marzo 29, 2014 - , 0 comentarios

Quinto día



Esta mañana una enorme sombra me tapó el débil sol que apenas se asomaba por aquellas nubes grises. Lloviznaba de a ratos. Solamente el fantasma de la bruma marítima me ofrecía una compañía agradable. El Estigia ofrecía un paisaje poco más que agonizante o prometedor. Ya no había horizonte posible.
Era un maldito laberinto de agua con un bestiario en el centro, dispuesto a destrozarme. ¡Y vaya que estaban encarnizados conmigo! Por lo tanto, aquella figura que sobrevolaba en lo alto no podía ser una gaviota de mis recuerdos, que había salido a altamar a morir. El sol no me dejaba ver por completo qué era aquello que surcaba los cielos con enormes alas de… ¿polilla? Reí a carcajadas y traté de retomar el rumbo, pero la brújula en mi pecho marcaba hacia el cielo.
Deseaba que el Leviatán no notara mi presencia. Solamente escuchaba la proa cortando con majestuosidad las oscuras aguas del mar que había acallado sus lamentos. El suave rechinar de maderas de aquella balsa. Parecía estar muriéndome y Azrael “hombre-polilla” ahí arriba, gozando con mi agonía como un buitre que se relame antes del descenso final. ¿Ofrecería resistencia? Mi vida entera había consistido en resistir, al orden establecido, a las modas, a las opiniones, al amor. A todo. ¿Por qué no le ofrecería resistencia a un maricón vestido de insecto que venia a arrancarme la vida después de haber estado invitado a ser el postre de la gran bestia marina y haberlo sobrevivido?
Estúpido instinto de supervivencia, otra vez.


La Sombra…
La sombra de quien yo creía el ángel de la muerte, ha descendido. Pero no es la Parca. No. Temo que es algo mucho peor que eso, parece una sirena sin cola, un hada sin magia y una ninfa sin sexo. Es… un engendro que me ha regalado el Estigia, con branquias y escamas, ojos grandes, sonrisa ancha, dientes puntiagudos y blancos, delgada (extremadamente delgada), grandes alas que esconde debajo de sus brazos y una abrumadora ausencia de alma en su expresión.
Dijo ser ama y señora indiscutible de aquel mar. Suyas eran todas las desgracias que habían caído sobre mí el día anterior y suyo seria el tormento que habría de propiciarme de ese momento en adelante. Todo esto, por supuesto, no lo escuché porque inmediatamente su boca emitió caí en un poderoso embrujo.
Bebí de ese elixir tan embriagador de sus besos. Ella extraía el oro de mis venas, la luz de mi alma y el calor de mis huesos para conformar su alimento. Su desprecio era mi maná. El veneno que bebí de su pequeño cuerpo de no-hada engangrenó hasta el ultimo de mis músculos; comí de todas esas manzanas del desconocimiento y dejé que limpiara mis heridas con vinagre y cuando cicatrizara volviera a clavar el arpón. Y yo no sentía nada, ¿Quién sospecharía de la crueldad de una mariposa de mar?
No recuerdo bien cuánto tiempo me tocó vivir ese suplicio en carne propia; había perdido el rumbo, la brújula se había oxidado y mi drogado cadáver en vida no diferenciaba amor o servidumbre. Debía alegrarme y recuperar el sentido de mi viaje, porque no había naufragado tanto para terminar como siempre, a los pies de la tiranía.
Luego de aquel festival ignominioso, de ese aquelarre de besos prohibidos y de esa kermesse del oprobio humano, me deslicé y la abandone en su lecho aún ardiente; robé una nueva balsa de su palacio en medio del mar y huí con un nuevo rumbo. Desconocido.
Ignoro completamente si se trataba realmente de la reina del mar. Lo dudo mucho. Seguramente era un ánima perdida de este Estigia que cada día que pasa emplea mecanismos más desesperados para poder engullirme entre sus fauces. Sin embargo, pese a no ser “la reina”, aquel engendro despertó cuando ya me había alejado unos cuantos kilómetros y, posiblemente al no encontrarme en su cama, lanzó un grito que agitó las aguas y levantó olas del tamaño de un muro, provocando así que mi balsa se convulsionara y un golpe en la cabeza volvió mi entorno tan oscuro como el alma de aquella cosa que me había tomado como rehén.


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