enero 07, 2014 - , 0 comentarios

Una historia más... (Cont.)


Segunda pregunta, la segunda vez que te ví me enamoré, ¿por qué? Ya había dejado de ser un simple juego de niños, era una hoguera de soles de primavera que no había podido disfrutar por la soledad. Era todo eso que nunca sentí porque pasé tan rápido de la inmadurez a la madurez que me olvidé de los puntos intermedios, las indecisiones, la cobardía de meter a todos en la misma bolsa.

Era como el amor, aunque lo haya abstraído siempre del contexto cotidiano como para analizarlo.

No éramos niños ya, pero tampoco éramos adultos. Solamente llegaría a definirme como una intuición de lo que dejaba de ser y lo que aspiraba a llegar, aunque fuera a millones de años de distancia. Era tanto y tan poco el tiempo, que unos meses después de ese beso particular y despiadado ya te tenía aquí, desnuda y sobe mí, amoldándome con tus manos, con tus uñas rastrillando y pasándole el arado a los campos de mi piel. Abriste cráteres con tus besos, liberaste caminos anegados por el dolor con tus caricias de seda. Si el cielo no fuera mudo, juraría que escuche cantar a los ángeles. Acaricié su espalda: aquel ángel la tenía.


Y todo duró hasta que la maldición que me persigue me encontró de vuelta. Hasta que ni este sentimiento pudo resistir una reina única y absoluta. Quise evitar que nuestro distanciamiento no resultara tan claudicante, porque cualquier persona racional comprendería que lo bueno dura poco. Ojalá hubiese sido racional alguna vez en mi puta vida y no tuviera que aceptar que hoy todo es un cataclismo de hora doce por mí y por esta enfermedad de mierda que tuve contigo. Las lluvias ya no eran aguas cayendo del cielo: eran tus lágrimas. Tu lengua tratando de pasar con una sutil caricia por las venas de mis brazos para vaciar este vino con gusto a deshonra que corre por dentro de mí, desde mi corazón sin vida hasta mis órganos. No habrá nada ya con qué darle una utilidad a mis ojos si no puedo deleitarlos con tu figura danzando desnuda al compás del calor de mi cuerpo entre un juego de luces y sombras. La noche que me tocaste el cuerpo, aquella que me prendí fuego a la luz de tu epidermis.

Y en cuanto me ausenté por solamente unos minutos lunares, ya te habías enamorado de otro que no era mi doble personalidad. Allí estabas desnuda de toda razón, caminando un camino como el mío pero en paralelo mientras este me truncaba el paso con un cartel que me dio el golpe de gracia espectacular para terminar con todo esto que yo era a tu imagen y semejanza: “fin de la carretera”.


El final parece una palabra tan usada últimamente que pierde el sentido de catástrofe, al parecer todo se concentraba en la inminencia de la tercera vez que te vi con algunos toques sabrosos de ironía y de dolor. Lo poco que nos habíamos querido duró no sólo eso sino también la noche en que te quise besar ya por última vez. Solamente el silencio nos contó el ocaso de esta historia que terminó como dando señales de volver a la normalidad esa fría tarde de verano, una casi tan frío como lo era yo.

0 comentarios:

Publicar un comentario

Dime qué te pareció la entrada...

Se ha producido un error en este gadget.

Si te gustó, suscribite por e-mail