enero 08, 2014 - , 0 comentarios

Una historia más... (Final)


Mar de lava. La última vez fue definitiva, tanto como esta mortal ceguera. Quise volver por ti, pero se ve que no era ni el niño que deseaste alguna vez que te besara como un juego ni el joven que te hizo el amor en una mezcla casi poética de desenfreno pasional y erotismo.

Fue mi primer y único pecado. No existen personas completamente incorruptibles. Lo que comenzó con un beso terminó con otro pero de la manera más extraña que alguien pudiera pensar. Pensé en ti, en que quizás jugué todas mis cartas por estar a tu lado y desperdiciaste este momento. Ambos perdimos aquello que sentíamos por culpa mía. Si estuvieses aquí entenderías que no podría seguir pensando en otro culpable más que en mí mismo. Fue una cuestión de religión y de razón el recordar que fuiste mi único y primer pecado, porque fuiste mi único y primer amor. No sé todavía por qué decidí llamarle “Otra historia de amor”, tal vez ni yo mismo sepa en todo este tiempo que transcurrió qué es realmente el amor. ¿Es eso que sentías por él? No lo creo. Nuestro juego de niños te comprometió a pensar en mí y en nadie más que en mí. Sé que buscabas en cualquier conocido algo que fuera parecido a mí pero no tan bastardo, no tan valiente, quizás con un poco más de testosterona y menos de materia gris. Recurriste al mismo momento en que yo no te vi y traté de buscarte con algún sustitutivo.



—En el fondo, no vales una mierda… —dijo el día que los encontré juntos.

Así me arrojó por el volcán hacia el vacío interno que procuraba sucumbir ante la fría y penetrante mirada color marrón de aquel arlequín estúpido que pretendía imitarme. Aquel infeliz usurpador que se me cruzó al arremeter contra ti. Yo desenfundé mi navaja pulida de cuchillero traidor arrabalero pensando que era solamente un puñado de dudas y ganas de que este arrojo no ganara mi locura. O la poca cordura que me quedaba.

Tus ojos parecían vaciarse al compás de la sinfonía que tocaba el cuchillo dentro de su estómago. No quería llegar a esto, simplemente él se atravesó con ese aire heroico tan patético. Ni su grasa abdominal pudo detener aquella cercenante acción, podría haberlo hecho: el pánico me tomó preso del odio inconmensurable de no querer que su sufrimiento cesase. Por eso desde su estómago corté su carne cuesta arriba hasta encontrar sus huesos torácicos. Quizás una cirugía así le haría enterarse que yo te amaba a ti y que él era solamente un juguete de imitación barato.

La única música a mi alrededor eran tus frenéticos gritos para que lo dejara, pero es que ya no podía dejar a ese hombre que comenzaba a desprenderse de sus vísceras. Fue una horrible y placentera mezcla de sentimientos, el color predominante era el rojo de su sonrisa que expresaba esta tragedia griega traída de los pelos al burgo sudaca. Tan venido a menos como pocas veces. Así de fácil resultó mi perdición.


Tu amor por mí se fue así, como cuando la última gota de sangre de ese infeliz tocó el suelo. Ese mar rojo ya no podía volver a cruzarlo por ti.


Aquí culminan todas mis razones, entre estas cuatro paredes del penal… solamente con tres preguntas a flor de labios que quizás nunca pueda contestarme con sinceridad.
¿Es nuestro ese hijo que esperas?
¿Qué dice nuestra sangre que tanto nos separa?

¿Por qué sigo amándote? Te sigo amando.

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