abril 29, 2014 - , 1 comentarios

Perfume a 30 de Abril


A la razón de mi ser, VRoffz

Era solamente una excusa para disculparme por mi comportamiento de una noche de alcohol que, sin siquiera sospecharlo, terminó bien. Ignoraba casi la mitad de las cosas que le había dicho aquella noche, pero tenía la posibilidad de remediar cualquier barbaridad que hubiere dicho. Así habría empezado la espera, con un viaje hacia lo desconocido, hacia la aventura de querer conocer algo que no sabía con certezas si terminaría destruyéndome o haciéndome más fuerte. ¿Miedo? Ya le había tenido miedo a suficientes cosas en mi vida como para seguir temiendo a esa altura.
En aquella esquina esperaba. ¿Que esperaba? ¿Una aventura? ¿Una distracción? Seguramente cobijaba la esperanza de poder encontrar aquello que quería investigar. Y de golpe apareciste por detrás, me tomaste desprevenido y mi estructura se vino abajo. Trate de recomponerme, no podía quedar en evidencia tan temprano. La noche recién empezaba.
Sentí tu perfume y pensé como olerían las flores después de aquel día, puesto que mi memoria olfativa es tan fanática de los recuerdos que sería imposible de olvidar. Y no sólo tu perfume.
Caminamos un gran rato, mientras mi artillería de palabras no dejaba de atacar los frentes de batalla de tu timidez. Quizás encontraríamos un lugar donde quedarnos aquella noche fría de abril, en la que dejaste de trabajar para conocer a un perfecto desconocido. Nos perdimos por calles que no conocía, pero tu sentido de la orientación. Sentía que encontrar el rumbo, a partir de ese día, podía ser muy difícil.
Entramos en este bar, un lugar donde me dijiste que se tomaba un aperitivo digno de dioses. Y después de dar unas cuantas vueltas, dimos con nuestros huesos en ese sillón, con tanta gente extraña y variada rodeándonos. Y yo, que había quedado prendado de tus cabellos rojos lacios, la carnosidad rebosante de tus labios carmesí y el brillo escarlatino de tus ojos.
No claudique en mi intención de ponerte en evidencia. Me divertía. Tu inseguridad y timidez impronta no podían evitar tu mirada avergonzada, mirabas aquel cuadro horrible que había colgado en una de las paredes del bar para distraerte de mis palabras que ya sabían del arte de dejarte sin habla.
Y, aunque no lo creas, por dentro estaba aterrado.
30 de abril, previo a un feriado, y mis intenciones puestas en quién sabe qué. La gran conspiración del universo contra mi corazón recién empezaba. Un poco de alcohol para amenizar la charla, que no recuerdo bien de qué iba, porque buceaba en la Sencillez de tu mirada y en tus gestos, manipulaba con diversión los mecanismos argumentales capaces de hacerte ruborizar y volver al cuadro.
Y así avanzó la noche, nos fuimos a otro bar, seguimos hablando, tomando, riendo, haciéndote sentir esa persona que parecía no aflorar casi nunca en vos. Llegó la hora del beso, ese que siempre temí en las primeras citas, al que nunca arribe por timidez. Sí, estaba más muerto del miedo que tus ojos que se escapaban a una imagen.
Cuando ese beso llegó,  mi estructura volvió a caer.
Nos acurrucamos en la frescura de la noche en aquella ciudad que nos tenía por casuales entre sus arterias, como glóbulos dispuestos a hacer florecer los poros de su cuerpo adoquinado. Terminamos como a las cinco de la mañana, haciendo tiempo en un restaurante mientras unos tipos comían una pizza detrás nuestro. Seguía perdido en tus ojos, no recuerdo de qué hablábamos en este momento. 
Y después te fuiste. Te vi partir y algo me inquietó.
Desde ese día noté que tu corazón era una ciudad cuyas murallas estaban construidas para no caer de un bombardeo aéreo, sabía que debía hacerlo de manera paciente, constante y decidida. De la manera más ilógica, irracional e intencionada. Entonces tomé esa cuchara y poco a poco fui escarbando el grueso material con el que estaban hechas esas paredes que no me dejaban entrar a tu corazón, fui demoliendo poco a poco los círculos concéntricos que me separaban del centro, todo lo que eso significa que estaba en medio. Tuve que poner en prácticas los medios mediante los cuales los demás no se animaban a entrar a lo que, temía, estaría custodiado por un dragón. He peleado con dragones peores, amada mía.
Ese 30 de abril tomé prestadas las audacias incontrolables de cientos de miles de héroes que habrán muerto en vano por querer encontrar un destino en el brillo escarlatino de tus ojos, en esa voz tan particular, en ese gesto adusto que sé que tienes a veces. Delirio incontrolable de cabellos en llamas. Desde ese día prometí ser quien llegara a verte todos los días, quien limpiara tus lágrimas y ofreciera un abrazo de contención para tus días de soledad. Había encomendado mi sencilla alma a pensar en que tu camino de tristeza y soledad había llegado a su final. Había prometido a mi corazón que haría de tu vida algo diferente, algo sin segundos, sin clandestinos, sin gente que no se decide si amarte a vos o amar a alguien más.
30 de abril y yo decidía alejarte de brazos que nunca te merecieron.


De esto hace ya un año, ¡cómo nos recompensa la vida! Hoy te veo sentada al lado mío, tus hermosos ojos sobre un libro, tus pies sobre mí. Todo en la paz nocturna de nuestro hogar. Y pienso en aquel muchacho parado en una esquina de Caballito esperando a una chica para su primer cita, en esa espiral interminablemente enloquecedora que es el tiempo, ¿sabrá que está a punto de cambiar su vida en esas horas que lo separan del beso de aquella mujer? ¿Acaso sabrá que terminara escribiéndolo un año después? Si lo conozco tan bien como creo, te aseguro que volvería a dejarse tomar por sorpresa cuando lo asalte tu perfume por detrás.

Te amo.
abril 27, 2014 - , 1 comentarios

Capítulo II: Ni una fuente.

¿Y quién era el tal Samuel? Bueno, he ahí la cuestión. El tipo tenía unos 37 años de edad y vivía en un piso de lujo en la capital, tenía un yate, dos mujeres y dormía sobre un imperio de 150 millones de onzas de oro. Sin embargo, este hombre pasó a ser millonario de la noche a la mañana, nadie sabía de dónde procedía ni quién era antes de su aparición en público, solamente se sabía que era un hombre de intachable moral y rectitud. Muchos (y volvemos a los rumores y las especulaciones teóricas) dicen que vino de un pueblito del oeste con una carrera fallida bajo el hombro y un título de dudosa procedencia, se radicó en Cristófobos y, a fuerza de distinta clases de contactos, se convirtió en un tipo sumamente acaudalado y de renombre. ¡Vaya suerte la de los idiotas desconocidos!
Aunque Roberto me había dicho que continuara escribiendo sobre el apagón (escribir es una manera de decir, porque ni siquiera tenía definida la estructura que llevaría la columna), la muerte de Samuel M. Reiht golpeaba incesantemente mi cabeza. Y es que uno quizás no se acostumbre a asociar la desaparición física con un rostro tan familiar en los medios gráficos como el del excéntrico Reiht. Había tan poco que se sabía de él, que cada uno a su manera podía inventarle la personalidad que se le antojara y podía encajar a la perfección. Seguramente Kan podía decirme algo acerca de la muerte, del velatorio o de la autopsia, todo en la medida en la que le fuera posible romper el secreto de sumario impuesto como funcionario público; sí, me estaba pasando por alto lo que me habían ordenado, sin mencionar que me lo estaba pasando por donde no daba el sol, pero necesitaba saber algo de aquello que me habían vedado escribir. Sin mencionar que lo hubiera investigado y escrito mejor que cualquiera en la redacción.
―¡Janos Stavros! ―exclamó Kan al atenderme― Cuando vi tu nombre en mi identificador no lo pude creer. ¡El mismísimo “azote de las carreras” llamándome!
Luego de reírnos un largo rato de mi pasado como corredor, fui directamente al grano.
―Kan, me gustaría que nos encontrásemos. Sé que como Ministro es complicado ya que no tienes el tiempo suficiente. Pero, además, somos amigos y la última vez que nos vimos el episodio con Rebecca…
Un silencio cortante del otro lado no se hizo esperar. “La última vez” a la que hago referencia fue un episodio bastante descortés en el que mi ex mujer criticó duramente la política llevada a cabo por el Ministerio de Defensa Civil, presidida por el mismo Kan, al poner al frente de la fuerza a los Blancos. La acalorada discusión terminó cuando el Ministro se levantó de mi mesa y se retiró de la casa, sin haber comunicación de nuevo entre nosotros.
―Me enteré que te estás separando de esa alimaña de cabellos azules ―dijo con un tono de distensión―. Lo bien que hiciste, dentro de poco iba a estar comiendo una ensalada con tu hígado como plato.
No entendí si era un chiste o descargaba su ira con esas palabras, así que lo dejé pasar.
―Entonces, ¿tienes algo que hacer más tarde? ―era martes y podía tomarme el miércoles libre, si se veía venir una noche larga― Te puedo pasar a buscar por la oficina.
―No. Más tarde estaré en el Viejo Atracadero, haciendo ya-sabes-qué. Si te parece nos encontramos allí, digamos… ¿a las ocho?
―A las ocho me parece bien, Kan. Tenemos mucho de qué hablar.
―Ya lo creo, Jan. Ya lo creo.
Aquel mediodía encontré una llamada perdida de Helen, una de mis fuentes más confiables. Un mensaje de texto me advertía de sus intenciones en mis llamadas.
ESTOY TRAS UNA PISTA FUERTE. ESPERO QUE NO SEA UN RUMOR ESTUPIDO. TE MANTENDRÉ AL TANTO DE LO QUE ENCUENTRE. H.
Helen nunca había errado en los datos que me pasaba y siempre era la primera en conseguirme información, pero que estuviese manejándose con un “rumor” como ella decía, me ponía al borde de la duda. ¿Había algo más grande detrás de una simple falla eléctrica? En la redacción no nos enteramos de ningún tipo de movimiento para tapar el escándalo… a menos que lo de Reiht fuese una estratagema viable a los intereses del gobierno.
Cuando volví la mirada al reloj eran las tres de la tarde y estaba nuevamente con la página del editor de textos vacía. Ni una sola idea aunque sea para mentirle a la gente, ¿cómo podía mentir si ni siquiera sabía si me estaban mintiendo también a mí? Creo que Roberto discutía por teléfono, seguramente su amante volvía a reprocharle que dejara a su esposa, entonces aproveché para hacer una salida rápida y pasar por casa de mi madre a bañarme y sacarme la barba que me venía creciendo desde hacía tres días.
El camino al Viejo Embarcadero iba a ser largo y lo que encontraría allí no iba a ser de lo más placentero.
abril 21, 2014 - , 1 comentarios

Capítulo I: "Jan"


Una semana después del apagón me encontraba buscando información en mi escritorio mientras intentaba descifrar a qué sabía esa taza de lo que (sospeché) era café. Me lo estaba tragando totalmente convencido que despertaría mis sentidos y no que me mandaría al sueño eterno.
En ese momento me encontraba atravesando una pesadilla con nombre propio: divorcio. Mi mujer había sido una excelente ama de casa, pero olvidaba como debía ser fiel. Estaba a punto de dejarme en la bancarrota, por suerte no teníamos hijos y apenas hacia cinco años que habíamos hecho nuestros votos. Promesas que ella sola se encargó de romper. Sin embargo, no voy a poner énfasis en ser un santo, porque nadie prendería una vela por mi comportamiento pero, en cuanto a mi relación con ella, nadie puede contradecirme al afirmar que siempre me comporté de forma correcta. Demasiado correcta, quizás. Rebecca estaba empezando a convertir mi vida en un infierno, cuando por fin tuve que dar el brazo a torcer y decidí separarme de ella, yo me quedaba sin su presencia y ella se quedaba con mi casa, mi auto y la mitad de mi miserable sueldo de periodista en una revista de 5.000 ejemplares de tirada a la semana.
Mientras tanto, me había mudado a la casa de mi madre, una vieja arpía sin compasión que cocinaba como si fuera una digna deleitadora de los dioses más poderosos, ¡vaya contradicción! Y debía soportar dos o tres veces al día que me diga que ella lo había advertido más de una vez. No sé si era más torturante convivir con ella o con sus palabras de mujer sabia. "El diablo sabe más por viejo...", aunque sus constantes vejámenes psicológicos no me empujaban ni un poco a ver a un profesional. Ya sé que tengo la manía de comerme las uñas como una parafilia mortal, pero sé cuándo detenerme. No era algo que un "picacocos" con ínfulas de sabio debía sacarme a costa de mi magro sueldo.
En cuanto a la columna periodística, tenía ya muchas especulaciones y ninguna buena historia que contar. Había tantas teorías que rondaban alrededor del apagón que empecé a creer que nunca había sucedido, que era como un sueño de Raymond Marco, el novelista læntherio... ¿Por dónde empezar? Seguramente debía alejarme de las sectas y de los paranoicos, entonces mi lista se vería reducida a una simple versión gubernamental, la falla. La explosión podría haberse producido por la negligencia de un operario o de un grupo de ellos, así lo sugerían los peritajes que llevaron a cabo los hombres enviados por el Ministerio de Planificación e Infraestructura. Sin embargo, los peritos de parte de los acusados demostraron que la falla se dio por un "factor externo", aunque no fueron capaces de demostrar cuál en concreto, podía tratarse de un cortocircuito simple o, peor aún, un atentado.
Me seguía preguntando quién podría ser tan imbécil como para creerse una mentira tan falaz e ingenua, pero debía reconocer que trabajaba en una fábrica de mentiras y verdades a medias. Callejón sin salida. Levanté el teléfono y llamé a dos o tres de mis fuentes, pero nadie sabía mucho de la cuestión aunque prometieron contactarse conmigo ni bien tuvieran un rumor. No me bastaba, como mucho tendría una demora de tres días y no había otro tema del cual se hablara que no fuera el apagón. Quizás si hubiera algo que retrasara la impresión de la revista tendría el tiempo necesario para cumplir con lo encomendado.
O tal vez, podía pensar en mi tan postergado libro, que no tenía ni tema ni título, solamente las ansias de nacer. Cada vez que se gestaba una idea en mi cabeza, no sé exactamente por qué, moría repentinamente en la decadencia de mi vaga imaginación. ¿Qué podía investigar lo suficientemente interesante como para publicar en forma de libro? Sinceramente, Cristófobos se había vuelto la ciudad más insípida desde que la tecnología había desembarcado hacía unos veinte años y los escándalos se habían reducido en un 60% desde que la gente contaba con las herramientas para espiar la intimidad de sus semejantes.
A media mañana, nuestro jefe de redacción nos reunió para darnos un importante anuncio que les dejó a todos la sangre helada. En medio de esa reunión, los ojos ambarinos de Newell se encontraron con los míos y, como siempre, los evité. Roberto, el jefe de redacción, mantuvo la compostura y el suspenso durante unos segundos, hasta que lanzó la noticia sin ningún tipo de rodeos.
―Bueno, ejem… Me acaban de informar las autoridades del Ministerio de Defensa Civil que han encontrado sin vida el cuerpo de Samuel Michel Reiht. Supuestamente hace siete u ocho días que está muerto, por lo que sospechan que murió promediando el apagón. Quiero que todos se aboquen a la historia de este tipo tan influyente, su vida, sus amores, su desconocido pasado, sus amistades… quiero saber hasta qué comió en las fiestas de la Caída. ¿Me entienden? ¡Vamos, ahora!
Todos se desconcentraron y volvieron a sus escritorios. Pero, ni lerdo ni perezoso, Roberto se acercó hasta mí y me desanimó por completo.
―Jan, tú sigue con lo del apagón. No quiero que el público piense que encontramos una frívola historia para hacer una tapadera del tema, ¿me entiendes? ―Roberto tenía un problema muy importante con repetir el verbo “entender” en todas sus conjugaciones― Vamos a tener a todos los malditos de la opinión pública sobre nosotros, quizás el gobierno está esperando que digamos algo fuera de lugar para caernos encima. Consulta a tus mejores fuentes, yo sé que eres capaz.
Me palmeó la espalda y yo sentí que me estaba mandando a un matadero, porque no sabía en la encrucijada en la que me estaba metiendo ni el lío que se desencadenaría más tarde.
abril 19, 2014 - , 0 comentarios

Prólogo

Esa mañana del octavo ciclo (llamado Achtiim) se habían cortado las comunicaciones de toda la ciudad de Cristófobos y parecía que una ola de suicidios en masa se estaba gestando por el pánico que causó. El problema, en concreto, era desconocido hasta para las autoridades y los medios de comunicación en general. El hecho es que nadie podía acceder a internet, llamadas telefónicas; los celulares se habían convertido en dispositivos para jugar o mirar la hora y todo aparato electrónico se convirtió, sin más, en obsoleto. Durante seis largos días, la ciudad estuvo a oscuras y la gente se entregó al caos, el cual afortunadamente fue sofocado por las fuerzas de seguridad civil, los Blancos. Al séptimo, todo volvió a la normalidad y las más altas esferas del gobierno se encontraban investigando el quid de la cuestión.
Naturalmente (y no es por tomar una posición escéptica) el gobierno y sus agentes burocráticos encontraron una explicación lógica a tal hecho; sin embargo, la explosión de una central eléctrica no excusaba con creces las alteraciones electromagnéticas que el supuesto estallido había provocado. Entonces empezaron a circular rumores de diversa índole. A saber, la más fuerte hipótesis era sostenida por los fanáticos de las conspiraciones y afirmaban que una raza de seres interdimensionales trabajaba en conjunto con científicos contratados por el gobierno y probaban una bomba electromagnética debajo de la superficie terrestre a fin de alterar las frecuencias de las neuronas humanas, modificándolas a su antojo para dominar a la raza humana; la siguiente en la lista suponía la caída de un asteroide de proporciones descomunales, aunque estaba en dudas su veracidad ya que el observatorio detectó un cuerpo entrando a la atmósfera pero fue casi cinco horas antes del apagón; y la última, pero no por ello menos interesante que las dos primeras, era sostenida por los sacerdotes anionytas y mencionaba la llegada de su Elegido y las señales que suponía este arribo: guerras, devastación y una larga oscuridad que abarcaría días y noches.
No obstante las teorías, nadie manifestó nada en concreto. Yo no me hice eco de todas estas suposiciones, simplemente me dediqué a hacer la vista gorda. Buscaba escribir un buen artículo para el semanario "El Pasquín" y no empaparme de la mediocridad de los tabloides amarillistas que abundaban como la hierba mala. No fue hasta que me enorgullecí de esto, que mi jefe de redacción me saludó con una terrible orden.
―Jan, ve a ver que dicen tus fuentes sobre el apagón. Seguramente algo encontrarás...
abril 12, 2014 - 0 comentarios

¿Platónico o imposible? (Completo)

***Con motivo del primer aniversario de este humilde blog, dejo el primer y más consultado posteo en lo que va de este primer año. Muchas gracias a quienes me siguen de manera anónima y a quienes siempre estuvieron desde el primer día como vos VRoffz. Te amo.***


Veo cómo la sombra de tu silueta se dibuja en la cortina que está en la puerta: los tibios rayos de sol de este invierno cardíaco contornean ante mis ojos la delgadez de tu cintura y la pronunciación de tu busto, tu delicada nariz de muñeca de porcelana. Sé que no es más que mi sentido jugándome otra vez una mala pasada, porque mis sentimientos revolotean como buitres esperando alimentarse del cadáver de tu recuerdo.
Por ti escribí poemas que nadie jamás va a leer nuevamente, por ti fui capaz de sentir lo indecible, tocar lo intocable, fui capaz de construir un modelo de persona de acuerdo a tus necesidades. Fui el héroe y el villano de nuestra historia y de cada una de las que inventaba para mí, teniéndote por protagonista. Fui capaz de desarrollar un don que quizás jamás hubiese advertido en mí sin esa necesidad de sentirme personaje principal de una aventura por obtener tu corazón. Fui escritor. Fui quien más y mejor te amó... Y, lamentablemente para tu marido, soy quien más te ama, aunque la vida nos haya puesto una distancia. Sin embargo, como bien conjugué: Fui.

Hasta mañana, mi dulce fantasma, ¿ya te vas? ¿De regreso al pueblito fantasma? ¿Acaso no estás cansada de ver los mismos rostros, de rendirte ante los mismos fríos brazos noche a noche? Hasta mañana, porque sé que mañana volveré a vivir cuando vuelvas con tu recuerdo. "Inalcanzable" me decías... No sé cómo podrías saberlo, quizás hayas visto el futuro. ¿Enamorado de un fantasma clarividente? Fantasma pesimista, diría. Recuerdo cuando eras de carne y hueso. Cuando tus besos y tu cálida respiración me hizo vivir el mejor sueño despierto. El más real. Pero ya habrá tiempo de llegar a eso, porque primero recuerdo tu encarnación, cuando eras real, cuando te vi aquella tarde de patios interiores y fragancia a durazno, maduros frutos que caían al empedrado suelo cuando se sentían independientes. Yo no pensé que así de maduro caería ante el suelo empedrado de tus encantos, los moretones y las heridas superficiales serían solamente el premio consuelo de aquella lotería el amor que nunca podría ganar. Éramos niños… tan pequeños, que jamás pensé que volviendo de esa expedición y viéndote por primera vez, iba a llegar a la hora 24 de mi niñez para ingresar en la 0 de mi adolescencia. ¿A qué familiar tuyo visitabas ese día? Me cuesta tanto recordarlo como tan poco me importa ya.
Ese día imaginé que sólo se trataba de un fantasma, en verdad. Acaso un espectro que jugaba con mi imaginación, con aquella precoz predisposición que tenía por inventar fantasías. Y cierto es que en ninguna de las fantasías que mi mente pudiera llegar a formular pudo haberse concebido la perfecta amalgama de tu piel, tus ojos y tus labios con tu voz, tu sonrisa y tu delicadeza. “Solamente fue una invención de mi imaginación”, me resigné. Pero grande fue mi sorpresa la noche de Navidad en la que te encontré allí sentada, como esperando tu príncipe azul y yo que ni me acercaba a un sapo desalineado. Ya sabía que eras de carne y hueso, que no eras ni un espectro ni una alucinación, que no eran fantasmas venidos de sabe Dios qué lugar para torturarme. Era solamente yo, que me había enamorado como un tonto: a primera vista.
Sin embargo, como en toda historia de amor que se enorgullece de sí misma, el sentimiento no era correspondido. Quizás la vida se trataba de eso, de reducirnos a una shakesperiana versión de lo que el amor puede provocar, el odio interfamiliar y en la cúspide de ello, el suicidio como la inmortalidad del alma y del amor entre dos seres. Romeo podía seguir esperando fuera de escena con su botella de veneno dispuesto a convidarme. Aunque lo pensé en más de una oportunidad. Cada lluvia de rosas que enviaba a tu valle, era respondido con ráfagas de bombas napalm directo al pecho. Cada palabra dulce era respondida con una burlona carcajada enterrando en sus entrañas el coraje y vistiéndome de bufón ante todos. Cada carta escrita fue rota ante mis ojos antes de llegar a ser abierta y leída aunque sea. Estaba deshecho. Desde ese día fui tu héroe, desde el preciso momento en que supe que tenía una restricción de acercamiento impuesto por tus sentimientos; inventé una y mil fantasías de las que te rescataba del mal; había cientos de y vivieron felices por siempre; creé decenas de situaciones de las cuales nadie más que yo pudiera salvarte. Pero como toda fantasía, un día tuvo que desaparecer… ese día nuestros caminos se dividieron, vos seguiste con tu vida, empezaste a enfantasmarte; yo, por otro lado, me fui haciendo uno con la carne de mi cuerpo, me encerré en lo que solamente era capaz de percibir con la lógica. Y, cuando todo estuvo listo por fin, te vi alejarte… así como te vi llegar, te vi dejándome; el muro que nos dividía empezó a erigirse ese mismo día: la distancia. Un muro de Berlín que, en lugar de dividir dos extensiones de un mismo país, escindía el pasado y el futuro de mi biografía. El presente soy yo y estos ladrillos son incapaces de ceder con acción de ningún hombre o mujer, parecía ser su lema.
Creo que crecí. O crecieron mis creencias. Simplemente me resistí a pensarlo, me opuse con fervor a tener que recordarte y las ideas solamente fueron pasando de la mente al papel. La tinta empezó a borrar aquello que había creído como me lo habías dicho inalcanzable. Nunca supe bien por dónde era que andabas, dónde vivías o si el tipo que habías inventado para que lo nuestro no fuese verdad existía. Fue el tiempo en que me dediqué a olvidarte, construyendo nuevas historias, dejándome comer el corazón por lobos vestidos como cordero: dejando que mi vida valga lo menos posible para, de alguna manera, sentirme vivo. Hubo buenos momentos, no lo dudo, pero comparándolo fueron más aprendizajes que disfrute. ¿Acaso de eso no es de lo que se trata nuestra vida en este mundo? De nada vale preguntarte, ni siquiera sé si me vas a responder. Ni siquiera sé si sabes lo que me estás por responder. Quizás no haya escrito lo suficiente de ti, no sé ya si es bueno apelar a tantas maniobras para que quien lea note de quién estoy hablando, alguien en algún momento sabrá con nombre y apellido a quién me refiero, sabrá con certeza de fecha y hora si los sucesos que narro son o no verosímiles. Alguien en algún momento lo sabrá todo, lo sé, y callará: no le dirá a los demás qué es lo que en realidad sucedió. Y, aunque parezca de lo más ficticio que jamás haya salido de mi boca, alguien sabrá que lo mucho que te amé no es parte de ninguna pieza literaria. O sí, la pieza literaria que conforma mi vida. La novela mejor escrita.

Otro 27 de junio encerrado en esta celda hecha de recuerdos. La muerte es un consuelo del cual no soy merecedor. Lo único que puedo anhelar es el color de ese iris, aquel tímido beso que me eyectó fuera de este mundo y me convirtió de sapo en príncipe por un corto tiempo. Un corto tiempo que valió enormemente la pena. ¿Cuánto nos habíamos distanciado? ¿Cinco años? ¿Cuatro? No creo que nadie cuente los años cuando intenta olvidar, pero quizás lo que hice fue convencerme de que lo había hecho, hasta ese inocente día que nuestros caminos —por capricho del Destino tal vez—se volvieron a cruzar. No sé si estaba tan ebrio aquella noche o solamente era mi corazón el que decidió ahogarse en alcohol al verte en brazos más dichosos. Brazos menos merecedores, diría. De qué agujero mohoso, sucio y oscuro en medio de la nada había salido semejante bestia que creía ser el conquistador de los siete mares del planeta… Tu respuesta habría sido esa misma frialdad como la que me tratabas cuando éramos niños, ni siquiera un saludo: parecías tan completamente entregada a él, que el único refugio que pude encontrar fue abrazado a un vidrio soplado repleto con el líquido que altera los sentidos. Yo no necesitaba ninguna droga que no fueses vos para mantener mi corazón agitado, bien lo comprobaste una vez. Al margen de eso, no recuerdo bien si por falsa afinidad o una indecible necesidad de estar más cerca de algo tuyo, congenié y tuve cierta relación de acercamiento con esta criatura que decía ser tu novio. Sin embargo, resultó ser una persona centrada en su ego, que compartía una particular diversión por humillarte mientras dormías muy tranquila en tu cama y luego me hacía responsable a mí de sus desenfrenos sexuales con mujeres de la calle. Sí, ese mismo que se vanagloriaba de su apellido, aunque fuera de su pueblito no era más que otro animalito de campo salido de un agujero inmundo cualquiera solamente con pretensiones de que su apellido pudiera llevarlo a la fama. Si su abuelo supiera lo que resultó, volvería del inframundo solamente para arrancarle aquel objeto de seducción que él se había encargado de enaltecer lo que duró su vida. Bien sabes que la afrenta no la callé, no pude soportar ver que aquello que me había conducido a creer en el amor, aunque fuese no correspondido, sea víctima de aquel ultraje. Luego dejé en evidencia que seguía enamorado de vos, frente a todos, frente a él… y la vida nos volvió a separar, pero no por mucho tiempo.
Cuando empezó el grueso de esta historia de amor, pensé que no sería más que el juego que empezaba a proponer. Aquella crisis con el energúmeno que ostentaba tu felicidad parecía dejar esa brecha en la cual pude, a fuerza de ramitas cual pajarito enamorado, armar un nidito en el cual pudiste por fin saber que pudiste haber sido feliz todo esto tiempo que estuvimos separados. ¿Todo ese tiempo separados? Sí, así de enorme fue mi sorpresa cuando me confesaste que de chica yo también te gustaba pero nunca te habías animado a confesarlo. Cada vez que recuerdo aquello, experimento algo en el pecho, un sentimiento de plenitud que solamente me da el transportarme a aquel momento: nunca volví a sentirme así sin tener un vacío que carcomiera desde lo más profundo luego. Recuerdo cada instante como si se hubieran congelado y conservado de una manera criogénica en mi memoria, sin importar si con eso empujaba algún otro recuerdo menos útil hacia la papelera. Tu mano aferrada a la mía mirando una película, tus ojos de maravillada, tus blancos dientes detrás de esa sonrisa, ese color en tus mejillas. Mi tímida idiotez que no podía besarte y condenar ese bello momento a un berrinche tuyo. Cuando recostado en la cama miraba el techo y no encontraba una salida a aquel miedo atroz, te acercaste a acostarte a mi lado, posiblemente a ayudarme a encontrar la solución. En lugar de eso, me embarraste el camino preguntándome qué esperaba de una relación entre nosotros. Dudé. ¿Cómo podíamos llevar adelante algo así, teniendo en nuestro camino tantos baches del tamaño de cráteres lunares dispuestos a propósitos para que no fuéramos ni siquiera amigos? Decidí no darte ninguna respuesta razonable, el corazón me había llevado hasta allí, el corazón me tenía al lado tuyo, respirando los dos el aire del otro. No iba a dejar que mi razón arruinara quizás la única oportunidad que tenía: te dije que lo único que quería era amarte y hacerte feliz, no importaba cómo fuera, cuánto me llevara. Simplemente quería que te sintieras tan feliz como ese tiempo que fuimos el uno del otro, yo atendiendo tus más mínimos detalles, haciéndote sentir orgullosa de ser mujer. De ser la mujer de mis sueños. Me besaste y escribiste tus nombres en mis labios para siempre, la marca con la que debía vagar por la Tierra como la que Dios le puso a Caín por haber matado a su hermano, ese beso mató mis demonios internos, fortaleció mi autoestima, me hizo creer en algo en lo que ya de a poco estaba perdiendo la fe. Fui feliz en ese momento, sabía que eran tus labios el agua bendita que venía a hacerme creyente una vez más. Sí, parecía haberme quedado dormido de vuelta en alguna clase y haber soñado con todo eso, pero no fue ningún sueño… el sueño eras vos, mi dulce fantasma, cuando encarnada me diste de probar el néctar de tus labios, me diste la inmortalidad para que después pudiera arrepentirme.



No obstante, la llamada del Destino estaba próxima: debíamos volver a separarnos. Ninguno de los dos queríamos pero siempre volvíamos a reencontrarnos, quizás esta vez nosotros podíamos burlarnos de él de una manera insospechada, prometiéndonos en secreto los pasos a seguir de nuestro plan para fugarnos por amor del Destino, la familia y los demonios que volvían a las andadas. Entre besos y arrumacos la madrugada nos sorprendió prometiéndonos amor eterno, no podíamos esperar hasta la próxima vida para sufrir hasta volver a encontrarnos. Era imperdonable. Y ese día vi cómo nos alejábamos, con las promesas frescas, las miradas clavadas uno en el otro, extrañándonos los besos y los abrazos. En poco tiempo nos acostumbramos tanto el uno al otro que parecía casi novelesco. Desembarqué en mi mundo de nuevo, todo parecía igual pero el que había cambiado era yo. Luego todo se volvió confuso, quisiste cambiar y dejar atrás tu pueblito fantasma, pero los demonios no solamente son entes que complotan para arruinar nuestras vidas, también son seres humanos que quieren que vivas una vida a pleno antojo suyo. Un día me dijiste que no soportabas más la presión, que te había abandonado, comenzaste a odiarme y volviste a tu pueblo, a vivir aquella vida que tanto te pesaba. Sin habernos dado cuenta, el Destino había recibido las tácticas de nuestro plan y lo arruinó todo. Quizás ya nunca más íbamos a cruzarnos de nuevo, porque el regreso solamente te llevó a los mismos brazos ingratos de siempre, a aquel desparpajo de tipo que nunca hizo más que humillarte y maltratarte, usarte como su mucama personal y no ser otra cosa para él que un objeto de los deseos que su hueca y podrida mente cobijaba. La utopía que había sido mi mundo, ahora era peor que un apocalipsis zombi sumado a desastres naturales, una extraña sensación de fin del mundo y siete guerras mundiales en simultáneo. Algo tenía que hacer…
                                                     ***
¿Qué tan mal estuve, me preguntas? Mi pobre fantasma, si hasta pareciera que ignoraras que sigo respirando. Sigo vivo, pero con un pedazo de mi alma perdida quién sabe dónde. Sigo vivo, sí, pero ¿a qué costo? ¿Cuánto me costó tenerte aquí de nuevo frente a mí? A veces pienso que solamente estoy hablando solo, desvariando. No, mi querida, no fue tan fácil deshacerse de la espina que se clavó en lo profundo de mi ser, arrancarme el tatuaje de tus besos de mi piel ni borrar la tinta indeleble con las que escribiste cada uno de los mandatos de amor en mi persona. No es fácil abrir una puerta y dejar atrás una habitación pintada con tu nombre y tu rostro, con libros de cómo debía ser con vos, repleta de papeles donde escribía qué poder enseñarte y qué cosas podías enseñarme también. El suicidio no es opción para los que temen morir. Seguramente tuviera la suerte de caminar sobre alguna plataforma que me eyectara al sol, encontrar algo que ardiera más que el calor de tu cuerpo para quemarme y consumirme, que no quedara más de mí que un recuerdo abyecto de existencia, de halo espiritual. Seguí vivo, mi encantador fantasma, a pesar que cada día que pasaba sin saber de vos era la muerte constante, el gélido beso del ángel de la Muerte noche tras noche: pasé mil años en un infierno de hielo tratando de apagar el incendio que dentro de mi pecho encendiste, y no lo pude apagar del todo.


Aquella mañana recibí la llamada que me detuvo en el tiempo: te ibas a casar con ese Homo Neanderthal que nunca te había hecho sentir la mujer que fuiste a mi lado. ¿Parálisis momentánea? Puede ser, mi tierno fantasma. ¿Recuerdas aquella sensación de qué en mi pecho corrían una carrera una tropa de caballos salvajes cada vez que me besabas o estabas cerca mío? Fue algo parecido, seguido de un temblor en las piernas y la idea de tener que hacer algo. No podía perder el premio de tu amor sin siquiera haber competido como se debe, pero no tenía autoridad ni valentía para pensar un plan que pudiera acercarme de vuelta a vos. Quizás refugiándome en un trago podría pensar más claramente o, aunque sea, darme el valor de ser el intrépido príncipe azul que siempre dijiste que era. Y me tomé toda la botella, la mente no estaba totalmente clara pero tampoco podía apartarme de tu recuerdo, mi fantasma sonriente. Fantasma que me miras desde el fondo de ese vaso de cristal y me guiñas un ojo, ¿qué quieres? ¿Quieres que forme parte de aquel circo al que todo hombre se suma solamente por demostrar qué tan hombre es? ¿Quieres que me ponga en el papel de amante desesperado que hace cualquier cosa por no perder al amor de su vida? Me recuesto mientras todo da vueltas, quizás soñándote pueda mitigar este dolor que me ha dejado tan borracho de sentimientos y alcohol. Perdí la consciencia ante la idea de perderte para siempre.
Me desperté algo confundido y alterado, no tenía noción de que estaba haciendo algo que podía cambiarlo todo. Tomé dinero de mis ahorros y salí corriendo a comprar un boleto que me llevara cerca tuyo. En menos de lo que pensaba, aún soportando mis propias ansías, llegué hasta aquella ciudad en la que una vez nos enamoramos. Ahora me quedaba un solo problema: llegar hasta tu pueblito fantasma antes de que dieras el sí. ¿Tan loco podía estar alguien? Es algo que en ese momento no me planteé ni remotamente, aunque mis amistades me lo hayan reprochado en innumerables ocasiones. Todo estaba pasando tan rápido que necesitaba más tiempo de planear cada movimiento, tiempo que, obviamente, no tenía. El camino hasta tu casa, mi fantasma, no era tan fácil de sortear como cualquiera creería, aun así me aventuré a tomar ese ómnibus amarillo que un día te alejó de mí para no verte sino unos años más tarde, convertida en la mujer de la que me enamoré. El viaje era largo, intenté dormirme pero no pude siquiera soñar, parecía que la ansiedad me estuviera jugando la peor pasada. Los zapatos me apretaban, la señora sentada al lado mío había balbuceado algo que no llegué a comprender: le sonreí por cortesía. Sabes que tengo esa costumbre. Tenía ganas de llegar a ese lugar al que solamente había ido una vez y no por mis propios medios, quizás me perdía en medio de la nada. Ruta 142. El siguiente pueblo era donde debía bajarme, miré el reloj: todavía no era tan tarde para llegar a evitar que te casaras. Sí, estaba yendo a impedir tu boda, ¿qué esperabas que hiciera? Era un hermoso día, el sol resplandecía, los colores de la vegetación podían dejar ciego a cualquiera que pasara por allí, pero apenas descendí caminé en círculos, buscando aquella iglesia donde el infeliz te desposaría. ¿Seguía habiendo arsénico en el agua? Parecía haberme perdido, busqué la cúpula, no la encontré. Busqué una cruz en lo alto, allí estaba, solamente esperé no llegar tarde. Crucé una plaza embarrada, parecía que había caído una tormenta la noche anterior, quizás el clima también lloraba como yo lo había hecho. Hasta podía oler mis lágrimas, aunque no todo estuviera perdido todavía. En aquella iglesia todo parecía calmado, había gente en la puerta y en la plaza también, aminoré la marcha y escondí mi rostro, algunos de tus familiares me conocían y no era muy común ver a alguien que no era del pueblo por esos lares. ¡Tu casa! Quizás estaban preparando todo para tu salida al oratorio. Me volví sobre mis pasos y reconocí tu casa a las pocas cuadras, un automóvil adornado con un enorme moño rosado esperaba en la puerta. Cuando faltaban tres metros para llegar allí, pude ver que salías vestida de blanco, resplandeciente, el día y sus colores no valían una mierda al lado de tal visión. Pero fueron escasos segundos, subiste al auto, siguieron tus padres detrás de ti y el auto arrancó. Llegaban tarde. Me volví a tapar el rostro para que tus padres no me reconocieran y vi cómo te alejabas. Había estado a pocos metros tuyo y no me habías notado, quizás sí era verdad que me habías dejado de querer. Me sentí abatido, no tenía fuerzas en las piernas para correr no tenía voz para gritar tu nombre. ¿Qué podía hacer para que notaras que estaba ahí, mi bello fantasma? No parecías un alma en pena vestida de blanco, eras la princesa de la que me había enamorado perdidamente. Pero ya eras soberana de otro reino, aunque de nada hubiese valido mi expedición a tu pueblito fantasma. Me senté en el suelo y esperé a la Muerte que me llevara con su incondicional beso pero, hete aquí, fantasma travieso, que la Muerte llegó y no me llevó. Simplemente me despertó.

Aquel largo sueño en el que imaginé la osadía de buscarte y perderte, no fue más que una fantasía que mi cerebro recreó una noche. ¿Que cómo es que mi cerebro puede inventar tales cosas, fantasma curioso? Eso es porque no has visto las cosas de las que soy capaz y de las cosas en las que estuviste inmersa mientras jugabas a ser feliz con él. Te he rescatado más veces de la infelicidad que lo que cualquiera haya hecho. Sí, tratar de impedir tu boda fue un sueño, uno vívido y doloroso, pero nada que no pudiera remediar una aspirina la mañana siguiente. No sé cómo fue el día que te casaste, no sé cómo llegué hasta aquí, en realidad me dejé guiar por el recuerdo de mi sueño: ha crecido mucho este pueblo. Simplemente caminé hasta aquí, me aseguré de que él no se encontrara y decidí contarte todo esto, mi perplejo fantasma. Sorpresa para mí es que estés tan hermosa con el paso del tiempo… No, no confundas estas lágrimas con dolor, por favor. Es algo como felicidad, es algo como… ¡Ay, mi fantasma inocente! Si supieras lo que me cuesta transmitirte los sentimientos tal como los vivo, es que nunca me imaginé estando acá. Pero, no quiero robarte más de tu tiempo, sé que tus hijos te demandan más de lo que yo puedo pretender y, creo que me he quedado demasiado tiempo en tu puerta, los vecinos se van a escandalizar. No, mi hospitalario fantasma, no insistas a que me quede, no podría soportar ver el ritual de convivencia que llevas con aquel hombre. Quizás en otro momento nos volvamos a ver. Seguramente no nos volvamos a ver hasta la próxima vez, y en ese caso, recuérdame de pelear por vos hasta las últimas consecuencias.

Ve adentro, mi insistente fantasma, que si lo nuestro vuelve a ser, será. Nunca dejaría que la historia se repita, nunca dejaría que vuelvas a sufrir. Ve, cierra la puerta, seca tus lágrimas como yo secaré las mías. Ve y piensa una respuesta para la próxima vez que el Destino quiera jugar dados con nuestra existencia: este amor que nos tenemos, ¿cómo es? ¿Platónico o imposible?

abril 11, 2014 - 0 comentarios

León de fuego


a VRoffz, desde lo más
profundo de mi corazón

El león de tacones altos se me acercó sensual
con su cabellera encendida en un fuego carnal
sus labios carmesí en sintonía con el deseo
y la piel deslumbrando con un toque de desenfreno.


Baila alrededor mío una danza hipnótica y fatal
antropofagia imposible de negar como tal
el león de cabellos de fuego me arrancará la piel
y no habrá tiempo de pensar en lo bebido como hiel.


Bestia altanera y soberbia, regente cruel
mas apasionada y dulce como la misma miel
hoy me toca ser inevitable presa de sus encantos asesinos
¿qué clase de Dios bendito cruzó nuestros los caminos?

El león de cabello de fuego ya se cierne sobre mí
no quiero pelear contra sus dientes, los quiero, sí
anhelo que con fiereza frenética parta mi carne
para que así a su antojo me desarme y me arme.





abril 08, 2014 - , 0 comentarios

Séptimo día (Final)


Al séptimo día, Dios despertó. Y, en su calidad de mujer, ese mismo día creó al hombre “a su imagen y semejanza”. Semejante estupidez —un pedazo de carne que camina— no es un invento, mas el hecho de que su raza aún hoy se prolongue es un milagro. Dios abandonó esa creación, cuanto menos la desheredó, quizá le regaló el cielo pero le cerró sus puertas, que siguen perteneciéndole a Ella. Imaginar un Dios como mujer le da mucho mas interés a nuestra existencia, pues el mundo está bajo el dominio de los hombres.

Dios creó este hombre al séptimo día, o al octavo… ¿a quién le importa realmente? Pero fue después que todos los truenos y relámpagos cayeran sobre su errante alma, incluso antes de que fuera carne. Y, al parecer, ese Ser lavó todo ignominioso recuerdo pasado del historial de su alma al hacerse carne y hacer su propia regresión.

Una de sus creaciones estaba en medio del mar.

En medio de la nada, inconsciente.

Ella tocó mis ojos con una cálida mano: el sol. El dolor en mi cabeza se había prolongado desde el final del día anterior. Sentí que la madera crujía, el agua susurraba otras coplas tropicales que naturalmente mis tímpanos desconocían, acostumbrados al desquiciado sonido de la contaminación y la desidia.

Continuaba con los ojos cerrados, ya la teoría de haber estado muerto se había desgastado en esas 24 horas posteriores al déjà vu del pasado, luego de la tormenta y de saber que quizá moriría de sed o de hambre. Allí, donde todos los lugares eran un paisaje y el  horizonte mismo tampoco tenia salida, el único escape estaba en mantener cerrados los ojos o mirar al infinito y encontrarse con la locura de frente.
Cuando por fin mis ojos se abrieron, pude ver pájaros que me hicieron pensar en las cercanías: tierra. Pero en ninguna dirección se divisaba, solamente niebla. Por lo menos pude ver pájaros y sentir inocentemente que algún lugar había detrás de la cortina de niebla. Quizás el lugar que me había costado días de preguntas sin respuestas.
Si se agotaba mi paciencia, estaba perdido, pues ya había cruzado el flagelo de todas las cosas posibles que la naturaleza podía ofrecerme para retrasar mi llegada. Y, sin embargo, no tenía horario de arribo.
Todavía recordaba las calles y las luces de los automóviles, de los camiones, el hormigón, los edificios, los colectivos, las motos, toda la mugre de la ciudad, los perros, los puentes, los trenes y sus estaciones, el fuego y el hielo, niños corriendo entre la basura, museos, casas antiguas, zaguanes, patios, pasillos, sótanos, ríos, dársenas, algún que otro dique, un riachuelo, televisores, radios, revistas y diarios, computadoras, internet, celulares… todo seguía igual allí.
Me había ido para cambiar algo, pero lo único que podía haber cambiado era yo. Nada de lo demás podía alterarse. Admiré con horror que todas las cosas que eran propensas a un nuevo estado de recapacitación futura, seguían allí. Los fantasmas de aquello que había superado en mi viaje continuaban tan encarnados como yo lo estaba.
Mentiría si les digo que intenté ser fuerte. Volví a mi celda gris, subí a mi balsa de madera, recalibré aquella brújula que era mi corazón y arranqué las hojas de esta bitácora que mañana empezaré nuevamente bajo otro titulo. Quizás no vuelvan a tener noticias de ella ni de mí, porque comenzará otra etapa totalmente distinta.

“Un eterno naufragio”.
abril 01, 2014 - , 0 comentarios

Sexto día



¿Acaso me encontraba muerto? Ningún túnel me tomo ni me atrajo a caminar por sus claustros para encontrarme con otros muertos de mi existir. ¿Acaso estaba muriendo? Aunque mi mirada no se apagaba, ya estaba totalmente negro mi paisaje desde la tarde anterior.

Tal vez el agua y el viento frío se habían colado en mis huesos, con la fiebre ósea que cruje el esqueleto y que duele muy hondo. La hipotermia, ya sea de todo, de la soledad o de nunca poder haberla tenido más que para ser su bufón, para creer que me elevabas hasta la más hermosa de las nebulosas cuando en realidad me encarnabas el más cruento y oscuro inframundo. Los católicos lo llaman “inferno”.


Creo después de aquella tormenta, afuera es un día hermoso. Aunque no me importa. Esto es un exilio, no es un viaje de placer. Hoy tengo ganas de quedarme aquí, de ver mi interior, de estimar en qué escala involutiva me encuentro.

Quizás mientras me encontraba fuera de mí, algún Nerón quemaba su propia Roma, echándole la culpa a alguien que no tenía lugar en la historia. ¿Y si me embarqué al naufragio pensando que los demás tenían la culpa cuando en realidad quien ha dramatizado todo este anodino juego no fue otro más que yo? La respuesta dejaría al descubierto que todo lo que he escrito en mi vida fue en vano y que no sé qué es lo que siento. Y después tiendo a minimizar los hechos, socavo hasta lo más profundo y sigo en el mismo juego de perfilarme como un idiota más. O como otro hipócrita. Odio ser del montón.

No recuerdo si era la tormenta o la muerte, pero algo estaba obligándome a ordenar y limpiar mi interior. Y tuve que tirar el recuerdo de su voz y qué cosas le gustaban, cómo miraba… todo. Sin embargo, el tatuaje de su nombre seguiría ahí.

Esta balsa sigue tomada; yo, simplemente, debo comenzar por el principio. Aquí en mi popa, esas ánimas tienen eco, pero debo seguir limpiando todo, erradicar todo espíritu que obstruye mi libertad interior.


El quid del naufragio comienza a esclarecerse.




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