mayo 14, 2014 - , , 0 comentarios

Revés

(Texto originalmente publicado el 17 de septiembre de 2008, sin ningún tipo de edición. Perdonen los errores)



Lo que necesitaba imperiosamente era algo de aire, sucedía en algunos casos que el ambiente diario me nublaba la vista, el aire enviciado por mis propios problemas me causaba más problemas. Mi mente necesitaba un poco de aire fresco para poder pensar o encontrar una salida y planear su propia fuga de mí, en fin, necesitaba e imploraba por dejar los problemas en casa e irme. Recuerdo muy bien que era un día de semana, parecía uno de esos viernes en los que iba a terminar de madrugada, con una borrachera infernal, alguien tirándome agua en el rostro y yo, desde la inconsciencia repitiéndome por qué me había encaminado a sentirme tan terriblemente mal. Lo malo de las borracheras es el día después y esa infinita plegaria que se eleva por que el suplicio de la resaca termine de una vez y no se lleve todos los lamentos del día. Pero era uno de los viernes en los que no necesitaba escribir otra historia de vísceras revueltas o cólicos hepáticos, simplemente quería que fuera algo escapista, alguna salida que me diera a entender que había algo más que las cuatro paredes que me separaban del mundo. Incluso podría llegar a haber uno que otro trago, no lo niego, pero eran dadas las circunstancias, precisaba ser parte del mundo exterior pero no de ese enfermizo. Me llamaron mis amigos, me arreglé lo mejor que pude y salí a encontrarme con ellos.
La noche empezaba en cualquier bar, quizás en el más alejado de toda la zona, pero qué más daba. Aprovechemos que mañana no tengo trabajo, perdámonos por aquí, entremos allá… a veces no temíamos de entrar en la recepción del mismo infierno. Camino a esos lugares estaba todo lo que adorna a la sociedad, el contraste de las clases sociales, la droga, los niños y una especie de collage muy poco probable que pudiera llegar a escaparle a la imaginación de cualquiera. Las tribus adolescentes, aquella excitación que solamente motiva a la imaginación de los jóvenes por un corto lapso de tiempo, eran casi los dueños de las calles, avenidas principales y veredas donde se erigían los bares de la zona céntrica. Más allá de ahí, nosotros nos considerábamos “normales”. No teníamos avatares de la delincuencia, no teníamos fotos con cara extraña en alguna página de internet conocida o simplemente, no dejábamos que el pelo nos tapase la mitad de la cara. Quizás fue por cuestión de principios o todos comprendíamos que las modas solamente significan comercialización y aquellos que quieren hacer una revolución no saben que están siendo esclavos del merchandising. Consideré que no era momento, lugar ni mi intención darles una orientación a aquellos infelices librados al azar, si quieren orientarse que se consigan un perro lazarillo o que los exterminen. Francamente me resulta indistinto.
Yo intentaba deshacerme de su recuerdo, recordar quizás que debía olvidarla o cualquier experimento extraño que un adolescente puede llegar a poner en marcha para dejar atrás su sufrimiento sin olvidar ni dejar de sufrir. Pero consideré que sería mejor si ellos lo ignoraban, no quería pasar a ser el único que demuestra que sufre por una mujer. Además el stress de la novela que estaba escribiendo me estaba matando, me nublaba la vista, no me dejaba avanzar ni siquiera laboralmente. Pude comprobar al fin que saliendo un poco estaba mejor, me estaba olvidando de muchas cosas, reía con las ocurrencias de quienes me acompañaban. Hacía mucho tiempo no me sentía así. Llegados al bar, ubicamos una mesa dentro, cerca de los sanitarios y comenzó la duda acerca de qué tomar. Por lo pronto una ronda de papas fritas acompañaría cualquier tipo de brebaje que pudiera ocurrírseles: esa noche andaba sin preferencias. Podría haber sido una noche como cualquier otra, tapándome la cabeza con la almohada en mi cama reconociendo ser lo peor o también estar fingiendo ser el mejor en un prostíbulo poco decente de cualquier mundo. Pero no: esa noche estaba con mis amigos. Pidieron dos cervezas, sentí que había arrancado todo. ¿De qué hablar ahora? Política, no. La verdad es que a veces las conversaciones que los hombres mantienen suelen ser aburridas, porque no puede hablarse más que de deportes, de mujeres y muy ocasionalmente de cosas que tengan que ver con la tecnología o de dinero. Traté de mantener el clima, sabía que debía acabar de una vez con la mala racha que me aquejaba. Necesitaba también darle un revés a mi destino, quebrarle el saque. Aunque sea ganarle una partida. La música no era de la más agradable, tenía gustos raros, es más: ni siquiera tenía ganas de escuchar las trivialidades de las que estaban hablando mis amigos o las banalidades que terminan vociferando cuando la borrachera los toma por esclavos. Pero, en fin.
Cuando pareció ser una noche como todas las demás, pasadas las dos horas desde la medianoche, dos chicas llegaron al bar y se ubicaron a unos metros de distancia de donde nosotros estábamos. Y parecía que solamente yo las había visto entrar: una era de escasa estatura, cabellos castaños claros, ojos oscuros y una curvatura que parecía recientemente dibujada por la mano de un animador entusiasmado. La otra era igualmente bella, aunque un poco más alta y más delgada, su cabello negro caía lacio y reluciente hasta la altura de su cintura, despechugada y exuberante, con ropa sugerente a hacer explotar todos mis sentidos. Quedé impresionado. Tenía que haber sido una señal, las dos me gustaban pero no estaba seguro de llegar a poseer a ambas o, aunque sea, a una de ellas. Pero debía hacer el intento. Le llamé la atención a uno de mis amigos y le propuse ir por el tesoro, cualquiera de las dos para cualquiera de nosotros dos. Sin embargo, expuso que no podía porque si su novia se enteraba iba a terminar de la peor forma. Yo no daba crédito a lo que estaba sucediendo, no tenía la valentía suficiente para ponerme de pie e ir hacia su mesa y exponer cualquier elemento estúpido de conversación, pero sentía que sería mi oportunidad de vencer a todo eso malo que me decía “no” como si alguien o algo pudiera llegar a decirme qué e lo que tengo que hacer y qué cosas no. Lo analizaba detenidamente mientras ellas reían con sus propios chistes y en mi mesa se vaticinaban discusiones sobre cosas de las que mucho no entendía y pasaban los energizantes con bebidas blancas y los licores.
Debía ser eso. Llamé a la moza, cantinera, mesera o como sea que se le dice a la chica que estaba sirviendo las mesas y le pedí una botella del mejor vino espumante, pero al pagarlo ordené que se lo enviaran a la mesa de las dos chicas de la punta, sí, aquellas que habían llegado hacía sólo cuarenta minutos. El flaco está loco, perdió un tornillo antes de entrar a este lugar o quizás vino así de su casa, está raro: seguro sigue con sus sueños extraños de encontrar a la mujer de sus sueños en alguno de estos lugares, puede ser que siga llorando en silencio por esa que jamás fue suya y creyó todo lo contrario. Esta noche el flaco, amigos míos, no tiene ganas de pensar más que en alguna de aquellas dos. ¿Cuál de las dos? ¿La de escote pronunciado? ¿O la de falda de jean? Quizás estén lejos de lo que esperas en una mujer. El asesinato de esperanzas venía por su lado que, a modo de bromas para sacarme de mi ensimismamiento, surgían. Pero no terminarían jamás de dar crédito a la estupidez que hice al enviar la botella hacia un lugar que no era nuestra mesa. Ninguno de los que estaba de espalda a ellas se animó a voltear a ver cuando la mesera señaló desde dónde venía aquel inusitado obsequio. El rostro de ambas fue de un asombro tal, que no sentí ni siquiera una pizca de denuedo. Al primer intento de devolver aquella botella de vino, me haría humo del local. No obstante la aceptaron y me llamaron con insistencia hacia su mesa, tuve que ir solo ya que nadie atendió mis suplicas de acercarme. Parece que el revés empezaba a resultar.
El interrogatorio fue breve, conciso y me sirvió como para notar mi suerte. Los dos ángeles tenían una noche entera para festejar su encuentro, pero a mi no me interesó si era una despedida de solteras o qué. Yo buscaba compañía. Sí, era todo tan rápido y natural que ni siquiera yo podía creerme tan espontáneo. La castaña se llamaba Irene, tenía unos 23 años, era estudiante de medicina y tenía pareja desde hacía un año más o menos, jamás especificó, no buscaba ninguna relación formal ni mucho menos serle infiel a su pareja, por lo que fue un alivio encontrar alguien así en un lugar tal. Era alguien digno de fiar al fin y al cabo. No había nada que llegase a darme la pauta que la otra chica tuviera también pareja, más bien por la forma de ser y de vestir me daba la impresión que era solitaria y le gustaba las relaciones casuales. Entonces expresé mi parecer.
—No te equivocas en nada.
Mi contento fue grande, pero todavía o tenía nada asegurado. Así que sin pensarlo, las palabras comenzaron a escaparse de mi boca sin control alguno. Le comenté que había sufrido mucho, que necesitaba cambiar el aire de mis soledades, de mis sufrimientos y nimiedades. Fue todo tan espontáneo que le dije que quería conocerla, estar con ella y hasta le cuestioné si eso era posible. Ella, como con lástima y descontento al mismo tiempo, me miró a los ojos y con un tono de voz impertérrito y bajo, contestó:

—Yo soy su pareja —y besó en la boca a su amiga.

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