mayo 06, 2013 - 0 comentarios

Un poco de veneno para Romeo


Traté de no seguir jugando con la flama que irradiaban sus carnosos labios de mujer. O de niña. O de un objeto de culto tan secreto y oculto como pudimos haberlo hecho posible.
Traté tan siquiera de dejarme atraer por la juguetona propuesta de su largo cabello negro o su carácter tan poco convencional. No sabía nada de ella, pero un presentimiento matutino me decía que en el fondo de aquella mirada ardía la llama de un fuego jamás extinto y muy atizado.
Yo, por mi parte, ya había dejado de creer en cuentos de hadas o en los Montesco, y me adecuaba al pensamiento sustancial y materialista del resto del mundo. No por generalizar los conceptos, ni tampoco por meter a todo el mundo “en la misma bolsa”, sino por el simple hecho de no tolerar la marcha del mundo y sus vicios de hipocresía.
Juro que no busqué que aquello pasara.
Juro que no recuerdo en qué momento comenzó a gestarse. Sin embargo, puedo jurar que sí tenía ganas de probar del fuego de sus labios, aún siendo eso el peor de los pecados o el más bajo delito. Necesitaba de ese dulce escozor para darle una motivación a mi vida. Para no seguir pensando en el mundo y en su propio cáncer. En su karma. Aunque desconocía si ese fuego iba a poder ser apagado por algo tan banal como mi persona, tampoco inferí en si podría ser apagado o se convertiría en una adicción.
Sin siquiera ser analizado por el Creador, sin que todo esto que estaba acaeciendo tuviera Su aprobación, arruinó mis planes con sólo depositar esa mirada juzgadora que siempre le echa a todas mis empresas. Creo que siempre alude a la misma vieja excusa de que estoy haciendo las cosas mal, y es lo que justamente Él no entiende: me cuida mucho. No comprende que los golpes debo dármelos yo mismo, que sobre mis fracasos debo superarme y que no tiene que cuidarme como si solamente yo fuese su hijo o su creación. Entre hacer las cosas mal y no hacerlas por miedo a fracasar al principio, siempre preferí hacerlas mal antes que ser un fracasado con temor al fracaso.
Quizá su cabello oscuro me remitía a la negrura de mis días pasados. Todos esos días que fui huésped del infierno y hubo una esclava que me servía, llevaba el mismo color de sus ojos y una dulzura muy distante a la que pude encontrar en la Tierra. Aquella esclava del Averno sostenía la beldad de un ángel caído, entonces jugaba con su existencia y traía en su mirada el despiadado velo que no la dejaba ver quién era realmente y en dónde estaba.
Y quizá por eso me rechazó.
A veces me pregunto por qué todas las historias en torno a mí siempre quedan suspendidas en el aire, con un final abierto o sin algún punto final. ¿Se trata acaso de alguna ironía hacia mí, que tengo una particular afinidad por concluir de cualquier manera las historias de mis personajes, ya sean ficticios o inspirados en alguna realidad alternativa? Quizá esta sea esa realidad paralela.
Creo ser otro miembro más de esta dimensión desconocida. O, tal vez, sea otro componente más que le da un sentido a este sinsentido.

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