mayo 26, 2014 - , 2 comentarios

Capítulo VII: el sótano del viejo Jilly.

Las calles de la ciudad de Cristófobos tienen una forma muy particular. La milla número cero se encuentra en el centro, desde el Capitolio central se proyectan 32 calles perfectamente diseñadas por el arquitecto Sigmund Das que se extienden hasta cien millas de la zona céntrica. Las que cortan a estas calles se les llaman “círculos”, debido a que son circunferencias concéntricas al Capitolio que se van extendiendo hacia el exterior. De esta manera, los diferentes barrios están formados por la intersección de calles rectas y diagonales con los círculos, distinguiendo cada casa con un número en común. La numeración de las calles van del 1 al 32 en sentido de las agujas del reloj y la de las circulares comienza por el 1 al 52 en sentido al poniente.
La calle 7 estaba poblada de casas de dos plantas, algunas más viejas que otras, más espaciosas o menos lujosas, pero había una en particular (como me había dicho Kan) que resaltaba del resto. Esta casa que buscaba era la más derruida de toda la sección, podía tratarse de una casa de ánimas perdidas, donde se practicaban rituales con magia negra e invocaciones malignas; las maderas podridas por el paso del tiempo parecían la dentadura ennegrecida de una vieja bruja de cuento de hadas y podía escucharse crujir con cada viento fuerte que soplaba desde el Poniente. Aún así, era una casa común y corriente con un dueño no tan común.
—¡Sí! ¿Qué quiere? —gritaron desde atrás de la puerta de entrada tras golpear unas cinco veces.
No pude responderle con rapidez, todavía sufría los embates de la resaca de la noche anterior. La puerta se abrió levemente hasta hacer tope con una cadena dorada que había al otro lado y servía de pestillo. Un ojo azul apareció y medio mostacho cano con la mitad de una boca intentó pronunciar de nuevo las palabras.

—Señor Jilly, vengo de parte del Ministerio —le interrumpí—. ¿Qué sabe del apagón que sufrió la ciudad hace unos días atrás?
—Yo no sé nada del apagón. Y ahora váyase —me dijo con un humor de mil genios avernales—, no tengo intenciones de hablar con nadie.
—Entonces le diré a los de Salubridad y a los de Infraestructura que no hablen con usted y tiren abajo directamente esta casa, que tantas normas está infringiendo.
Detrás de la puerta solamente se escuchó una respiración agitada. Jilly estaba meditando mi mentira más osada en el mismo instante en el que me planteaba si me había excedido en el poder que me había conferido Kan. Quizás estaba utilizando bien la cuota de poder permitida.
—No —respondió al fin, su voz parecía más calmada y sumisa—. Si tiran abajo esta casa, yo… Esta casa significa mi vida entera. Aquí nacieron tantos, murieron tantos y vivieron tan poco.
—Entonces ayúdenos, señor Jilly. Y le prometo que no tocaremos su propiedad.
El viejo cerró la puerta y quitó el pestillo. Cuando volvió a abrirla descubrí que se trataba de un hombre avanzada edad, unos setenta años aproximadamente. La mitad izquierda de su cuerpo era una horrorosa expresión de cables enredados, circuitos y metal a medio oxidar. Me quedé sin palabras y recordé que no había habido guerras en el país desde la Caída, por lo que estuve unos segundos pensando en la procedencia de aquel extraño hombre.
—Soy el último sobreviviente del asedio a Tetlán, si es lo que te estás preguntando.
—Pensé que habían muerto todos.
—Me dieron una pensión vitalicia a cambio de mi silencio. A la Unicidad no le gusta la mala propaganda.
«No me diga», pensé.
—Pero, fuera de eso —continuó—, no debería temerme. Sé lo que es ser ignorado por la sociedad. La gente pasa por la puerta y apura el paso, los niños vienen a gritarme cosas horribles por las tardes y los vecinos arman juntas para quitarme de este lugar, señor…
—Stavros… —respondí deseando que no estuviera familiarizado con mi rostro o con mi apellido.
—Señor Stavros. Esta no es una digna manera de vivir, pero cuando el dinero de una pensión vitalicia es cada vez menos redituable por lo alto de los precios, un hombre puede perder la compostura. Y ni hablar de la cordura. ¿Ha tenido deudas, señor Stavros?
—Sí.
«¡Vaya que sí!».
—No sé cómo fue que este hombre terminó golpeándome la puerta, yo simplemente pensé que era otro anionyta tratando de buscar fieles, un vecino molesto por el ruido de las maderas o un chico envalentonado a gritarme “fenómeno” en la cara. Pero me ofreció tanto dinero que no pude decirle que no, quizás lo sedujo la forma de la casa o que nadie sospecharía lo que estaba haciendo.
—¿De qué hombre me está hablando?
—Un tipo, era alto, moreno. No era muy corpulento, pero llevaba la frente alta. Parecía tener un aire burgués que no se ve desde antes de la Caída. Me dijo que había elegido mi casa porque en este suelo habían habitado sus antepasados o algo así, no le di mucha importancia cuando arreglábamos el monto que me iba a pagar.
—Entonces no le dijo su nombre.
—No recuerdo bien —un pitido agudo se escuchó proveniente de la parte metálica de su cabeza—. Eso sucede cuando quiero recordar algo. Dijo que necesitaba usar mi sótano, que estaba trabajando en algo delicado e iba a necesitar trasladar maquinarias, instalaciones eléctricas y demás. Yo no me opuse porque el sótano tiene una entrada desde el patio trasero.
—¿Nunca vio de qué se trataba?
—Joven —su ojo azul como el cielo encontró mi mirada y pude ver la sinceridad con la que hablaba aquel hombre abatido por la vida y las promesas políticas incumplidas—, si usted viera lo que me pagó, haría lo mismo que yo y no preguntaría tanto. Además, me pidió que no diera aviso a ninguna autoridad.

»Unas horas antes del apagón escuché unos gritos que venían de abajo. Cuando me acerqué a mirar todo estaba a oscuras y no me aventuré a husmear, si llegara a caerme por las escaleras podría encontrar la muerte rápidamente. Al otro día, encontré una nota de su puño que no pude descifrar, calculo que decía que se había marchado. Después de eso no lo volví a ver.

2 comentarios:

Un ermitaño por excelencia 26 may. 2014 11:22:00

Excelente cada vez voy sintiendo que esta no sera una mininovela sino una novela completa en todo asprcto. Saludos desde Honduras

Cristian German 26 may. 2014 11:41:00

Muchas gracias, lo considero una mininovela debido a lo efímero de su publicación y la poca profundidad que se tiene en una obra para que sea leída por un publico mas grande. Saludos desde Argentina!

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