abril 19, 2014 - , 0 comentarios

Prólogo

Esa mañana del octavo ciclo (llamado Achtiim) se habían cortado las comunicaciones de toda la ciudad de Cristófobos y parecía que una ola de suicidios en masa se estaba gestando por el pánico que causó. El problema, en concreto, era desconocido hasta para las autoridades y los medios de comunicación en general. El hecho es que nadie podía acceder a internet, llamadas telefónicas; los celulares se habían convertido en dispositivos para jugar o mirar la hora y todo aparato electrónico se convirtió, sin más, en obsoleto. Durante seis largos días, la ciudad estuvo a oscuras y la gente se entregó al caos, el cual afortunadamente fue sofocado por las fuerzas de seguridad civil, los Blancos. Al séptimo, todo volvió a la normalidad y las más altas esferas del gobierno se encontraban investigando el quid de la cuestión.
Naturalmente (y no es por tomar una posición escéptica) el gobierno y sus agentes burocráticos encontraron una explicación lógica a tal hecho; sin embargo, la explosión de una central eléctrica no excusaba con creces las alteraciones electromagnéticas que el supuesto estallido había provocado. Entonces empezaron a circular rumores de diversa índole. A saber, la más fuerte hipótesis era sostenida por los fanáticos de las conspiraciones y afirmaban que una raza de seres interdimensionales trabajaba en conjunto con científicos contratados por el gobierno y probaban una bomba electromagnética debajo de la superficie terrestre a fin de alterar las frecuencias de las neuronas humanas, modificándolas a su antojo para dominar a la raza humana; la siguiente en la lista suponía la caída de un asteroide de proporciones descomunales, aunque estaba en dudas su veracidad ya que el observatorio detectó un cuerpo entrando a la atmósfera pero fue casi cinco horas antes del apagón; y la última, pero no por ello menos interesante que las dos primeras, era sostenida por los sacerdotes anionytas y mencionaba la llegada de su Elegido y las señales que suponía este arribo: guerras, devastación y una larga oscuridad que abarcaría días y noches.
No obstante las teorías, nadie manifestó nada en concreto. Yo no me hice eco de todas estas suposiciones, simplemente me dediqué a hacer la vista gorda. Buscaba escribir un buen artículo para el semanario "El Pasquín" y no empaparme de la mediocridad de los tabloides amarillistas que abundaban como la hierba mala. No fue hasta que me enorgullecí de esto, que mi jefe de redacción me saludó con una terrible orden.
―Jan, ve a ver que dicen tus fuentes sobre el apagón. Seguramente algo encontrarás...

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