mayo 27, 2013 - 0 comentarios

El perro


Siempre creí en lo imposible. Quizá no tanto en lo posible, no en lo eterno, en lo que a los demás sólo les da una satisfacción del tipo personal y “espiritual”. Algo a lo que mucha gente alude como especial y lleno de valor.
Ese perro se había llevado mis ojos, esa visión la había perdido en algún lugar, hasta quizá la pude haber perdido en compañía de una mujer, alguna de esas que jugaban en esta ruleta rusa de deseos. Aquel can custodiaba la puerta de entrada al hogar, cual cerbero que se valía de un solo miembro cefálico y que con sus dos ojos cubría la significativa falta de sus otras cabezas. Sin embargo, ladrón truhán de mi mirada, un casual insubordinado a mis demandas, el animal no llevaba otro nombre que el suyo propio, y al heredarlo no lo bauticé por desprecio y porque en sus pupilas un brillo encendía con pavoroso odio cada vez que mis labios perjuraban un apodo diferente para dirigirme a él, quizá una diatriba, quizá un insulto.
Y, aunque dentro de sus propios problemas caninos de falta de aseo o de encontrar un lugar decente donde echarse, el animal me analizaba como si alguna actitud freaudeana encarnara en él. El perfecto adivino conocía mis pecados, sabía de mis conversaciones y de mis odios, pero (para muchos que no creen) resultaba imposible tener fe que algún día diría algo. Con frecuencia, imaginaba charlar con él.
Lo pensaba infernal: como la tormentosa noche que llegó a mi vida, cuando ella dejó mi templo de lo imposible y se fugó al misterio del más allá, creyendo en un delirium trémens que la muerte es el fin último de toda una vida. Ese perro había dejado de confiar en mí, sus causas naturales lo obligaban a verme como el intruso que invadía su armonioso territorio, otro usurpador que había precipitado la huida de su ama. Tal vez me estaba acechando para, en el momento de dormitar, abalanzarse sobre mi cuello y despedazarlo con sus filosos dientes.
Ambos éramos lo que restaba de ella o de su recuerdo. Y, en parte, mantuvimos el litigio por años. Envejecimos juntos, planeando día y noche entre constantes fracasos la muerte de un por parte del otro. Ambos animales sin razón, ninguno dirimía el designio: serle más fiel a un recuerdo por imposible que ello fuera. Ya casi ninguno dormía por miedo al otro, dos bestias con aparente razón tratando de eliminarse por miedo al latrocinio, al robo de algo tan poco usual como un sentimiento. Y el resto de los días fueron así.
Cerbero, como lo llamaba para desprestigiarlo, murió durmiendo la misma noche en que se conmemoraba un aniversario más de la huida de su dueña. Hasta quizás mi dueñas. El maldito perro se marchó al infierno de cuidar la puerta de entrada, se fue con mis ojos, con mis visiones, mis miedos por morir en su hocico. Se llevó el recuerdo de ella y consigo todo lo que me había quitado con la mirada, la confesión de mis pecados.
Se llevó mi juventud.
Me encontré viejo. Inútil. Con un agujero en medio del pecho por haber desperdiciado mi vida frente a una bestia con menos razón que yo, maldiciéndolo, porque él ganó. Se fue con la gloria (propia) de morir el mismo día en que ella se fue.
Y en la senda de lo que siempre creí imposible, confieso haber perdido la razón por su culpa.
Ya mi purgatorio se repite, pues viejo y poco sabio sé que aquí, en mi soledad, todo seguirá igual. Cuando creí en lo imposible que se podría tornar que yo mismo fuese aquel perro, no me equivocaba. El castigo, calculo ya, es la reencarnación progresiva y dolorosa, ya que como amante no fui buen hombre y como ser fiel no fui buen perro. Ese que había muerto era yo; sin embargo, el peso de los vicios de mi carne permanecerían sobre este maltrecho cuerpo hasta el regreso: donde ella ya no me esperaría.

¿Imposible? Quizás.

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