diciembre 30, 2013 - , , 0 comentarios

Segundo Día




Al segundo día, todas las cosas me saben morbosamente familiares, cuando en el silencio de esta huida llueven en mi cabeza las repetitivas y bufarronas voces y las enfermas risas de mi pasado. Si esta balsa soportara todas las tempestades, si este abrigo aislara todos los vientos, seguramente mi corazón podría reconocer cuándo un nuevo habitante me traicionará.
Dios, ¿adónde voy? Este naufragio intencional no soporta que le dé direcciones. ¿Hacia dónde está eso que busco o eso que deseo perder para que en ningún otro momento de esta perra vida encuentre el mismo dolor por el que hoy me alejo de mis sentimientos y me acerco a inexperimentadas sensaciones que tampoco me aseguran una felicidad plena? Allí; acá. Todas las direcciones a las que miro son Norte. Todas son Sur. Todas Este u Oeste. Todas en ningún sentido.
Si el corazón era mi brújula, entonces la había olvidado en casa. Quizás la haya dejado a propósito. Aunque, si mi razón (o la razón que tienen todos los hombres) es una especie de piedra triangular que indica hacia dónde está el camino correcto a seguir, tampoco puedo decir que tengo a la razón como aliada. La he perdido, todo quid se torna ignominioso; la presencia de la desolación es una bestia que empieza a devorar la paciencia.
Bestia... ella, la de los oscuros cabellos y penetrantes ojos. Ella, la de los modismos provincianos y atrapante ser. La insolente. La que sin titubear fue capaz de acercarse en la espesura de la noche y arrancar un necio corazón que se empeñaba en pensar y en soñar con la pronta llegada del nunca arribado amor. La bestia inescrupulosa que sin temor se mofó del pobre infeliz que sin corazón ahora dormía y seguía soñando. Esa, la que le saboreó con un demoníaco mordisco la carne, fresca y jugosa.
Después se fue, como siempre.
Sí: en medio de la noche se me dio por pensar en mis miedos, en esas cosas que nunca me atreví a aclarar. Esas cosas que sólo a mí me interesan. Gente de una punta del país y de la otra. Infancias, sueños, amores frustrados, locuras y amistades.
En medio de un mar, me encontraba en mi propia anarquía, el propio interregno. Al despertarme hoy hubo un golpe de Estado, la naturaleza me refunfuñó sobre la balsa como un dictador que envía niños a la guerra. Y este golpe también cedió. Puede ser que se acerque una gran tormenta, algunas vicisitudes temporarias de esta aventura no las previne, tampoco me simpatizan tanto.
Ahora refresca. El silencio hiela. El atardecer revive ese infantil sentimiento que los fantasmas sólo aparecen en la oscuridad. No entiendo por qué en mi mente sigue la figura de gente negra que no pude olvidar. En la noche te cobijan mil recuerdos, te atrapan una infinidad de luciérnagas invisibles en cuya luz, piensas, podrá iluminar tu sendero y encontrar el camino a la prosperidad. Pero si apenas pueden iluminar un pedazo de tu rostro para tratar de decirte que la naturaleza ha sido más benevolente con ese insignificante insecto que contigo.

A veces, yo mismo me lo cuestiono: ¿por qué no habré nacido como uno de esos insignificantes bichitos?
diciembre 27, 2013 - , 2 comentarios

El naufragio (Abril 2009)


Podría haber mudado de vida, como la serpiente de su piel en ocasiones, pero... ¿otra vez? Había cambiado ya tantas veces este pesado y monótono ritmo de vida que siempre llegaba al mismo lugar. Frecuentemente mi vida se encontraba en el centro del laberinto. Era como el de Asterión o quizás peor, porque aquí lo que podía asesinar era la desesperación, aunque Teseo o Ariadna o quienquiera que fuera, cualquiera que fuera su fin, no determinarían su propio exilio.
Quizás era mejor perderme a seguir buscando todas esas costas; todas esas cosas que una vez perdí. Tal vez sería la manera menos trabajosa y económica de poder volcarme, de poder recapacitar mis errores. Pero no enmendarlos. ¿Sería acaso el tiempo de un viaje? De momento, una expedición hacia mi interior —que no necesitaba otro equipaje más que un abrigo, pues los gélidos vientos de una memoria maltrecha se cuelan en los huesos— se tornaría barata en causas y costosa en consecuencias. Quizás haya bastante hipocresía como para alimentarme hasta que este destino me deposite en alguna costa, ribera o playa. Tal vez haya bastantes tormentas y lamentos como para darme de beber agua hasta que muera.
Lo cierto de las aventuras es que terminan mal por querer sentirte bien. Esta es una aventura en la que puedo terminar mal por elección propia.

Día Primero:

Deseo dormir.
Sin embargo, tampoco deseo ver hacia qué dirección el viento me aleja. No quiero oír sus lamentos soberanos ni oír hablar de este país. El río parece de titanio o de aluminio y el horizonte que me parece el fin del universo y de la vida que me inspira una catarata de galaxias donde, por un momento, me hubiese gustado caer. En el fin, siempre comienza todo.
Siempre en el fin.
¿Hacia dónde estaba el lugar en donde nací? ¿Hacia dónde el lugar donde me crié? Todos los lugares quedaban en la misma dirección: allá. La huida tenía como propósito olvidar todo: lugares, nombres y recuerdos. Reconozco que para todo hay un por qué: en este caso la idea fue una propuesta y, la misma, una inmediata invitación a la búsqueda de experiencia.
En el infierno, seguro habría tiempo de sobra para pensar en lo infelices que somos. Y si Dios nos diese el tiempo para pensar (antes de lavarnos la memoria y regresarnos a esta fiesta interminable), seguro nos daría siete días para que naufraguemos en las árticas aguas de nuestras derrotas y victorias que, tarde o temprano, nos saben a sinrazón.
La locura y la cordura aún conviven en el inefable ocaso que me encuentra en el primer día de mi naufragio. La noche sabe a imágenes y ellas a una velocidad con la que me habla una niña castaña, un tanto estúpida y con extrañas erres, pueblerinas, algo infeliz y testaruda, insoportablemente pesimista, vestida con harapos pre-adolescentes que me finge no necesitar amor. La misma andrajosa me arrulla con pánico hasta el lecho: su voz me suena con claridad desde hace años. En ciertos momentos de dolor, la recuerdo.
Tengo sueño.
Cuando los caudales de agua comiencen a tornarse del color rojo, sabré que estoy llegando... O que estoy herido. Quizás desangrándome. La quimera me acaricia el pelo. Sé que es el viento: es más anodino que esa caricia se la adjudique al viento y no a un fantasma del amor. Un espectro que revive con la ayuda de mi mente y deambula por las ruinas de mi pasado.

Y el sueño me vence.
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