mayo 05, 2014 - , 4 comentarios

Capítulo III: el jinete acéfalo.

Para quienes no la hayan visitado todavía, la ciudad de Cristófobos, mi nación, se encuentra en el extremo sur del continente de Læntheria. Al norte limita con los climas tropicales de naciones como Shiam y Niam, las ciudades sin mar; al oeste, las cadenas montañosas nos alejan de la incivilizada manada de animales que se oculta al otro lado; y tanto al este como al sur, el mar de Lyt baña las playas de nuestra ciudad costera.
El Viejo Embarcadero, sin embargo, es una zona bastante complicada de describir. Se trata, como bien su nombre indica, del lugar donde antiguamente  embarcaban y desembarcaban las naves, como sucedió cuando llegaron los conquistadores y cuando los piratas penetraban a producir sus desmanes, doscientos años después de los primeros. Lo curioso que es que el Viejo Embarcadero en el fondo de un precipicio, el cual es un bosque. Se hace dificultoso llegar a este lugar llamado histórico por las autoridades porque se debe seguir un camino bordeando el bosque y desviándose unos cinco kilómetros hasta una bajada lateral que conecta con la costa y luego debe retomarse el camino por la “Bahía de los Condenados”.
Aquella tarde de mediados de mes, tomé el autobús que bordeaba la costa y me bajé a las puertas del bosque, en un paraje donde solamente se encontraba la garita donde esperar el bus en la mano de enfrente. El camino pavimentado era más frío aun cuando la bruma que se levantaba del suelo devoraba el camino. Bordeé cuidadosamente el bosque y descendí por la bajada que daba a la playa “Esmeralda” y camine unos cinco kilómetros hasta llegar a la Bahía, una dependencia del Ministerio de Defensa Civil rodeado por alambradas con gruesas púas y un puesto de seguridad con un hombre vestido de gris y un grueso fusil en sus manos.
—¡Las manos donde las pueda ver! —me gritó al mismo tiempo que me apuntaba con el arma cuando aparecí dentro de su campo visual.
Levanté las manos y declaré que iba a ver al Ministro, el oficial me miró con sospechas y habló por el intercomunicador mientras mis hombros se acalambraban, seguramente nadie sabía que Kan estaría allí esa noche. Después bajo el arma y revisó mis pertenencias, no llevaba mucho tampoco, solamente mi bolso con un anotador y hojas, además de mi teléfono celular. Entonces me dejó pasar.
Bahía de los Condenados es un lugar frío y oscuro, aún cuando el calor del verduum golpea sin cesar con sus tormentas y la pleamar en su apogeo. Quizás deba su atmosfera a la leyenda que se había creado alrededor de ella y que había llevado a la zona a ser vigilada por las fuerzas de seguridad. O posiblemente haya sido todo una excusa. Sin embargo, adentrarse en la Bahía no es tan fácil como caminar por cualquier playa de las que le rodean. No. Después de unos doscientos cincuenta metros se levanta el campamento alrededor de lo que le da relevancia a este lugar, la gran horca de Cristófobos.
En realidad, se trataba de un cadalso de unos treinta metros, una estructura de madera vieja que adornaba el centro del campamento, alrededor del cual se erigían las barracas donde los uniformados dormían. El tablado era imponente, puesto que disentía con el resto del paisaje, pero también le daba un toque feroz al campamento. Algo dentro de mí fue agrietándose al alzar mis ojos y ver las cinco cuerdas meciéndose al compás del sonido crujiente de la madera. Los cinco cuerpos que colgaban de la horca ni siquiera se movían.

—Inquietante, ¿no? —la voz de Kan fue como un trueno cayendo detrás de mí. Puso su gran mano sobre mi hombro y sentí el peso de sus ciento veinte kilos en sus cinco gruesos dedos.
—No sabía que seguías haciendo esto —contesté, no por nada los índices de delincuencia y tráfico de estupefacientes había descendido considerablemente—. Pero sabes que nunca he visto bien que prolifere esta lacra.
Kan se puso a mi lado, era un hombre fornido y temerario, sin mencionar que medía casi un metro más que yo.
—Solamente son narcotraficantes, Jan. Y sabes que lo hago aquí por una cuestión de discreción y… tradición. Aquí se hacían las ejecuciones públicas hace doscientos años. Mi abuelo en persona era el verdugo de los infelices que caían en la desgracia de morir aquí, donde nació la leyenda del jinete acéfalo.
Los hombres de Kan empezaron a bajar los cuerpos estrangulados de los prisioneros.
—¿Qué es eso del jinete? —pregunté mirándolo a los ojos.
—Verás —me condujo lejos del cadalso, intentando llamar mi atención—, mi abuelo fue comisario cuando esto era apenas un pueblito de seis o siete mil habitantes. De esto ya hace mucho. Como buen encargado de mantener el orden, mi abuelo condenaba a la horca o a la decapitación en igual proporción a los crímenes cometidos por los delincuentes, luego se abría el testamento y el Estado confiscaba un 30% del total por indemnización de los perjuicios ocasionados.
»Cuenta la leyenda, que un día mi abuelo tomó prisionero a un ladrón de diligencias y asesino profesional cuyo patrimonio era tres veces superior al de Loy Hamman, el ladrón más grande de todos los tiempos. El nombre del reo era Bhar, a secas. Bhar fue llevado al cadalso y decapitado sin juicio ni proceso, mientras él gritaba ser inocente y maldecía a mi abuelo. Como Bhar no tenía familia que reclamase su fortuna, el Estado se quedó con el total de su patrimonio y mi abuelo, ve a saber por qué, se quedó con la cabeza del bastardo.
»Desde ese día, Bahía de los Condenados se volvió un lugar azotado por la visita constante de un jinete sin cabeza que atemorizaba a todo el mundo y pedía justicia por su alma y la reivindicación de su cabeza cortada. Fue así hasta que mi abuelo solo y desarmado apareció en persona en la Bahía con la cabeza de Bhar. Lo encontraron flotando en las costas del sur dos días después sin cabeza, obviamente; en cuanto al jinete, nunca más se le volvió a ver.
Me quedé en silencio mientras llegábamos a la playa de estacionamiento del campamento. Sabía que la leyenda del jinete era conocida, pero ignoraba que el protagonista fuera su abuelo. Me abrió la puerta de su auto y me sonrió al notarme enmudecido.

—Es una leyenda, Jan. Mi abuelo fue el comisario más corrupto que tuvo este pueblo, mandó a ejecutar a cientos de inocentes y fue decapitado en una revuelta en ese mismo cadalso que viste. No fue ningún héroe, su nombre fue borrado de los registros y libros de Historia y a mi familia se le permitió seguir viviendo aquí bajo la condición de cambiarnos el apellido. Hermosa historia, ¿no crees?

4 comentarios:

Humberto Dib 6 may. 2014 11:04:00

Cristian, cuando vi que era un capítulo III no supe si comenzar desde aquí o ir hacia atrás buscando los dos anteriores. Me decidí por leer éste y luego leer todo de corrido, pues (te soy sincero) me cuesta seguir una novela o cuento largo a través de internet, ya que, o bien se me pasa de visitar una semana a un amigo (son muchos, lo habrás visto), o bien me cuesta hacer la pausa cuando deseo seguir leyendo más, lo que con un libro es lo más normal.
Comoquiera que sea, lo que leí me gustó, tienes un buen pulso narrativo y tu forma de contar atrapa, eso es fundamental.
Ya veremos cómo sigue, espero no perderte el rastro.
Un abrazo.
HD

Cristian German 6 may. 2014 11:53:00

Muchas gracias, Humberto. Se aprecia tu opinión y valoración, y también voy a intentar no perder el rastro de tus entradas. Un saludo.

Un ermitaño por excelencia 6 may. 2014 17:52:00

Cristian, como siempre un gran capítulo, ya ansío el proximo.
Saludos

Cristian German 7 may. 2014 7:51:00

Muchas gracias! Un saludo.

Publicar un comentario

Dime qué te pareció la entrada...

Se ha producido un error en este gadget.

Si te gustó, suscribite por e-mail