abril 12, 2013 - 0 comentarios

¿Platónico o imposible? (Final)


¿Qué tan mal estuve, me preguntas? Mi pobre fantasma, si hasta pareciera que ignoraras que sigo respirando. Sigo vivo, pero con un pedazo de mi alma perdida quién sabe dónde. Sigo vivo, sí, pero ¿a qué costo? ¿Cuánto me costó tenerte aquí de nuevo frente a mí? A veces pienso que solamente estoy hablando solo, desvariando. No, mi querida, no fue tan fácil deshacerse de la espina que se clavó en lo profundo de mi ser, arrancarme el tatuaje de tus besos de mi piel ni borrar la tinta indeleble con las que escribiste cada uno de los mandatos de amor en mi persona. No es fácil abrir una puerta y dejar atrás una habitación pintada con tu nombre y tu rostro, con libros de cómo debía ser con vos, repleta de papeles donde escribía qué poder enseñarte y qué cosas podías enseñarme también. El suicidio no es opción para los que temen morir. Seguramente tuviera la suerte de caminar sobre alguna plataforma que me eyectara al sol, encontrar algo que ardiera más que el calor de tu cuerpo para quemarme y consumirme, que no quedara más de mí que un recuerdo abyecto de existencia, de halo espiritual. Seguí vivo, mi encantador fantasma, a pesar que cada día que pasaba sin saber de vos era la muerte constante, el gélido beso del ángel de la Muerte noche tras noche: pasé mil años en un infierno de hielo tratando de apagar el incendio que dentro de mi pecho encendiste, y no lo pude apagar del todo.
Aquella mañana recibí la llamada que me detuvo en el tiempo: te ibas a casar con ese Homo Neanderthal que nunca te había hecho sentir la mujer que fuiste a mi lado. ¿Parálisis momentánea? Puede ser, mi tierno fantasma. ¿Recuerdas aquella sensación de qué en mi pecho corrían una carrera una tropa de caballos salvajes cada vez que me besabas o estabas cerca mío? Fue algo parecido, seguido de un temblor en las piernas y la idea de tener que hacer algo. No podía perder el premio de tu amor sin siquiera haber competido como se debe, pero no tenía autoridad ni valentía para pensar un plan que pudiera acercarme de vuelta a vos. Quizás refugiándome en un trago podría pensar más claramente o, aunque sea, darme el valor de ser el intrépido príncipe azul que siempre dijiste que era. Y me tomé toda la botella, la mente no estaba totalmente clara pero tampoco podía apartarme de tu recuerdo, mi fantasma sonriente. Fantasma que me miras desde el fondo de ese vaso de cristal y me guiñas un ojo, ¿qué quieres? ¿Quieres que forme parte de aquel circo al que todo hombre se suma solamente por demostrar qué tan hombre es? ¿Quieres que me ponga en el papel de amante desesperado que hace cualquier cosa por no perder al amor de su vida? Me recuesto mientras todo da vueltas, quizás soñándote pueda mitigar este dolor que me ha dejado tan borracho de sentimientos y alcohol. Perdí la consciencia ante la idea de perderte para siempre.
Me desperté algo confundido y alterado, no tenía noción de que estaba haciendo algo que podía cambiarlo todo. Tomé dinero de mis ahorros y salí corriendo a comprar un boleto que me llevara cerca tuyo. En menos de lo que pensaba, aún soportando mis propias ansías, llegué hasta aquella ciudad en la que una vez nos enamoramos. Ahora me quedaba un solo problema: llegar hasta tu pueblito fantasma antes de que dieras el sí. ¿Tan loco podía estar alguien? Es algo que en ese momento no me planteé ni remotamente, aunque mis amistades me lo hayan reprochado en innumerables ocasiones. Todo estaba pasando tan rápido que necesitaba más tiempo de planear cada movimiento, tiempo que, obviamente, no tenía. El camino hasta tu casa, mi fantasma, no era tan fácil de sortear como cualquiera creería, aun así me aventuré a tomar ese ómnibus amarillo que un día te alejó de mí para no verte sino unos años más tarde, convertida en la mujer de la que me enamoré. El viaje era largo, intenté dormirme pero no pude siquiera soñar, parecía que la ansiedad me estuviera jugando la peor pasada. Los zapatos me apretaban, la señora sentada al lado mío había balbuceado algo que no llegué a comprender: le sonreí por cortesía. Sabes que tengo esa costumbre. Tenía ganas de llegar a ese lugar al que solamente había ido una vez y no por mis propios medios, quizás me perdía en medio de la nada. Ruta 142. El siguiente pueblo era donde debía bajarme, miré el reloj: todavía no era tan tarde para llegar a evitar que te casaras. Sí, estaba yendo a impedir tu boda, ¿qué esperabas que hiciera? Era un hermoso día, el sol resplandecía, los colores de la vegetación podían dejar ciego a cualquiera que pasara por allí, pero apenas descendí caminé en círculos, buscando aquella iglesia donde el infeliz te desposaría. ¿Seguía habiendo arsénico en el agua? Parecía haberme perdido, busqué la cúpula, no la encontré. Busqué una cruz en lo alto, allí estaba, solamente esperé no llegar tarde. Crucé una plaza embarrada, parecía que había caído una tormenta la noche anterior, quizás el clima también lloraba como yo lo había hecho. Hasta podía oler mis lágrimas, aunque no todo estuviera perdido todavía. En aquella iglesia todo parecía calmado, había gente en la puerta y en la plaza también, aminoré la marcha y escondí mi rostro, algunos de tus familiares me conocían y no era muy común ver a alguien que no era del pueblo por esos lares. ¡Tu casa! Quizás estaban preparando todo para tu salida al oratorio. Me volví sobre mis pasos y reconocí tu casa a las pocas cuadras, un automóvil adornado con un enorme moño rosado esperaba en la puerta. Cuando faltaban tres metros para llegar allí, pude ver que salías vestida de blanco, resplandeciente, el día y sus colores no valían una mierda al lado de tal visión. Pero fueron escasos segundos, subiste al auto, siguieron tus padres detrás de ti y el auto arrancó. Llegaban tarde. Me volví a tapar el rostro para que tus padres no me reconocieran y vi cómo te alejabas. Había estado a pocos metros tuyo y no me habías notado, quizás sí era verdad que me habías dejado de querer. Me sentí abatido, no tenía fuerzas en las piernas para correr no tenía voz para gritar tu nombre. ¿Qué podía hacer para que notaras que estaba ahí, mi bello fantasma? No parecías un alma en pena vestida de blanco, eras la princesa de la que me había enamorado perdidamente. Pero ya eras soberana de otro reino, aunque de nada hubiese valido mi expedición a tu pueblito fantasma. Me senté en el suelo y esperé a la Muerte que me llevara con su incondicional beso pero, hete aquí, fantasma travieso, que la Muerte llegó y no me llevó. Simplemente me despertó.
Aquel largo sueño en el que imaginé la osadía de buscarte y perderte, no fue más que una fantasía que mi cerebro recreó una noche. ¿Que cómo es que mi cerebro puede inventar tales cosas, fantasma curioso? Eso es porque no has visto las cosas de las que soy capaz y de las cosas en las que estuviste inmersa mientras jugabas a ser feliz con él. Te he rescatado más veces de la infelicidad que lo que cualquiera haya hecho. Sí, tratar de impedir tu boda fue un sueño, uno vívido y doloroso, pero nada que no pudiera remediar una aspirina la mañana siguiente. No sé cómo fue el día que te casaste, no sé cómo llegué hasta aquí, en realidad me dejé guiar por el recuerdo de mi sueño: ha crecido mucho este pueblo. Simplemente caminé hasta aquí, me aseguré de que él no se encontrara y decidí contarte todo esto, mi perplejo fantasma. Sorpresa para mí es que estés tan hermosa con el paso del tiempo… No, no confundas estas lágrimas con dolor, por favor. Es algo como felicidad, es algo como… ¡Ay, mi fantasma inocente! Si supieras lo que me cuesta transmitirte los sentimientos tal como los vivo, es que nunca me imaginé estando acá. Pero, no quiero robarte más de tu tiempo, sé que tus hijos te demandan más de lo que yo puedo pretender y, creo que me he quedado demasiado tiempo en tu puerta, los vecinos se van a escandalizar. No, mi hospitalario fantasma, no insistas a que me quede, no podría soportar ver el ritual de convivencia que llevas con aquel hombre. Quizás en otro momento nos volvamos a ver. Seguramente no nos volvamos a ver hasta la próxima vez, y en ese caso, recuérdame de pelear por vos hasta las últimas consecuencias.
Ve adentro, mi insistente fantasma, que si lo nuestro vuelve a ser, será. Nunca dejaría que la historia se repita, nunca dejaría que vuelvas a sufrir. Ve, cierra la puerta, seca tus lágrimas como yo secaré las mías. Ve y piensa una respuesta para la próxima vez que el Destino quiera jugar dados con nuestra existencia: este amor que nos tenemos, ¿cómo es? ¿Platónico o imposible?

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