abril 01, 2014 - , 0 comentarios

Sexto día



¿Acaso me encontraba muerto? Ningún túnel me tomo ni me atrajo a caminar por sus claustros para encontrarme con otros muertos de mi existir. ¿Acaso estaba muriendo? Aunque mi mirada no se apagaba, ya estaba totalmente negro mi paisaje desde la tarde anterior.

Tal vez el agua y el viento frío se habían colado en mis huesos, con la fiebre ósea que cruje el esqueleto y que duele muy hondo. La hipotermia, ya sea de todo, de la soledad o de nunca poder haberla tenido más que para ser su bufón, para creer que me elevabas hasta la más hermosa de las nebulosas cuando en realidad me encarnabas el más cruento y oscuro inframundo. Los católicos lo llaman “inferno”.


Creo después de aquella tormenta, afuera es un día hermoso. Aunque no me importa. Esto es un exilio, no es un viaje de placer. Hoy tengo ganas de quedarme aquí, de ver mi interior, de estimar en qué escala involutiva me encuentro.

Quizás mientras me encontraba fuera de mí, algún Nerón quemaba su propia Roma, echándole la culpa a alguien que no tenía lugar en la historia. ¿Y si me embarqué al naufragio pensando que los demás tenían la culpa cuando en realidad quien ha dramatizado todo este anodino juego no fue otro más que yo? La respuesta dejaría al descubierto que todo lo que he escrito en mi vida fue en vano y que no sé qué es lo que siento. Y después tiendo a minimizar los hechos, socavo hasta lo más profundo y sigo en el mismo juego de perfilarme como un idiota más. O como otro hipócrita. Odio ser del montón.

No recuerdo si era la tormenta o la muerte, pero algo estaba obligándome a ordenar y limpiar mi interior. Y tuve que tirar el recuerdo de su voz y qué cosas le gustaban, cómo miraba… todo. Sin embargo, el tatuaje de su nombre seguiría ahí.

Esta balsa sigue tomada; yo, simplemente, debo comenzar por el principio. Aquí en mi popa, esas ánimas tienen eco, pero debo seguir limpiando todo, erradicar todo espíritu que obstruye mi libertad interior.


El quid del naufragio comienza a esclarecerse.




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