abril 12, 2013 - 0 comentarios

¿Platónico o imposible? (2da Parte)


Otro 27 de junio encerrado en esta celda hecha de recuerdos. La muerte es un consuelo del cual no soy merecedor. Lo único que puedo anhelar es el color de ese iris, aquel tímido beso que me eyectó fuera de este mundo y me convirtió de sapo en príncipe por un corto tiempo. Un corto tiempo que valió enormemente la pena. ¿Cuánto nos habíamos distanciado? ¿Cinco años? ¿Cuatro? No creo que nadie cuente los años cuando intenta olvidar, pero quizás lo que hice fue convencerme de que lo había hecho, hasta ese inocente día que nuestros caminos —por capricho del Destino tal vez—se volvieron a cruzar. No sé si estaba tan ebrio aquella noche o solamente era mi corazón el que decidió ahogarse en alcohol al verte en brazos más dichosos. Brazos menos merecedores, diría. De qué agujero mohoso, sucio y oscuro en medio de la nada había salido semejante bestia que creía ser el conquistador de los siete mares del planeta… Tu respuesta habría sido esa misma frialdad como la que me tratabas cuando éramos niños, ni siquiera un saludo: parecías tan completamente entregada a él, que el único refugio que pude encontrar fue abrazado a un vidrio soplado repleto con el líquido que altera los sentidos. Yo no necesitaba ninguna droga que no fueses vos para mantener mi corazón agitado, bien lo comprobaste una vez. Al margen de eso, no recuerdo bien si por falsa afinidad o una indecible necesidad de estar más cerca de algo tuyo, congenié y tuve cierta relación de acercamiento con esta criatura que decía ser tu novio. Sin embargo, resultó ser una persona centrada en su ego, que compartía una particular diversión por humillarte mientras dormías muy tranquila en tu cama y luego me hacía responsable a mí de sus desenfrenos sexuales con mujeres de la calle. Sí, ese mismo que se vanagloriaba de su apellido, aunque fuera de su pueblito no era más que otro animalito de campo salido de un agujero inmundo cualquiera solamente con pretensiones de que su apellido pudiera llevarlo a la fama. Si su abuelo supiera lo que resultó, volvería del inframundo solamente para arrancarle aquel objeto de seducción que el se había encargado de enaltecer lo que duró su vida. Bien sabes que la afrenta no la callé, no pude soportar ver que aquello que me había conducido a creer en el amor, aunque fuese no correspondido, sea víctima de aquel ultraje. Luego dejé en evidencia que seguía enamorado de vos, frente a todos, frente a él… y la vida nos volvió a separar, pero no por mucho tiempo.
Cuando empezó el grueso de esta historia de amor, pensé que no sería más que el juego que empezaba a proponer. Aquella crisis con el energúmeno que ostentaba tu felicidad parecía dejar esa brecha en la cual pude, a fuerza de ramitas cual pajarito enamorado, armar un nidito en el cual pudiste por fin saber que pudiste haber sido feliz todo esto tiempo que estuvimos separados. ¿Todo ese tiempo separados? Sí, así de enorme fue mi sorpresa cuando me confesaste que de chica yo también te gustaba pero nunca te habías animado a confesarlo. Cada vez que recuerdo aquello, experimento algo en el pecho, un sentimiento de plenitud que solamente me da el transportarme a aquel momento: nunca volví a sentirme así sin tener un vacío que carcomiera desde lo más profundo luego. Recuerdo cada instante como si se hubieran congelado y conservado de una manera criogénica en mi memoria, sin importar si con eso empujaba algún otro recuerdo menos útil hacia la papelera. Tu mano aferrada a la mía mirando una película, tus ojos de maravillada, tus blancos dientes detrás de esa sonrisa, ese color en tus mejillas. Mi tímida idiotez que no podía besarte y condenar ese bello momento a un berrinche tuyo. Cuando recostado en la cama miraba el techo y no encontraba una salida a aquel miedo atroz, te acercaste a acostarte a mi lado, posiblemente a ayudarme a encontrar la solución. En lugar de eso, me embarraste el camino preguntándome qué esperaba de una relación entre nosotros. Dudé. ¿Cómo podíamos llevar adelante algo así, teniendo en nuestro camino tantos baches del tamaño de cráteres lunares dispuestos a propósitos para que no fuéramos ni siquiera amigos? Decidí no darte ninguna respuesta razonable, el corazón me había llevado hasta allí, el corazón me tenía al lado tuyo, respirando los dos el aire del otro. No iba a dejar que mi razón arruinara quizás la única oportunidad que tenía: te dije que lo único que quería era amarte y hacerte feliz, no importaba cómo fuera, cuánto me llevara. Simplemente quería que te sintieras tan feliz como ese tiempo que fuimos el uno del otro, yo atendiendo tus más mínimos detalles, haciéndote sentir orgullosa de ser mujer. De ser la mujer de mis sueños. Me besaste y escribiste tus nombres en mis labios para siempre, la marca con la que debía vagar por la Tierra como la que Dios le puso a Caín por haber matado a su hermano, ese beso mató mis demonios internos, fortaleció mi autoestima, me hizo creer en algo en lo que ya de a poco estaba perdiendo la fe. Fui feliz en ese momento, sabía que eran tus labios el agua bendita que venía a hacerme creyente una vez más. Sí, parecía haberme quedado dormido de vuelta en alguna clase y haber soñado con todo eso, pero no fue ningún sueño… el sueño eras vos, mi dulce fantasma, cuando encarnada me diste de probar el néctar de tus labios, me diste la inmortalidad para que después pudiera arrepentirme.
No obstante, la llamada del Destino estaba próxima: debíamos volver a separarnos. Ninguno de los dos queríamos pero siempre volvíamos a reencontrarnos, quizás esta vez nosotros podíamos burlarnos de él de una manera insospechada, prometiéndonos en secreto los pasos a seguir de nuestro plan para fugarnos por amor del Destino, la familia y los demonios que volvían a las andadas. Entre besos y arrumacos la madrugada nos sorprendió prometiéndonos amor eterno, no podíamos esperar hasta la próxima vida para sufrir hasta volver a encontrarnos. Era imperdonable. Y ese día vi cómo nos alejábamos, con las promesas frescas, las miradas clavadas uno en el otro, extrañándonos los besos y los abrazos. En poco tiempo nos acostumbramos tanto el uno al otro que parecía casi novelesco. Desembarqué en mi mundo de nuevo, todo parecía igual pero el que había cambiado era yo. Luego todo se volvió confuso, quisiste cambiar y dejar atrás tu pueblito fantasma, pero los demonios no solamente son entes que complotan para arruinar nuestras vidas, también son seres humanos que quieren que vivas una vida a pleno antojo suyo. Un día me dijiste que no soportabas más la presión, que te había abandonado, comenzaste a odiarme y volviste a tu pueblo, a vivir aquella vida que tanto te pesaba. Sin habernos dado cuenta, el Destino había recibido las tácticas de nuestro plan y lo arruinó todo. Quizás ya nunca más íbamos a cruzarnos de nuevo, porque el regreso solamente te llevó a los mismos brazos ingratos de siempre, a aquel desparpajo de tipo que nunca hizo más que humillarte y maltratarte, usarte como su mucama personal y no ser otra cosa para él que un objeto de los deseos que su hueca y podrida mente cobijaba. La utopía que había sido mi mundo, ahora era peor que un apocalipsis zombi sumado a desastres naturales, una extraña sensación de fin del mundo y siete guerras mundiales en simultáneo. Algo tenía que hacer…

(Concluirá...)

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