enero 15, 2014 - , 0 comentarios

Día Tercero

El alba despunta con una bandada de gaviotas que vuelan graznando una pena que llevan escondidas en las plumas, son corazones arrancados de manera cruel por amantes sin compasión que desgarran amor como si deshojaran una margarita.
El mar de mis pensamientos está calmo, y eso sólo significa el ojo del huracán a mitad de los lamentos que recita este mar que parece más bravo que el Estigia mismo. Todos los ríos del infierno son arroyos mansos en comparación.

Sigo sin ver el horizonte.

Una franja roja parecida a la salida del sol se desdibuja por allí, pero no hay luz en las sombras de mi corazón ni del hueco que hay cuando pierdo esta brújula de alvéolos, sangre y sentimientos. Es dolor. Y seguramente la franja se convierta en lava para lavar mis pecados... Mi inocencia estúpida. Moriré antes de saber cuánto debo por la imprudencia de haber vivido y sufriré antes de conocer por qué amé tanto y de manera tan inconsciente.

Borraré de mi mente esos recuerdos y aprovecharé que mi Estigia está calmo para dormir y soñar un sueño en el que seguramente seré humano y viviré una vida sin fijarme en estas vanas intenciones por las cuales naufragué.



Encuentros de verano. Duelo de ojos marrones y miradas punzantes: el delirio de una noche húmeda en la que nos vimos y nos deseamos. Tuvimos tiempo de ser algo más que lo prohibido, pero nunca le faltamos el respeto a la moral. Maldito destino. No me embarqué por un sentimiento contrario a las costumbres, pero donde estoy no hay moral ni costumbres, solamente agua y ríos de sangre de un corazón que se perdió en la inmensidad de una perdición que, por momentos, sabe dolorosamente dulce.

Dulce Estigia.


Sé que un día nos volveremos a encontrar y podría ser cuando seamos algo más que polvo y huesos, algo más que solamente consciencias infinitas. Cuando volvamos a la fuente, seremos cántaros que salen de él. Y quizás nunca volvamos a volar juntos, como esas aves oceánicas de rapiña que revuelan sobre mi cadáver viviente. Perderé el gusto por ser arrancado de alguno de mis órganos vitales y de disfrutar con ese latrocinante acto de punzante frío.

El día se acerca a su fin, mientras observo cómo esa cortina negra se está por abalanzar sobre mi balsa. No creo que pueda dormir esta noche, tendré que vivir una pesadilla más en lo que me toque navegar desde una punta a otra de este mar que se antoja tan tranquilo como asesino. Estoy tan cerca y a la vez tan lejos de la revelación que por momentos no sé distinguirme como profeta o anticristo de mi propia religión.

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