abril 21, 2014 - , 1 comentarios

Capítulo I: "Jan"


Una semana después del apagón me encontraba buscando información en mi escritorio mientras intentaba descifrar a qué sabía esa taza de lo que (sospeché) era café. Me lo estaba tragando totalmente convencido que despertaría mis sentidos y no que me mandaría al sueño eterno.
En ese momento me encontraba atravesando una pesadilla con nombre propio: divorcio. Mi mujer había sido una excelente ama de casa, pero olvidaba como debía ser fiel. Estaba a punto de dejarme en la bancarrota, por suerte no teníamos hijos y apenas hacia cinco años que habíamos hecho nuestros votos. Promesas que ella sola se encargó de romper. Sin embargo, no voy a poner énfasis en ser un santo, porque nadie prendería una vela por mi comportamiento pero, en cuanto a mi relación con ella, nadie puede contradecirme al afirmar que siempre me comporté de forma correcta. Demasiado correcta, quizás. Rebecca estaba empezando a convertir mi vida en un infierno, cuando por fin tuve que dar el brazo a torcer y decidí separarme de ella, yo me quedaba sin su presencia y ella se quedaba con mi casa, mi auto y la mitad de mi miserable sueldo de periodista en una revista de 5.000 ejemplares de tirada a la semana.
Mientras tanto, me había mudado a la casa de mi madre, una vieja arpía sin compasión que cocinaba como si fuera una digna deleitadora de los dioses más poderosos, ¡vaya contradicción! Y debía soportar dos o tres veces al día que me diga que ella lo había advertido más de una vez. No sé si era más torturante convivir con ella o con sus palabras de mujer sabia. "El diablo sabe más por viejo...", aunque sus constantes vejámenes psicológicos no me empujaban ni un poco a ver a un profesional. Ya sé que tengo la manía de comerme las uñas como una parafilia mortal, pero sé cuándo detenerme. No era algo que un "picacocos" con ínfulas de sabio debía sacarme a costa de mi magro sueldo.
En cuanto a la columna periodística, tenía ya muchas especulaciones y ninguna buena historia que contar. Había tantas teorías que rondaban alrededor del apagón que empecé a creer que nunca había sucedido, que era como un sueño de Raymond Marco, el novelista læntherio... ¿Por dónde empezar? Seguramente debía alejarme de las sectas y de los paranoicos, entonces mi lista se vería reducida a una simple versión gubernamental, la falla. La explosión podría haberse producido por la negligencia de un operario o de un grupo de ellos, así lo sugerían los peritajes que llevaron a cabo los hombres enviados por el Ministerio de Planificación e Infraestructura. Sin embargo, los peritos de parte de los acusados demostraron que la falla se dio por un "factor externo", aunque no fueron capaces de demostrar cuál en concreto, podía tratarse de un cortocircuito simple o, peor aún, un atentado.
Me seguía preguntando quién podría ser tan imbécil como para creerse una mentira tan falaz e ingenua, pero debía reconocer que trabajaba en una fábrica de mentiras y verdades a medias. Callejón sin salida. Levanté el teléfono y llamé a dos o tres de mis fuentes, pero nadie sabía mucho de la cuestión aunque prometieron contactarse conmigo ni bien tuvieran un rumor. No me bastaba, como mucho tendría una demora de tres días y no había otro tema del cual se hablara que no fuera el apagón. Quizás si hubiera algo que retrasara la impresión de la revista tendría el tiempo necesario para cumplir con lo encomendado.
O tal vez, podía pensar en mi tan postergado libro, que no tenía ni tema ni título, solamente las ansias de nacer. Cada vez que se gestaba una idea en mi cabeza, no sé exactamente por qué, moría repentinamente en la decadencia de mi vaga imaginación. ¿Qué podía investigar lo suficientemente interesante como para publicar en forma de libro? Sinceramente, Cristófobos se había vuelto la ciudad más insípida desde que la tecnología había desembarcado hacía unos veinte años y los escándalos se habían reducido en un 60% desde que la gente contaba con las herramientas para espiar la intimidad de sus semejantes.
A media mañana, nuestro jefe de redacción nos reunió para darnos un importante anuncio que les dejó a todos la sangre helada. En medio de esa reunión, los ojos ambarinos de Newell se encontraron con los míos y, como siempre, los evité. Roberto, el jefe de redacción, mantuvo la compostura y el suspenso durante unos segundos, hasta que lanzó la noticia sin ningún tipo de rodeos.
―Bueno, ejem… Me acaban de informar las autoridades del Ministerio de Defensa Civil que han encontrado sin vida el cuerpo de Samuel Michel Reiht. Supuestamente hace siete u ocho días que está muerto, por lo que sospechan que murió promediando el apagón. Quiero que todos se aboquen a la historia de este tipo tan influyente, su vida, sus amores, su desconocido pasado, sus amistades… quiero saber hasta qué comió en las fiestas de la Caída. ¿Me entienden? ¡Vamos, ahora!
Todos se desconcentraron y volvieron a sus escritorios. Pero, ni lerdo ni perezoso, Roberto se acercó hasta mí y me desanimó por completo.
―Jan, tú sigue con lo del apagón. No quiero que el público piense que encontramos una frívola historia para hacer una tapadera del tema, ¿me entiendes? ―Roberto tenía un problema muy importante con repetir el verbo “entender” en todas sus conjugaciones― Vamos a tener a todos los malditos de la opinión pública sobre nosotros, quizás el gobierno está esperando que digamos algo fuera de lugar para caernos encima. Consulta a tus mejores fuentes, yo sé que eres capaz.
Me palmeó la espalda y yo sentí que me estaba mandando a un matadero, porque no sabía en la encrucijada en la que me estaba metiendo ni el lío que se desencadenaría más tarde.

1 comentarios:

Un ermitaño por excelencia 21 abr. 2014 11:36:00

Excelente me has dejado con curiosidad, y el estilo de redaccion es muy bueno, actualmente escribo un blog aunque es mas al estilo de un humor sátiro, talvez te interese visitarlo
teoriasdeunmundocritico.blogspot.com
Espero recibir pronto notificacion sobre la continuacion de esta historia
Saludos

Publicar un comentario

Dime qué te pareció la entrada...

Se ha producido un error en este gadget.

Si te gustó, suscribite por e-mail