abril 27, 2014 - , 1 comentarios

Capítulo II: Ni una fuente.

¿Y quién era el tal Samuel? Bueno, he ahí la cuestión. El tipo tenía unos 37 años de edad y vivía en un piso de lujo en la capital, tenía un yate, dos mujeres y dormía sobre un imperio de 150 millones de onzas de oro. Sin embargo, este hombre pasó a ser millonario de la noche a la mañana, nadie sabía de dónde procedía ni quién era antes de su aparición en público, solamente se sabía que era un hombre de intachable moral y rectitud. Muchos (y volvemos a los rumores y las especulaciones teóricas) dicen que vino de un pueblito del oeste con una carrera fallida bajo el hombro y un título de dudosa procedencia, se radicó en Cristófobos y, a fuerza de distinta clases de contactos, se convirtió en un tipo sumamente acaudalado y de renombre. ¡Vaya suerte la de los idiotas desconocidos!
Aunque Roberto me había dicho que continuara escribiendo sobre el apagón (escribir es una manera de decir, porque ni siquiera tenía definida la estructura que llevaría la columna), la muerte de Samuel M. Reiht golpeaba incesantemente mi cabeza. Y es que uno quizás no se acostumbre a asociar la desaparición física con un rostro tan familiar en los medios gráficos como el del excéntrico Reiht. Había tan poco que se sabía de él, que cada uno a su manera podía inventarle la personalidad que se le antojara y podía encajar a la perfección. Seguramente Kan podía decirme algo acerca de la muerte, del velatorio o de la autopsia, todo en la medida en la que le fuera posible romper el secreto de sumario impuesto como funcionario público; sí, me estaba pasando por alto lo que me habían ordenado, sin mencionar que me lo estaba pasando por donde no daba el sol, pero necesitaba saber algo de aquello que me habían vedado escribir. Sin mencionar que lo hubiera investigado y escrito mejor que cualquiera en la redacción.
―¡Janos Stavros! ―exclamó Kan al atenderme― Cuando vi tu nombre en mi identificador no lo pude creer. ¡El mismísimo “azote de las carreras” llamándome!
Luego de reírnos un largo rato de mi pasado como corredor, fui directamente al grano.
―Kan, me gustaría que nos encontrásemos. Sé que como Ministro es complicado ya que no tienes el tiempo suficiente. Pero, además, somos amigos y la última vez que nos vimos el episodio con Rebecca…
Un silencio cortante del otro lado no se hizo esperar. “La última vez” a la que hago referencia fue un episodio bastante descortés en el que mi ex mujer criticó duramente la política llevada a cabo por el Ministerio de Defensa Civil, presidida por el mismo Kan, al poner al frente de la fuerza a los Blancos. La acalorada discusión terminó cuando el Ministro se levantó de mi mesa y se retiró de la casa, sin haber comunicación de nuevo entre nosotros.
―Me enteré que te estás separando de esa alimaña de cabellos azules ―dijo con un tono de distensión―. Lo bien que hiciste, dentro de poco iba a estar comiendo una ensalada con tu hígado como plato.
No entendí si era un chiste o descargaba su ira con esas palabras, así que lo dejé pasar.
―Entonces, ¿tienes algo que hacer más tarde? ―era martes y podía tomarme el miércoles libre, si se veía venir una noche larga― Te puedo pasar a buscar por la oficina.
―No. Más tarde estaré en el Viejo Atracadero, haciendo ya-sabes-qué. Si te parece nos encontramos allí, digamos… ¿a las ocho?
―A las ocho me parece bien, Kan. Tenemos mucho de qué hablar.
―Ya lo creo, Jan. Ya lo creo.
Aquel mediodía encontré una llamada perdida de Helen, una de mis fuentes más confiables. Un mensaje de texto me advertía de sus intenciones en mis llamadas.
ESTOY TRAS UNA PISTA FUERTE. ESPERO QUE NO SEA UN RUMOR ESTUPIDO. TE MANTENDRÉ AL TANTO DE LO QUE ENCUENTRE. H.
Helen nunca había errado en los datos que me pasaba y siempre era la primera en conseguirme información, pero que estuviese manejándose con un “rumor” como ella decía, me ponía al borde de la duda. ¿Había algo más grande detrás de una simple falla eléctrica? En la redacción no nos enteramos de ningún tipo de movimiento para tapar el escándalo… a menos que lo de Reiht fuese una estratagema viable a los intereses del gobierno.
Cuando volví la mirada al reloj eran las tres de la tarde y estaba nuevamente con la página del editor de textos vacía. Ni una sola idea aunque sea para mentirle a la gente, ¿cómo podía mentir si ni siquiera sabía si me estaban mintiendo también a mí? Creo que Roberto discutía por teléfono, seguramente su amante volvía a reprocharle que dejara a su esposa, entonces aproveché para hacer una salida rápida y pasar por casa de mi madre a bañarme y sacarme la barba que me venía creciendo desde hacía tres días.
El camino al Viejo Embarcadero iba a ser largo y lo que encontraría allí no iba a ser de lo más placentero.

1 comentarios:

Un ermitaño por excelencia 28 abr. 2014 11:41:00

Nuevamente me siento atrapado en esta historia, la forma en que se crea la espectacion del lector es excelente, ya espero ansioso lo que ocurrira en el viejo embarcadero

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