mayo 19, 2014 - , 2 comentarios

Capítulo V: glorias pasadas.

Eran las dos de la madrugada. En el barrio de los Alerces todo el mundo dormía o, por lo menos, fingía hacerlo. Mi madre era una de esas que fingía. Para llegar hasta mi departamento, ubicado detrás de la casa de la arpía materna, debía transitar por un pasillo que comunicaba con la entrada, una especie de tranquera donde ingresábamos a la casa por auto cuando vivía feliz mi mentira con Rebecca. Apenas cerré la puerta, escuché abrirse la ventana del piso superior de la casa de mi madre.
—La gente decente no suele llegar a estas horas a su casa.
Levanté la mirada y le respondí con voz calmada.
—La gente decente tampoco suele husmear a los demás. Si tienes algún problema, puedes bajar y decírmelo en la cara. Si no, sigue en tu cueva con tus hechizos y calderas.
Mi madre dio un grito desesperado y cerró la ventana de un golpe. La escuché insultar en voz alta mientras se vestía y bajaba por las escaleras, yo seguí caminando hasta mi departamento que se encontraba cruzando el jardín de los dos grandes árboles en los que me columpiaba cuando era niño. Finalmente, escuché que se abría con violencia la puerta de la casa y ella, con sus pantuflas verdes, corría detrás de mí.
—¡Ven a decirme lo que estabas diciéndome recién! Cobarde —saqué las llaves y las coloqué en la cerradura mientras se acercaba enfurecida—. Si tu padre estuviera aquí, sabes la paliza que te daría, infeliz maleducado.
Cuando llegó al porche, ya tenía la puerta abierta y me había vuelto a mirarla, sus ojos estaban rojos de furia y su boca recitaba incoherencias, típico de su comportamiento, porque cuando se enojaba su mente trabajaba en una frecuencia diferente al de su boca y las palabras se encimaban, provocando una respiración agitada y una palpitación constante. No me importaba lo que le sucediera.
Le cerré la puerta en la cara y la dejé hablando sola.
El día me había dejado agotado, no particularmente porque haya sido laborioso, sino que las emociones intensas y los pensamientos pesaban mas en mis huesos que trabajar en una mina de carbón diez horas al día. Era muy tarde, debía irme de dormir, pero algo en mi cabeza no me dejaba descansar. Kan había llegado demasiado lejos y yo también al aceptar su propuesta. Pero, ¿qué podía hacer? No podía seguir permitiéndome ser un mediocre, no después de lo que había acariciado en el pasado. Las glorias pasadas no me dejaban dormir por las noches.
Me quité los zapatos y puse algo de música para relajarme, pensé que sería buena idea escuchar un cuarteto de cuerdas o una sinfonía en frecuencia media, porque quizás un exceso de tonos en baja frecuencia podría llevarme a danzar con los espectros de la oscuridad. Cosa de tontos, no me hagan caso.
Serví vino de fresias en una copa y me senté en mi sillón a escuchar las melodías que escupía el reproductor. En un instante, mi mente se transporto hasta otro lugar. No niego haber hecho viajes astrales alguna vez, es una vieja practica que enseñaban en el colegio para localizar otras culturas, otras dimensiones u otras existencias aparte de la nuestra, pero es de idiotas pensar que no existe en el universo más formas de vida que la propia. Sin embargo, no podía concentrarme en lo que intentaba hacer para relajar mis músculos, siempre venia a mí la voz desafiante de Kan:
“¿HAS VUELTO A LA ISLA?”
No entendí por qué había decidido jugar esa carta, hasta que vi el cuadro que colgaba en la pared. Todo se reducía a aquello, que mi jefe de redacción me hubiese encomendado para hacer un trabajo imposible, que mis compañeros de oficina me vieran de manera desdeñosa, que mis fuentes se esfumaran de la noche a la mañana. En resumen, mi credibilidad había dejado de existir por acción de una simple llamada telefónica, mi vida se había arruinado por haber hecho bien mi trabajo, por mostrar cómo progresaba una sociedad que había sido condenada a muerte y que tuvo que ser rescatada de la miseria para construir un nuevo orden que pudiera mantener a raya a los sediciosos que siempre solían aparecer. Rebecca fue la gota que rebalso el vaso de esa vida que ya se había salido de control.
Bebí el contenido de la copa y me serví más. Me acerqué despacio hasta el cuadro casi amarillento por el tiempo que había pasado y sonreí. Era el pasado lo que ahora olía a humedad y a viejo, era traer a la memoria los vestigios de una batalla ganada en una guerra que no daría tregua años después. Habían pasado cuatro años, miles de periodistas de segunda habían intentado llevarme por delante y que, cuatro años después, pudieron lograrlo. Incluso Newell Rot y sus ojos color ámbar habían podido robarme una historia a costa de acostarse conmigo.
Estaba fundido mental y financieramente. No había más nada que pudiera quitarme Rebecca, se había llevado hasta mis ganas de morir dignamente. Lo único que me quedaba del pasado era un pedazo de papel que reflejaba mi potencial, un viejo articulo para “El pasquín” como enviado especial a la isla más famosa de los últimos años. Recuerdo que las ediciones se agotaron por semanas y fui el centro de los aplausos, como así también el centro de todas las miradas despectivas a lo largo del continente. No me importo, como me importan tan pocas cosas de la política internacional. Y, sin embargo, debería haberme hecho eco de lo que decían de mí.
Descolgué el cuadro y lo admiré en silencio. Ver mi nombre en esa hoja me dio esperanzas de volver a escribir un artículo de iguales proporciones que me sacaran de la lista negra de las autoridades gubernamentales. Hacía unos ciclos pensaba que quizás mi nombre se limpiaría si escribía un libro contando mi verdad, pero entonces arribé a la conclusión que contar “mi verdad” era darle un sentido subjetivista a la totalidad. La verdad es una sola, no existen verdades individuales.
Si mi padre hubiese vivido para ver eso, saldría con su fusil a matarlos a todos. Así era papá, peleaba contra todo el mundo por su único hijo. Yo creo que, lamentablemente, salí a mamá. Espero no convertirme en ella un día, odiaría eso con todo mi ser.
Volví a la tranquilidad de mi sillón y, procurando terminarme la botella de vino esa misma madrugada, le quité el marco al cuadro y tomé entre mis manos la hoja de papel. Era tan frágil que apenas se escuchaba crujir entre mis dedos. Hasta aquella hoja se había vuelto tan frágil como yo con el paso del tiempo y los vejámenes psicológicos que había sufrido. Y era un tonto pedazo de papel. Había tantas cosas por escribir en el mundo y yo me había empeñado en volver a abrir una herida que parecía sellada, una herida que el resto del planeta debía olvidar por el bien de los gobiernos de todos los países.
Hacía cuatro años pensaba que nadie debía olvidarse de la llamada “Masacre Naranja”. Aún lo sigo sosteniendo.

2 comentarios:

Un ermitaño por excelencia 19 may. 2014 11:44:00

Nuevamente una gran entrada, Cristian, creo que es lo mejor de los lunes el poder leer el nuevo capitulo de "Galería".
Saludos

Cristian German 19 may. 2014 11:54:00

Muchas gracias por tu visita! Calculo que es una buena forma de comenzar la mañana. Saludos!

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