abril 12, 2014 - 0 comentarios

¿Platónico o imposible? (Completo)

***Con motivo del primer aniversario de este humilde blog, dejo el primer y más consultado posteo en lo que va de este primer año. Muchas gracias a quienes me siguen de manera anónima y a quienes siempre estuvieron desde el primer día como vos VRoffz. Te amo.***


Veo cómo la sombra de tu silueta se dibuja en la cortina que está en la puerta: los tibios rayos de sol de este invierno cardíaco contornean ante mis ojos la delgadez de tu cintura y la pronunciación de tu busto, tu delicada nariz de muñeca de porcelana. Sé que no es más que mi sentido jugándome otra vez una mala pasada, porque mis sentimientos revolotean como buitres esperando alimentarse del cadáver de tu recuerdo.
Por ti escribí poemas que nadie jamás va a leer nuevamente, por ti fui capaz de sentir lo indecible, tocar lo intocable, fui capaz de construir un modelo de persona de acuerdo a tus necesidades. Fui el héroe y el villano de nuestra historia y de cada una de las que inventaba para mí, teniéndote por protagonista. Fui capaz de desarrollar un don que quizás jamás hubiese advertido en mí sin esa necesidad de sentirme personaje principal de una aventura por obtener tu corazón. Fui escritor. Fui quien más y mejor te amó... Y, lamentablemente para tu marido, soy quien más te ama, aunque la vida nos haya puesto una distancia. Sin embargo, como bien conjugué: Fui.

Hasta mañana, mi dulce fantasma, ¿ya te vas? ¿De regreso al pueblito fantasma? ¿Acaso no estás cansada de ver los mismos rostros, de rendirte ante los mismos fríos brazos noche a noche? Hasta mañana, porque sé que mañana volveré a vivir cuando vuelvas con tu recuerdo. "Inalcanzable" me decías... No sé cómo podrías saberlo, quizás hayas visto el futuro. ¿Enamorado de un fantasma clarividente? Fantasma pesimista, diría. Recuerdo cuando eras de carne y hueso. Cuando tus besos y tu cálida respiración me hizo vivir el mejor sueño despierto. El más real. Pero ya habrá tiempo de llegar a eso, porque primero recuerdo tu encarnación, cuando eras real, cuando te vi aquella tarde de patios interiores y fragancia a durazno, maduros frutos que caían al empedrado suelo cuando se sentían independientes. Yo no pensé que así de maduro caería ante el suelo empedrado de tus encantos, los moretones y las heridas superficiales serían solamente el premio consuelo de aquella lotería el amor que nunca podría ganar. Éramos niños… tan pequeños, que jamás pensé que volviendo de esa expedición y viéndote por primera vez, iba a llegar a la hora 24 de mi niñez para ingresar en la 0 de mi adolescencia. ¿A qué familiar tuyo visitabas ese día? Me cuesta tanto recordarlo como tan poco me importa ya.
Ese día imaginé que sólo se trataba de un fantasma, en verdad. Acaso un espectro que jugaba con mi imaginación, con aquella precoz predisposición que tenía por inventar fantasías. Y cierto es que en ninguna de las fantasías que mi mente pudiera llegar a formular pudo haberse concebido la perfecta amalgama de tu piel, tus ojos y tus labios con tu voz, tu sonrisa y tu delicadeza. “Solamente fue una invención de mi imaginación”, me resigné. Pero grande fue mi sorpresa la noche de Navidad en la que te encontré allí sentada, como esperando tu príncipe azul y yo que ni me acercaba a un sapo desalineado. Ya sabía que eras de carne y hueso, que no eras ni un espectro ni una alucinación, que no eran fantasmas venidos de sabe Dios qué lugar para torturarme. Era solamente yo, que me había enamorado como un tonto: a primera vista.
Sin embargo, como en toda historia de amor que se enorgullece de sí misma, el sentimiento no era correspondido. Quizás la vida se trataba de eso, de reducirnos a una shakesperiana versión de lo que el amor puede provocar, el odio interfamiliar y en la cúspide de ello, el suicidio como la inmortalidad del alma y del amor entre dos seres. Romeo podía seguir esperando fuera de escena con su botella de veneno dispuesto a convidarme. Aunque lo pensé en más de una oportunidad. Cada lluvia de rosas que enviaba a tu valle, era respondido con ráfagas de bombas napalm directo al pecho. Cada palabra dulce era respondida con una burlona carcajada enterrando en sus entrañas el coraje y vistiéndome de bufón ante todos. Cada carta escrita fue rota ante mis ojos antes de llegar a ser abierta y leída aunque sea. Estaba deshecho. Desde ese día fui tu héroe, desde el preciso momento en que supe que tenía una restricción de acercamiento impuesto por tus sentimientos; inventé una y mil fantasías de las que te rescataba del mal; había cientos de y vivieron felices por siempre; creé decenas de situaciones de las cuales nadie más que yo pudiera salvarte. Pero como toda fantasía, un día tuvo que desaparecer… ese día nuestros caminos se dividieron, vos seguiste con tu vida, empezaste a enfantasmarte; yo, por otro lado, me fui haciendo uno con la carne de mi cuerpo, me encerré en lo que solamente era capaz de percibir con la lógica. Y, cuando todo estuvo listo por fin, te vi alejarte… así como te vi llegar, te vi dejándome; el muro que nos dividía empezó a erigirse ese mismo día: la distancia. Un muro de Berlín que, en lugar de dividir dos extensiones de un mismo país, escindía el pasado y el futuro de mi biografía. El presente soy yo y estos ladrillos son incapaces de ceder con acción de ningún hombre o mujer, parecía ser su lema.
Creo que crecí. O crecieron mis creencias. Simplemente me resistí a pensarlo, me opuse con fervor a tener que recordarte y las ideas solamente fueron pasando de la mente al papel. La tinta empezó a borrar aquello que había creído como me lo habías dicho inalcanzable. Nunca supe bien por dónde era que andabas, dónde vivías o si el tipo que habías inventado para que lo nuestro no fuese verdad existía. Fue el tiempo en que me dediqué a olvidarte, construyendo nuevas historias, dejándome comer el corazón por lobos vestidos como cordero: dejando que mi vida valga lo menos posible para, de alguna manera, sentirme vivo. Hubo buenos momentos, no lo dudo, pero comparándolo fueron más aprendizajes que disfrute. ¿Acaso de eso no es de lo que se trata nuestra vida en este mundo? De nada vale preguntarte, ni siquiera sé si me vas a responder. Ni siquiera sé si sabes lo que me estás por responder. Quizás no haya escrito lo suficiente de ti, no sé ya si es bueno apelar a tantas maniobras para que quien lea note de quién estoy hablando, alguien en algún momento sabrá con nombre y apellido a quién me refiero, sabrá con certeza de fecha y hora si los sucesos que narro son o no verosímiles. Alguien en algún momento lo sabrá todo, lo sé, y callará: no le dirá a los demás qué es lo que en realidad sucedió. Y, aunque parezca de lo más ficticio que jamás haya salido de mi boca, alguien sabrá que lo mucho que te amé no es parte de ninguna pieza literaria. O sí, la pieza literaria que conforma mi vida. La novela mejor escrita.

Otro 27 de junio encerrado en esta celda hecha de recuerdos. La muerte es un consuelo del cual no soy merecedor. Lo único que puedo anhelar es el color de ese iris, aquel tímido beso que me eyectó fuera de este mundo y me convirtió de sapo en príncipe por un corto tiempo. Un corto tiempo que valió enormemente la pena. ¿Cuánto nos habíamos distanciado? ¿Cinco años? ¿Cuatro? No creo que nadie cuente los años cuando intenta olvidar, pero quizás lo que hice fue convencerme de que lo había hecho, hasta ese inocente día que nuestros caminos —por capricho del Destino tal vez—se volvieron a cruzar. No sé si estaba tan ebrio aquella noche o solamente era mi corazón el que decidió ahogarse en alcohol al verte en brazos más dichosos. Brazos menos merecedores, diría. De qué agujero mohoso, sucio y oscuro en medio de la nada había salido semejante bestia que creía ser el conquistador de los siete mares del planeta… Tu respuesta habría sido esa misma frialdad como la que me tratabas cuando éramos niños, ni siquiera un saludo: parecías tan completamente entregada a él, que el único refugio que pude encontrar fue abrazado a un vidrio soplado repleto con el líquido que altera los sentidos. Yo no necesitaba ninguna droga que no fueses vos para mantener mi corazón agitado, bien lo comprobaste una vez. Al margen de eso, no recuerdo bien si por falsa afinidad o una indecible necesidad de estar más cerca de algo tuyo, congenié y tuve cierta relación de acercamiento con esta criatura que decía ser tu novio. Sin embargo, resultó ser una persona centrada en su ego, que compartía una particular diversión por humillarte mientras dormías muy tranquila en tu cama y luego me hacía responsable a mí de sus desenfrenos sexuales con mujeres de la calle. Sí, ese mismo que se vanagloriaba de su apellido, aunque fuera de su pueblito no era más que otro animalito de campo salido de un agujero inmundo cualquiera solamente con pretensiones de que su apellido pudiera llevarlo a la fama. Si su abuelo supiera lo que resultó, volvería del inframundo solamente para arrancarle aquel objeto de seducción que él se había encargado de enaltecer lo que duró su vida. Bien sabes que la afrenta no la callé, no pude soportar ver que aquello que me había conducido a creer en el amor, aunque fuese no correspondido, sea víctima de aquel ultraje. Luego dejé en evidencia que seguía enamorado de vos, frente a todos, frente a él… y la vida nos volvió a separar, pero no por mucho tiempo.
Cuando empezó el grueso de esta historia de amor, pensé que no sería más que el juego que empezaba a proponer. Aquella crisis con el energúmeno que ostentaba tu felicidad parecía dejar esa brecha en la cual pude, a fuerza de ramitas cual pajarito enamorado, armar un nidito en el cual pudiste por fin saber que pudiste haber sido feliz todo esto tiempo que estuvimos separados. ¿Todo ese tiempo separados? Sí, así de enorme fue mi sorpresa cuando me confesaste que de chica yo también te gustaba pero nunca te habías animado a confesarlo. Cada vez que recuerdo aquello, experimento algo en el pecho, un sentimiento de plenitud que solamente me da el transportarme a aquel momento: nunca volví a sentirme así sin tener un vacío que carcomiera desde lo más profundo luego. Recuerdo cada instante como si se hubieran congelado y conservado de una manera criogénica en mi memoria, sin importar si con eso empujaba algún otro recuerdo menos útil hacia la papelera. Tu mano aferrada a la mía mirando una película, tus ojos de maravillada, tus blancos dientes detrás de esa sonrisa, ese color en tus mejillas. Mi tímida idiotez que no podía besarte y condenar ese bello momento a un berrinche tuyo. Cuando recostado en la cama miraba el techo y no encontraba una salida a aquel miedo atroz, te acercaste a acostarte a mi lado, posiblemente a ayudarme a encontrar la solución. En lugar de eso, me embarraste el camino preguntándome qué esperaba de una relación entre nosotros. Dudé. ¿Cómo podíamos llevar adelante algo así, teniendo en nuestro camino tantos baches del tamaño de cráteres lunares dispuestos a propósitos para que no fuéramos ni siquiera amigos? Decidí no darte ninguna respuesta razonable, el corazón me había llevado hasta allí, el corazón me tenía al lado tuyo, respirando los dos el aire del otro. No iba a dejar que mi razón arruinara quizás la única oportunidad que tenía: te dije que lo único que quería era amarte y hacerte feliz, no importaba cómo fuera, cuánto me llevara. Simplemente quería que te sintieras tan feliz como ese tiempo que fuimos el uno del otro, yo atendiendo tus más mínimos detalles, haciéndote sentir orgullosa de ser mujer. De ser la mujer de mis sueños. Me besaste y escribiste tus nombres en mis labios para siempre, la marca con la que debía vagar por la Tierra como la que Dios le puso a Caín por haber matado a su hermano, ese beso mató mis demonios internos, fortaleció mi autoestima, me hizo creer en algo en lo que ya de a poco estaba perdiendo la fe. Fui feliz en ese momento, sabía que eran tus labios el agua bendita que venía a hacerme creyente una vez más. Sí, parecía haberme quedado dormido de vuelta en alguna clase y haber soñado con todo eso, pero no fue ningún sueño… el sueño eras vos, mi dulce fantasma, cuando encarnada me diste de probar el néctar de tus labios, me diste la inmortalidad para que después pudiera arrepentirme.



No obstante, la llamada del Destino estaba próxima: debíamos volver a separarnos. Ninguno de los dos queríamos pero siempre volvíamos a reencontrarnos, quizás esta vez nosotros podíamos burlarnos de él de una manera insospechada, prometiéndonos en secreto los pasos a seguir de nuestro plan para fugarnos por amor del Destino, la familia y los demonios que volvían a las andadas. Entre besos y arrumacos la madrugada nos sorprendió prometiéndonos amor eterno, no podíamos esperar hasta la próxima vida para sufrir hasta volver a encontrarnos. Era imperdonable. Y ese día vi cómo nos alejábamos, con las promesas frescas, las miradas clavadas uno en el otro, extrañándonos los besos y los abrazos. En poco tiempo nos acostumbramos tanto el uno al otro que parecía casi novelesco. Desembarqué en mi mundo de nuevo, todo parecía igual pero el que había cambiado era yo. Luego todo se volvió confuso, quisiste cambiar y dejar atrás tu pueblito fantasma, pero los demonios no solamente son entes que complotan para arruinar nuestras vidas, también son seres humanos que quieren que vivas una vida a pleno antojo suyo. Un día me dijiste que no soportabas más la presión, que te había abandonado, comenzaste a odiarme y volviste a tu pueblo, a vivir aquella vida que tanto te pesaba. Sin habernos dado cuenta, el Destino había recibido las tácticas de nuestro plan y lo arruinó todo. Quizás ya nunca más íbamos a cruzarnos de nuevo, porque el regreso solamente te llevó a los mismos brazos ingratos de siempre, a aquel desparpajo de tipo que nunca hizo más que humillarte y maltratarte, usarte como su mucama personal y no ser otra cosa para él que un objeto de los deseos que su hueca y podrida mente cobijaba. La utopía que había sido mi mundo, ahora era peor que un apocalipsis zombi sumado a desastres naturales, una extraña sensación de fin del mundo y siete guerras mundiales en simultáneo. Algo tenía que hacer…
                                                     ***
¿Qué tan mal estuve, me preguntas? Mi pobre fantasma, si hasta pareciera que ignoraras que sigo respirando. Sigo vivo, pero con un pedazo de mi alma perdida quién sabe dónde. Sigo vivo, sí, pero ¿a qué costo? ¿Cuánto me costó tenerte aquí de nuevo frente a mí? A veces pienso que solamente estoy hablando solo, desvariando. No, mi querida, no fue tan fácil deshacerse de la espina que se clavó en lo profundo de mi ser, arrancarme el tatuaje de tus besos de mi piel ni borrar la tinta indeleble con las que escribiste cada uno de los mandatos de amor en mi persona. No es fácil abrir una puerta y dejar atrás una habitación pintada con tu nombre y tu rostro, con libros de cómo debía ser con vos, repleta de papeles donde escribía qué poder enseñarte y qué cosas podías enseñarme también. El suicidio no es opción para los que temen morir. Seguramente tuviera la suerte de caminar sobre alguna plataforma que me eyectara al sol, encontrar algo que ardiera más que el calor de tu cuerpo para quemarme y consumirme, que no quedara más de mí que un recuerdo abyecto de existencia, de halo espiritual. Seguí vivo, mi encantador fantasma, a pesar que cada día que pasaba sin saber de vos era la muerte constante, el gélido beso del ángel de la Muerte noche tras noche: pasé mil años en un infierno de hielo tratando de apagar el incendio que dentro de mi pecho encendiste, y no lo pude apagar del todo.


Aquella mañana recibí la llamada que me detuvo en el tiempo: te ibas a casar con ese Homo Neanderthal que nunca te había hecho sentir la mujer que fuiste a mi lado. ¿Parálisis momentánea? Puede ser, mi tierno fantasma. ¿Recuerdas aquella sensación de qué en mi pecho corrían una carrera una tropa de caballos salvajes cada vez que me besabas o estabas cerca mío? Fue algo parecido, seguido de un temblor en las piernas y la idea de tener que hacer algo. No podía perder el premio de tu amor sin siquiera haber competido como se debe, pero no tenía autoridad ni valentía para pensar un plan que pudiera acercarme de vuelta a vos. Quizás refugiándome en un trago podría pensar más claramente o, aunque sea, darme el valor de ser el intrépido príncipe azul que siempre dijiste que era. Y me tomé toda la botella, la mente no estaba totalmente clara pero tampoco podía apartarme de tu recuerdo, mi fantasma sonriente. Fantasma que me miras desde el fondo de ese vaso de cristal y me guiñas un ojo, ¿qué quieres? ¿Quieres que forme parte de aquel circo al que todo hombre se suma solamente por demostrar qué tan hombre es? ¿Quieres que me ponga en el papel de amante desesperado que hace cualquier cosa por no perder al amor de su vida? Me recuesto mientras todo da vueltas, quizás soñándote pueda mitigar este dolor que me ha dejado tan borracho de sentimientos y alcohol. Perdí la consciencia ante la idea de perderte para siempre.
Me desperté algo confundido y alterado, no tenía noción de que estaba haciendo algo que podía cambiarlo todo. Tomé dinero de mis ahorros y salí corriendo a comprar un boleto que me llevara cerca tuyo. En menos de lo que pensaba, aún soportando mis propias ansías, llegué hasta aquella ciudad en la que una vez nos enamoramos. Ahora me quedaba un solo problema: llegar hasta tu pueblito fantasma antes de que dieras el sí. ¿Tan loco podía estar alguien? Es algo que en ese momento no me planteé ni remotamente, aunque mis amistades me lo hayan reprochado en innumerables ocasiones. Todo estaba pasando tan rápido que necesitaba más tiempo de planear cada movimiento, tiempo que, obviamente, no tenía. El camino hasta tu casa, mi fantasma, no era tan fácil de sortear como cualquiera creería, aun así me aventuré a tomar ese ómnibus amarillo que un día te alejó de mí para no verte sino unos años más tarde, convertida en la mujer de la que me enamoré. El viaje era largo, intenté dormirme pero no pude siquiera soñar, parecía que la ansiedad me estuviera jugando la peor pasada. Los zapatos me apretaban, la señora sentada al lado mío había balbuceado algo que no llegué a comprender: le sonreí por cortesía. Sabes que tengo esa costumbre. Tenía ganas de llegar a ese lugar al que solamente había ido una vez y no por mis propios medios, quizás me perdía en medio de la nada. Ruta 142. El siguiente pueblo era donde debía bajarme, miré el reloj: todavía no era tan tarde para llegar a evitar que te casaras. Sí, estaba yendo a impedir tu boda, ¿qué esperabas que hiciera? Era un hermoso día, el sol resplandecía, los colores de la vegetación podían dejar ciego a cualquiera que pasara por allí, pero apenas descendí caminé en círculos, buscando aquella iglesia donde el infeliz te desposaría. ¿Seguía habiendo arsénico en el agua? Parecía haberme perdido, busqué la cúpula, no la encontré. Busqué una cruz en lo alto, allí estaba, solamente esperé no llegar tarde. Crucé una plaza embarrada, parecía que había caído una tormenta la noche anterior, quizás el clima también lloraba como yo lo había hecho. Hasta podía oler mis lágrimas, aunque no todo estuviera perdido todavía. En aquella iglesia todo parecía calmado, había gente en la puerta y en la plaza también, aminoré la marcha y escondí mi rostro, algunos de tus familiares me conocían y no era muy común ver a alguien que no era del pueblo por esos lares. ¡Tu casa! Quizás estaban preparando todo para tu salida al oratorio. Me volví sobre mis pasos y reconocí tu casa a las pocas cuadras, un automóvil adornado con un enorme moño rosado esperaba en la puerta. Cuando faltaban tres metros para llegar allí, pude ver que salías vestida de blanco, resplandeciente, el día y sus colores no valían una mierda al lado de tal visión. Pero fueron escasos segundos, subiste al auto, siguieron tus padres detrás de ti y el auto arrancó. Llegaban tarde. Me volví a tapar el rostro para que tus padres no me reconocieran y vi cómo te alejabas. Había estado a pocos metros tuyo y no me habías notado, quizás sí era verdad que me habías dejado de querer. Me sentí abatido, no tenía fuerzas en las piernas para correr no tenía voz para gritar tu nombre. ¿Qué podía hacer para que notaras que estaba ahí, mi bello fantasma? No parecías un alma en pena vestida de blanco, eras la princesa de la que me había enamorado perdidamente. Pero ya eras soberana de otro reino, aunque de nada hubiese valido mi expedición a tu pueblito fantasma. Me senté en el suelo y esperé a la Muerte que me llevara con su incondicional beso pero, hete aquí, fantasma travieso, que la Muerte llegó y no me llevó. Simplemente me despertó.

Aquel largo sueño en el que imaginé la osadía de buscarte y perderte, no fue más que una fantasía que mi cerebro recreó una noche. ¿Que cómo es que mi cerebro puede inventar tales cosas, fantasma curioso? Eso es porque no has visto las cosas de las que soy capaz y de las cosas en las que estuviste inmersa mientras jugabas a ser feliz con él. Te he rescatado más veces de la infelicidad que lo que cualquiera haya hecho. Sí, tratar de impedir tu boda fue un sueño, uno vívido y doloroso, pero nada que no pudiera remediar una aspirina la mañana siguiente. No sé cómo fue el día que te casaste, no sé cómo llegué hasta aquí, en realidad me dejé guiar por el recuerdo de mi sueño: ha crecido mucho este pueblo. Simplemente caminé hasta aquí, me aseguré de que él no se encontrara y decidí contarte todo esto, mi perplejo fantasma. Sorpresa para mí es que estés tan hermosa con el paso del tiempo… No, no confundas estas lágrimas con dolor, por favor. Es algo como felicidad, es algo como… ¡Ay, mi fantasma inocente! Si supieras lo que me cuesta transmitirte los sentimientos tal como los vivo, es que nunca me imaginé estando acá. Pero, no quiero robarte más de tu tiempo, sé que tus hijos te demandan más de lo que yo puedo pretender y, creo que me he quedado demasiado tiempo en tu puerta, los vecinos se van a escandalizar. No, mi hospitalario fantasma, no insistas a que me quede, no podría soportar ver el ritual de convivencia que llevas con aquel hombre. Quizás en otro momento nos volvamos a ver. Seguramente no nos volvamos a ver hasta la próxima vez, y en ese caso, recuérdame de pelear por vos hasta las últimas consecuencias.

Ve adentro, mi insistente fantasma, que si lo nuestro vuelve a ser, será. Nunca dejaría que la historia se repita, nunca dejaría que vuelvas a sufrir. Ve, cierra la puerta, seca tus lágrimas como yo secaré las mías. Ve y piensa una respuesta para la próxima vez que el Destino quiera jugar dados con nuestra existencia: este amor que nos tenemos, ¿cómo es? ¿Platónico o imposible?

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