abril 08, 2014 - , 0 comentarios

Séptimo día (Final)


Al séptimo día, Dios despertó. Y, en su calidad de mujer, ese mismo día creó al hombre “a su imagen y semejanza”. Semejante estupidez —un pedazo de carne que camina— no es un invento, mas el hecho de que su raza aún hoy se prolongue es un milagro. Dios abandonó esa creación, cuanto menos la desheredó, quizá le regaló el cielo pero le cerró sus puertas, que siguen perteneciéndole a Ella. Imaginar un Dios como mujer le da mucho mas interés a nuestra existencia, pues el mundo está bajo el dominio de los hombres.

Dios creó este hombre al séptimo día, o al octavo… ¿a quién le importa realmente? Pero fue después que todos los truenos y relámpagos cayeran sobre su errante alma, incluso antes de que fuera carne. Y, al parecer, ese Ser lavó todo ignominioso recuerdo pasado del historial de su alma al hacerse carne y hacer su propia regresión.

Una de sus creaciones estaba en medio del mar.

En medio de la nada, inconsciente.

Ella tocó mis ojos con una cálida mano: el sol. El dolor en mi cabeza se había prolongado desde el final del día anterior. Sentí que la madera crujía, el agua susurraba otras coplas tropicales que naturalmente mis tímpanos desconocían, acostumbrados al desquiciado sonido de la contaminación y la desidia.

Continuaba con los ojos cerrados, ya la teoría de haber estado muerto se había desgastado en esas 24 horas posteriores al déjà vu del pasado, luego de la tormenta y de saber que quizá moriría de sed o de hambre. Allí, donde todos los lugares eran un paisaje y el  horizonte mismo tampoco tenia salida, el único escape estaba en mantener cerrados los ojos o mirar al infinito y encontrarse con la locura de frente.
Cuando por fin mis ojos se abrieron, pude ver pájaros que me hicieron pensar en las cercanías: tierra. Pero en ninguna dirección se divisaba, solamente niebla. Por lo menos pude ver pájaros y sentir inocentemente que algún lugar había detrás de la cortina de niebla. Quizás el lugar que me había costado días de preguntas sin respuestas.
Si se agotaba mi paciencia, estaba perdido, pues ya había cruzado el flagelo de todas las cosas posibles que la naturaleza podía ofrecerme para retrasar mi llegada. Y, sin embargo, no tenía horario de arribo.
Todavía recordaba las calles y las luces de los automóviles, de los camiones, el hormigón, los edificios, los colectivos, las motos, toda la mugre de la ciudad, los perros, los puentes, los trenes y sus estaciones, el fuego y el hielo, niños corriendo entre la basura, museos, casas antiguas, zaguanes, patios, pasillos, sótanos, ríos, dársenas, algún que otro dique, un riachuelo, televisores, radios, revistas y diarios, computadoras, internet, celulares… todo seguía igual allí.
Me había ido para cambiar algo, pero lo único que podía haber cambiado era yo. Nada de lo demás podía alterarse. Admiré con horror que todas las cosas que eran propensas a un nuevo estado de recapacitación futura, seguían allí. Los fantasmas de aquello que había superado en mi viaje continuaban tan encarnados como yo lo estaba.
Mentiría si les digo que intenté ser fuerte. Volví a mi celda gris, subí a mi balsa de madera, recalibré aquella brújula que era mi corazón y arranqué las hojas de esta bitácora que mañana empezaré nuevamente bajo otro titulo. Quizás no vuelvan a tener noticias de ella ni de mí, porque comenzará otra etapa totalmente distinta.

“Un eterno naufragio”.

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