enero 26, 2014 - 0 comentarios

El eslabón más débil (sátira americana)


Todo a su alrededor parecía haber estado suspendido en el aire hasta ese momento. Era como si las partículas de aire transitaran en derredor suyo tan lentamente como su letanía se lo permitiese. Algo dentro suyo le decía que ya estaba, que era hora de despertar de aquel apelmazado y poco doloroso trance. La voz no es una voz cualquiera, es una voz dulce y armoniosa que parece quererlo y desear lo mejor para él. 
«Arriba, Joe. Es hora de que despiertes». 
El muchacho parece negarse: quiere seguir oyendo la risa de los niños en el parque, quiere seguir comiendo pedazos de fruta las tardes de verano en los verdes campos de sus abuelos; siente deseos de quedarse enclaustrado dentro de sus pensamientos más alejados y placenteros que parecen no ser de él. Joe se detiene como se detienen las partículas de tiempo alrededor suyo: ¿aquellos recuerdos le pertenecen? Un escalofrío le recorre la espina dorsal, el cerebro envía y recibe información hacia el sistema nervioso central. La maquinaria está en marcha, ya es irreversible. Y ahí llega la adrenalina acompañada de los recuerdos. De los verdaderos.

En aquel silencio, la voz le dice que ya no es un niño. Que adelante sus pensamientos. Joe mira fijamente en lo negro detrás de sus párpados y recorre casi mentalmente los sucesos: tiene 26 años y ha entrado en una fiesta. Es la fiesta de una fraternidad universitaria, sí. Una verdadera fiesta con mucho alcohol y hermosas porristas con enormes y jugosos pechos. Dentro de ese descontrol hasta un nerd como él podría llegar a tener sexo. La voz suelta una sonrisita socarrona que podría sonrojar a cualquiera. Y Joe está dentro de la fiesta, bailando: algunos lo miran con cara de asombro, otros lo ignoran, logra quedarse con una hermosa chica de cabellos castaños oscuros y unas curvas que ni él puede creer. Charlan. La gente comienza a irse y solamente quedan 13: el número perfecto. Joe está entre aquellos trece jóvenes aburridos que no tienen mejor idea que tomar una tabla Ouija y despertar a los fantasmas. La garganta de Joe comienza a entumirse, parece que al fin empieza a recordar su cuerpo qué es lo que está sucediendo. El porqué de su largo sueño. «¿Qué fue lo que despertaste aquella noche, Joe? ¿Qué fue aquello que despertaron aquella noche a pesar de las advertencias?», la voz parece compadecerse de él. Al parecer, ya nada va a salvarlo de lo que ahora le es claro como el agua.
Joe empieza a tener conciencia de su alrededor. Las moléculas empiezan a sacudirse en el aire. Todo empieza a tener movimiento de nuevo. Vuelve a sentir su cuerpo, siente sus manos atadas en sus muñecas por cadenas que están adheridas a una vida. Joe está colgando en el aire. Sus piernas, vencidas, han quedado dobladas. Siente el torso desnudo. Huele su transpiración y aquello que percibe apenas recupera el sentido del gusto no es su mal aliento matinal, es sangre. La voz se ha esfumado, necesita su consuelo. Pero no está. En lugar de eso, Joe escucha el sonido de la noche, los grillos y un búho que seguramente está sobre un árbol vigilando. Percibe las dimensiones del lugar donde está antes de abrir los ojos: es una pequeña caseta de madera. Se escucha el crujir de madera al soplar fuerte el viento. Ya está temblando, escucha que a los pocos metros alguien emite un sonido que parece interminable y abre los ojos, aterrorizado y a punto de soltar un grito que vacíe el aire contenido en sus pulmones.

Hay un hombre, vestido de mameluco marrón afilando un machete sobre una mesa con una piedra. El hombre tiene los ojos blancos, el pelo sucio y revuelto, barba de muchos días y un hedor a pudrición que apenas puede estarse cerca de él. El hombre lo escruta con una mirada y parece haber entendido todo lo que por su cabeza pasó hasta despertar. Joe comienza a negar repetitivamente con la cabeza, ni siquiera tiene fuerzas para gritar socorro. Quizás fuese en vano. Aquello no le estaba pasando, solamente era un estúpido sueño. Sí, eso era. Solamente debía despertarse para estar acostado al lado de Mary después de haber disfrutado el mejor sexo de su vida. El asesino deja de afilar el machete, Joe le ruega a la voz que le responda por qué a él, si tenía una vida prometedora, era joven y casi no había hecho ninguna locura, no había ido a la cárcel, solamente consumía drogas en ocasiones muy remotas y tenía un futuro envidiable… Pero ya nadie le contesto. Detrás de una hilera de dientes putrefactos y agusanados, fue el asesino quien quizás leyó el pensamiento del pobre Joe:
―Eres el eslabón más débil.

La faena acababa de comenzar.

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