enero 31, 2014 - , 0 comentarios

Crónicas Neph (9 - Derrota)


Ya no soy el ángel que solía ser...

Solamente soy una sombra que vaga impunemente por este campo de batallas: aquí quedó lo que restaba de mi mortalidad, aquello que me ataba al mundo de los que eran ciegos y podían ver. En silencio, la sombra de los condenados buscaba refugio allí donde no daba la luz ni se oían murmullos de muerte.

Mis alas se quemaron por destino...

La derrota fue amarga, pero al mismo tiempo resultaba insípida y pedante; más parecido a una victoria inesperada que a un triunfo avasallante: el enemigo no estaba totalmente derrotado. ¿A quién enviarían entonces a buscarme? Un comandante era demasiado rango para una escurridiza rata. Un mercenario, sin embargo, parecía el mejor postor.

Esta vez me tocó creer...

La frialdad de la noche me arrulló como a un niño, mientras mis ojos de ángel disipaban la espesa bruma de la oscuridad: se estaban moviendo. Lo sabía. Aún sabiéndome el último de los míos, me quedé inmóvil pensando en cómo iba a proceder. Debía ofrecerles algo muy tentador para que me conserven intacto, aunque no se me ocurría algo valioso que pudiera convenirle a ángeles y demonios siendo un híbrido de aquellos.

Y olvidar el saber en el camino...

El mercenario pisaba mis talones. ¿Un hermano? Las heridas de batalla no me dejaban razonar con claridad. No. Seguramente alguna extraña criatura de encantos mundanos arrancaría a mi humano de su letargo y podría en jaque mi posición. Aquella carta parecía imposible de jugar. Sin embargo, el depredador comenzó a cantar.


enero 21, 2014 - , 0 comentarios

Cuarto día



Las ráfagas de viento y agua no se hicieron esperar. El poder de las olas rojas y la marea en ascenso me hicieron estremecer los músculos, me faltaba la respiración y estuve tan desesperado que creí morir en ese preciso instante. Y es que uno anhela morir hasta que su vida se encuentra en peligro, es entonces cuando estúpidamente lucha por su supervivencia sin siquiera meditarlo.

De pronto, la claridad de la mañana se volvió tan negra como el destino que me esperaba mar adentro. Los clamores de las aguas se callaron y, por primera vez, temí lo peor. El viento suspiraba algo que me resultó incomprensible al principio y las velas de mi balsa se volvieron locas y crujieron y lloraron de dolor. Al fin, encaramado en una ola, pude ver que los bordes de la tierra se habían borrado y que parecía estar navegando en la oscuridad del universo, sin estrellas, aguardando quizás la visita de un Leviatán cósmico que, en lugar de su cola, mordiera mi cabeza.

El genio de la maldad sin razones; rey de los mares de los desesperados, de los incomprendidos y de los postergados, tomaba cualquier forma que le placiera —seguramente los marineros de recuerdos saben de todas estas leyendas y mitos—, mas me era desconocido e irreal que mis huesos dieran por fin con alguno de estos cuentos de hadas. La serpiente de mar, más avezada que yo en el tema náutico, nadaba en la profundidad del mar y me miraba con ojos dulces pues sabía que la presa sería inevitablemente.

Más tarde…
La tormenta se ha extendido más tiempo de lo habitual, sospecho que el dueño de estos páramos marítimos es quien controla los vientos y el temporal que azota mi navío. Sin embargo, no me ha dejado caer en el mar: quizás no quiera comerme. Todavía. No falta mucho para que el día llegue a su fin y aun estoy sorprendido de haber sobrevivido tanto teniendo al rey de los mares, el protector del océano al que decidí llamar mi “Estigia”, buceando en círculos alrededor de mi balsa.

De pronto, las aguas se sintieron calmas, el cielo empezó a clarear y el temporal cesó. Parecía que me alejaba de los crueles dominios de la bestia inaudita que casi hace terminar mi cruel aventura. 

No obstante ello, mientras el cansancio del ajetreado día de luchas me hacía depositar la cabeza y conciliar un sueño forzoso, escuché un ruido de algo que salía del agua a mis espaldas y se movía en direcciones insólitas alrededor de la balsa.

Algo sobrevolaba la superficie del Estigia.


enero 15, 2014 - , 0 comentarios

Día Tercero

El alba despunta con una bandada de gaviotas que vuelan graznando una pena que llevan escondidas en las plumas, son corazones arrancados de manera cruel por amantes sin compasión que desgarran amor como si deshojaran una margarita.
El mar de mis pensamientos está calmo, y eso sólo significa el ojo del huracán a mitad de los lamentos que recita este mar que parece más bravo que el Estigia mismo. Todos los ríos del infierno son arroyos mansos en comparación.

Sigo sin ver el horizonte.

Una franja roja parecida a la salida del sol se desdibuja por allí, pero no hay luz en las sombras de mi corazón ni del hueco que hay cuando pierdo esta brújula de alvéolos, sangre y sentimientos. Es dolor. Y seguramente la franja se convierta en lava para lavar mis pecados... Mi inocencia estúpida. Moriré antes de saber cuánto debo por la imprudencia de haber vivido y sufriré antes de conocer por qué amé tanto y de manera tan inconsciente.

Borraré de mi mente esos recuerdos y aprovecharé que mi Estigia está calmo para dormir y soñar un sueño en el que seguramente seré humano y viviré una vida sin fijarme en estas vanas intenciones por las cuales naufragué.



Encuentros de verano. Duelo de ojos marrones y miradas punzantes: el delirio de una noche húmeda en la que nos vimos y nos deseamos. Tuvimos tiempo de ser algo más que lo prohibido, pero nunca le faltamos el respeto a la moral. Maldito destino. No me embarqué por un sentimiento contrario a las costumbres, pero donde estoy no hay moral ni costumbres, solamente agua y ríos de sangre de un corazón que se perdió en la inmensidad de una perdición que, por momentos, sabe dolorosamente dulce.

Dulce Estigia.


Sé que un día nos volveremos a encontrar y podría ser cuando seamos algo más que polvo y huesos, algo más que solamente consciencias infinitas. Cuando volvamos a la fuente, seremos cántaros que salen de él. Y quizás nunca volvamos a volar juntos, como esas aves oceánicas de rapiña que revuelan sobre mi cadáver viviente. Perderé el gusto por ser arrancado de alguno de mis órganos vitales y de disfrutar con ese latrocinante acto de punzante frío.

El día se acerca a su fin, mientras observo cómo esa cortina negra se está por abalanzar sobre mi balsa. No creo que pueda dormir esta noche, tendré que vivir una pesadilla más en lo que me toque navegar desde una punta a otra de este mar que se antoja tan tranquilo como asesino. Estoy tan cerca y a la vez tan lejos de la revelación que por momentos no sé distinguirme como profeta o anticristo de mi propia religión.
enero 09, 2014 - 0 comentarios

"Avanti", Pedro B. Palacios

¡Avanti!

Si te postran diez veces, te levantas
otras diez, otras cien, otras quinientas:
no han de ser tus caídas tan violentas
ni tampoco, por ley, han de ser tantas.

Con el hambre genial con que las plantas
asimilan el humus avarientas,
deglutiendo el rencor de las afrentas
se formaron los santos y las santas.

Obcecación  asnal, para ser fuerte,
nada más necesita la criatura,
y en cualquier infeliz se me figura
que se mellan los garfios de la suerte...

¡Todos los incurables tienen cura
cinco segundos antes de su muerte!

¡Piu Avanti!

No te des por vencido, ni aun vencido,
no te sientas esclavo, ni aun esclavo;
trémulo de pavor, piénsate bravo,
y arremete feroz, ya mal herido.

Ten el tesón del clavo enmohecido
que ya viejo y ruin, vuelve a ser clavo;
no la cobarde intrepidez del pavo
que amaina su plumaje al menor ruido.

Procede como Dios que nunca llora;
o como Lucifer, que nunca reza;
o como el robledal, cuya grandeza
necesita del agua y no la implora...

Que muerda y vocifere vengadora,
ya rodando en el polvo, tu cabeza!

¡Molto piu Avanti!

Los que vierten sus lágrimas amantes
sobre las penas que no son sus penas;
los que olvidan el son de sus cadenas
para limar las de los otros antes;

Los que van por el mundo delirantes
repartiendo su amor a manos llenas,
caen, bajo el peso de sus obras buenas,
sucios, enfermos, trágicos,... ¡sobrantes!

¡Ah! ¡Nunca quieras remediar entuertos!
¡nunca sigas impulsos compasivos!
¡ten los garfios del Odio siempre activos
los ojos del juez siempre despiertos!

¡Y al echarte en la caja de los muertos,
menosprecia los llantos de los vivos!

¡Molto piu Avanti ancora!

El mundo miserable es un estrado
donde todo es estólido y fingido,
donde cada anfitrión guarda escondido
su verdadero ser, tras el tocado.

No digas tu verdad ni al mas amado,
no demuestres temor ni al mas temido,
no creas que jamas te hayan querido
por mas besos de amor que te hayan dado.

Mira como la nieve se deslíe
sin que apostrofe al sol su labio yerto,
cómo ansia las nubes el desierto
sin que a ninguno su ansiedad confíe...

¡Trema como el infierno, pero rie!
¡Vive la vida plena, pero muerto!

¡Moltíssimo piu Avanti ancora!

Si en vez de las estúpidas panteras
y los férreos estúpidos leones,
encerrasen dos flacos mocetones
en esa frágil cárcel de las fieras.

No habrían de yacer noches enteras
en el blando pajar de sus colchones,
sin esperanzas ya, sin reacciones
lo mismo que dos plácidos horteras;

Cual Napoleones pensativos, graves,
no como el tigre sanguinario y maula,
escrutarían palmo a palmo su aula,
buscando las rendijas, no las llaves...

¡Seas el que tú seas, ya lo sabes:
a escrutar las rendijas de tu jaula!

Palacios nació en San Justo, provincia de Buenos Aires, en el seno de una familia muy humilde. Todavía niño, pierde a su madre y es abandonado por su padre, por lo que fue criado por sus parientes.

Almafuerte es el seudónimo con el que alcanzó mayor popularidad, aunque no fue el único que utilizó a lo largo de su vida.

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