.
—¡Agite la linterna! —me habría gritado el viejo.

Sin embargo, mi percepción me estaba llevando a un viaje con consecuencias nefastas quizás. Aquel oscuro cuarto húmedo sacó a la luz algo que había estado escondido en lo más profundo del ser. Había bajado las escaleras de mi memoria y ahora me estaba por perder en un cuarto oscuro de mi mente; la voz del viejo Jilly ya no era un problema, tampoco mi desconfianza hacia él o morir en el fondo de su sótano, ahora me asustaba quedar encerrado en el sótano de mi propia mente.
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